El pecado (capital) de los bancos y las cajas

18 de junio de 2012 (11:26 CET)

Ahora parecerá que digo una barbaridad, pero en este país hubo un tiempo en que todos los bancos y las cajas engrasaban el crecimiento de la economía y ganaban dinero haciendo esto. Muchos dinero. Es más, nos acostumbraron (cómo durante un tiempo hizo la bolsa) a ganar más dinero que el año anterior. Así, durante los años 90 y a partir del 2000, algunos bancos y cajas obtuvieron beneficios un 15% o un 20% superiores al año anterior. Año tras año. Aun así, nadie parecía extrañarse ni nadie preguntaba si esto era sostenible.

Lo que pasó es muy sencillo de explicar. Desde el cuartel general se fijaban unos objetivos de beneficios. Para conseguirlos, se asignaba a cada sucursal una determinada cantidad de ventas de cada uno de los productos. Cada mes había que estimular a la plantilla para cumplir los objetivos. Había que vender hipotecas, tarjetas de crédito, préstamos al consumo y renting a vehículos. Había que captar depósitos, vender fondos de inversión, productos derivados, tanto hacía si se decían "CDS", "preferentes" como "producto financiero del Sr. Madoff". Había que vender un determinado volumen de cada uno de estos productos en cada oficina.

Si se cumplían los objetivos, los empleados recibían un bonus. A veces este bonus duplicaba el sueldo fijo del empleado. Los directivos recibían todavía más bonus y los directores generales y presidentes ganaban prestigio y se iban creando buenos fondos de pensiones y un cierto prestigio social. Para conseguir todo esto había que vender muchas, muchísimas hipotecas y muchos más productos como las acciones preferentes (para denominar un producto reciente).

Por lo tanto, era lógico que muchos de estos productos se vendieran a personas que no sabían lo que compraban. Por muchos papeles que hicieran firmar al cliente, casi nadie leía (y menos todavía entendía) la letra pequeña. Desengañémonos, muy poca gente tiene cultura financiera, y todavía menos gente desconfía del señor o señora muy vestido que hay detrás de la ventanilla del banco o caja.

El problema no es que ahora tengamos algunos bancos o cajas en quiebra técnica. Tampoco es el problema de sus actuales gestores, algunos de los cuales, hay que decirlo, fueron contratados para solucionar el problema. La cuestión es que todo el mundo, viendo lo que pasaba, no se extrañaba, no lo decía, no lo denunciaba. Que algún agente económico pudiera ganar tanto y tanto dinero de forma gradual durante tantos y tantos años no era lógico ni siquiera para los propios gestores, como afirmaba el mismo director de una ya desaparecida caja cuando sorprendido de los resultados de su entidad hablaba de "magia".

No. El problema es de valores y de sociedad. El problema es de aquel que lo pensó (me confieso culpable) y no lo escribió en su blog. El problema es de nuestra sociedad que entrega y saca patentes de corazones para hacer cualquier barbaridad, mientras el protagonista sea "de confianza". Es el que yo denomino "aureola Millet".

Sin esta aureola nunca se habría producido el caso Millet. Para aquellos que no lo recuerden, el saqueo del Palau de la Música, perpetrado por Fèlix Millet, se produjo a la luz del día del día. Los talones se cobraban continuamente en efectivo sin que nadie supiese donde iba a parar el dinero.

Nadie preguntaba. Años y años haciendo lo mismo y ningún miembro de la junta directiva, ni los auditores, ni los empleados denunciaron nunca nada. Nadie se lo cuestionaba. ¿Nadie? No, una denuncia anónima el 2002 más un informe del Síndic de Greuges de Catalunya podían haber destapado el asunto...pero la denuncia fue archivada. "Cómo podía ser que el señor Millet pudiera hacer ningún desfalco! Millet nunca haría algo así!", debía de pensar la persona que decidió hacer la vista gorda a aquellos indicios.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad