El problema de la prensa escrita

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13 de noviembre de 2010 (21:34 CET)

El debate sobre el futuro de la prensa a raíz de la emergencia de los medios digitales y las redes sociales es hoy un debate vivo en nuestra sociedad. Prácticamente no pasa un día sin que nos encontremos con algún informe de futuro más o menos serio, más o menos interesado, más o menos oportunista.

Esta semana, nosotros mismos nos hacíamos eco del análisis de una consultora norteamericana, Future Exploration Network, donde se ponía fecha de caducidad a la prensa escrita en sus formatos actuales por países o regiones del mundo.

Debo decir que este tipo de previsiones las suelo tomar con muchísima precaución. Si ya resulta difícil entender lo que está ocurriendo en el presente, deducir lo que nos puede deparar el futuro, aunque sea cercano, me parece una aventura. Otra cosa es reconocer que si la fuente del trabajo es solvente puede aportar indicios que sería idiota no tener en consideración.

Más allá de estos dossiers futuristas están los datos. Y la propia Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE) viene recogiendo sistemáticamente en su Observatorio ese declive de la prensa escrita tanto en ejemplares vendidos como en ingresos publicitarios.



En el cuadro se observa en las cifras de septiembre referidas a los cinco mayores diarios españoles como, salvo La Vanguardia, las ventas les han caído fuertemente a todos ellos. Si nos vamos a los diarios económicos, el panorama es desolador: Expansión tira 37.505 ejemplares, aunque sólo vende 28.000; Cinco Días y El Economista se han convertido en diarios semigratuitos, en los que las ventas son casi testimoniales.

Con una caída tan importante de las ventas, los ingresos por publicidad sólo podrían correr una suerte parecida. En la tabla donde se muestran los ingresos de El País, El Mundo, La Vanguardia, ABC, El Periódico y La Razón, los descensos entre 2008 y 2006 son generalizados y de una cierta consistencia. Y les aseguro que en 2009 y 2010 la situación no ha mejorado.

Desde la perspectiva de una empresa como la nuestra que edita, entre otros productos, un medio digital, ese declive nos parece incontestable, y cada vez a una mayor velocidad, pero no tenemos tampoco interés en predecir ninguna catástrofe. Estamos convencidos de que el modelo de la prensa escrita tal y como está concebido actualmente no tiene futuro y de que los cambios se producirán a un ritmo que sorprenderá a propios y extraños, y que de esos cambios ira naciendo un nuevo escenario en el que la información digital será preeminente.

No hay hoy prácticamente nadie que honestamente niegue esa evolución. No lo hace, por ejemplo, José Manuel Lara que afirmaba hace poco que él era un firme convencido del futuro de la prensa escrita, pero que reconocía que no sabía cuál sería ese futuro. Bueno, es una forma de decirlo. Más recientemente, era Bieito Rubio, flamante director del ABC quien pronosticaba que en el futuro solo sobrevivirían dos grupos de comunicación en España, uno de centro-derecha, seguramente pensaba en el suyo, y otro de centro izquierda. El director de ABC hacía estas afirmaciones convencido de que en España “existe una clarísima burbuja mediática”. Y de burbujas, en este país, desgraciadamente empezamos a tener un amplio conocimiento.

En esta situación, resulta como poco algo hipócrita la respuesta que los propios actores y los respectivos gobiernos pretenden ofrecer a la crisis del sector. Unos y otros parecen haber decidido que mientras caiga del cielo la solución, lo mejor es ir recibiendo ayudas públicas, que esas les cuestan poco dinero a los tradicionales grupos de comunicación y les dan votos, supuestamente, a los responsables políticos.

Desde la AEDE no paran de darle vueltas a cómo vestir esa vergonzosa petición de ayudas: que si dar dinero por ejemplares vendidos, que si rebajar el IVA, que si alguna que otra ventaja fiscal, que si aumentar las subvenciones… No deja de resultar tristemente curioso como en Catalunya, el gobierno que entró diciendo que iba a acabar con el volumen y discrecionalidad de subvenciones públicas que recibían los grandes medios de comunicación del país ha acabado sucumbiendo y, en dirección contraria a lo prometido, mejorándoles sus cuantiosos favores.

La crisis económica, y no la propia del sector, parece hoy la única esperanza de que ese estado de cosas entre en una línea de racionalidad. Al final todas las burbujas acaban pinchando, incluso las que concitan tantos intereses como los que mueven a complicidad a algunos medios y los diferentes gobiernos.
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