El problema que no existe

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SPEAKERS' CORNER

28 de febrero de 2014 (18:20 CET)

En el último debate sobre política general, el presidente Mariano Rajoy anunció que “el problema catalán no existe. Pues nadie lo diría. Llevamos meses discutiendo sobre ello. Años. Décadas. Más de un siglo.

Las palabras autistas de Rajoy me pillaron leyendo un número monográfico de una revista dedicado íntegramente a dilucidar “¿qué era el catalanismo?”. Digo era porque el ejemplar es del 22 de junio de 1916 y la revista es la que fundó José Ortega y Gasset un año antes y a la que le puso el no menos patriótico nombre de España.

Los colaboradores de dicho número eran los líderes e intelectuales del catalanismo de entonces. Enric Prat de la Riba, Antoni Rovira i Virgili, Francesc Cambó, Josep Carner, Pompeu Fabra, Fèlix Escalas, Ramon Coll i Rodés, Joaquim Folch i Torres, Lluís Nicolau d’Olwer, Marcel·lí Domingo, Alexandre Plana i Joan Ventosa, entre otros, enhebraron todo tipo de argumentos para explicarle a un público no catalán qué era aquello del catalanismo que tanto angustiaba al poder y a la opinión publicada en la España castellana.

El editorialista, probablemente Ortega, justificaba aquel monográfico diciendo que unos decían que en el fondo el “catalanismo sólo es un bajo chalaneo económico; otros, que un movimiento separatista; otros, que el maurismo traducido al catalán; otros, que el conjunto de ambiciones que mueven a un minúsculo grupo de políticos y escritores despechados; otros, que no tiene realidad alguna en Catalunya ni por la lengua, ni por las costumbres ni por el espíritu político de ese grupo étnico”.

Sin embargo, reconocía el editorialista, “hay un dato elocuente: todos los diputados catalanes --a excepción del señor Salas Antón, que ha vivido muchos años en Londres, desarraigado de su país--, lo mismo los de la Liga, que los republicanos, que los afiliados a los partidos dinásticos, tienen un denominador común de catalanismo”.

Lo que Ortega o quien fuera escribió en el editorial de España hace ya casi un siglo podría volver a escribirlo ahora. Sólo sería necesario cambiar el nombre de los protagonistas. Las fobias son las mismas, el desencuentro parecido y la incomprensión se ha convertido en hastío.

Pero Rajoy insiste en que “el problema catalán no existe”, que todo lo que está pasando en España desde la sentencia del TC sobre el Estatuto de Catalunya es una patraña inventada por Artur Mas y su círculo de asesores. Puede que esa sea la realidad que quisieran vivir Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero resulta que hay otra realidad que debe responder a la misma pregunta que se hacía Ortega en 1916: “¿Cómo explicarse esto [la movilización catalanista], si no hubiese un estrato social bastante fuerte para engendrar una representación política tan homogénea en lo íntimo?”.

Y lo íntimo es la identidad, aquella nación, la catalana, que no se ve reflejada en el debate parlamentario que, curiosamente, el parlamento español insiste en denominar “estado de la nación”. Rajoy vive encerrado en una especie de mundo virtual simbólico que puede que le funcione en Madrid o en Guadalajara, pero que no le sirve de ninguna manera para comprender la realidad de gente que, como pasa en Catalunya, quiere poder decidir su futuro libremente por la vía de un referéndum.

¿Es que se quiere que en 3014 alguien escriba este mismo artículo? Muevan ficha, señores, porque el “problema” existe.
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