El reto de pasar de Juancarlistas a Felipistas

15 de junio de 2015 (20:10 CET)

Hace un año colgué un tuiter, tras la abdicación del rey Juan Carlos I y la solemne coronación en las Cortes Generales de Felipe VI, que a España le sentaba bien la silueta de Letizia. No sólo me refería a la reina consorte, sino que era una metáfora de España y la Monarquía parlamentaria.

Entonces era más un deseo que la constatación de una realidad. Hablo de la metáfora, no de la carnalidad de la reina que salta a la vista. Permítanme esta digresión: cuando Letizia Ortiz era la presentadora del Telediario de la noche, yo la seguía como hacía el príncipe… Claro que la teclas de la Corte llegan más lejos que las de un plebeyo.

Un año después, el deseo se ha hecho realidad. Si entonces irrumpió el debate de Monarquía o República, ese dilema ha desaparecido por ensalmo, porque era una impostura artificial. A la inmensa mayoría de los españoles nos está bien esta Institución, al menos mientras no meta la pata o la cornamenta. Dos extremos desemejantes.

El griego Herodoto, el padre de la Historia clásica, decía que la principal función de saber que habían hecho los antepasados era enseñar a los reyes no cometer los mismos tropiezos, si no querían caer como ellos.

Hará bien el rey Felipe en no cometer los errores de sus antepasados. Dejó a su padre en paz, para hablar de su bisabuelo Alfonso XIII. Tenía dieciséis años cuando fue coronado rey. Ese día escribió en su dietario la advertencia de lo que veinticinco años después le iba a suceder. Dejó escrito que la continuación de la Monarquía no estaba garantizada per se, sino que estaba en sus manos consolidarla o perderla.

La historia demuestra que no bastan buenos deseos, Fernando VI, el hijo del primer Borbón Felipe V, tuvo como lema de su efímero y etéreo reinado en la segunda mitad del siglo XVIII: paz con todos, guerra con nadie. Una proclama bienintencionada para un rey neurótico que no dejó ninguna huella de su paso por el trono.

Los casi cuarenta años del reinado de su padre, si excluimos su último trienio (cuando El Mundo inició la cacería real), puede decirse que consiguió convertir a un pueblo que no se sentía monárquico, en Juancarlista, gracias a la triada de la recuperación de la democracia, el golpe de autoridad del 23F y la transformación económica, hasta que estalló la recesión de 2008…

No era fácil lo que consiguió su padre, pero como cada día tiene su propio afán, aún lo tiene más complicado su hijo porque se ha desatado el tsunami independentista en el nordeste del corazón de España, como definió Antonio Gala a Cataluña. El otro problema, el del País Vasco, es un enfermo con salud de hierro al que ya estamos acostumbrados…

Objetivamente, el órdago de Mas hace que el problema actual de España sea mayor que el de 1975, tras la muerte de Franco. No tengo una receta mágica para solucionar el entuerto, pero sí consejos que van más allá de la política, porque sirven para tener éxito en la vida. Hay dos que dependen de uno, y un tercero ajeno, el de los elementos.

Los dos primeros son la ilusión, si se quiere el entusiasmo, que ponga en la estabilidad, y el nivel de exigencia personal que requiere, en su caso, el papel de Jefe de Estado; el tercero es ya imprevisible: los elementos

Creo que en este primer año ha demostrado que las dos primeras notas las tiene asumidas en buena armonía. La tercera nota, los elementos, es la disonante: el desagradable silbido vivido con deletéreo bochorno al atardecer del sábado 30 de mayo en el Camp Nou

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