El país del tiempo perdido

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13 de marzo de 2012 (11:21 CET)

Me aburre soberanamente aquella gente que cree disponer del tiempo de los demás por su manifiesta incapacidad de gestionar el suyo. Aquella gente que responde en siete horas una pregunta de segundos, o aquella que acumula las respuestas a sencillas cuestiones en una cubeta en vez de atenderlas al momento. En definitiva, lo reconozco, cada día me aburre más este país.

Hemos estado vendiendo durante años las virtudes de nuestro país. Hemos pensado que era el paraíso terrenal para el trabajo, y realmente uno se da cuenta que lo que más nos gusta es simplemente perder el tiempo. En general, estamos encantados en tirarnos horas sentados sin hacer nada. Recuerdo en uno de mis primeros trabajos como pseudo-directivo que mi director general me recriminó por no llegar el primero al despacho “aunque no hagas nada esa primera hora, todo el mundo debe verte llegar el primero y salir el último”. Gran inocencia la mía que me lo creí. La verdad duré poco en el lugar.

Más tarde escuché un día a Lara padre decir algo así como que él tenía una empresa para poder llegar siempre a la hora que quisiera. Hace años lo puse en práctica y desde entonces difícilmente aparezco por la oficina antes de las 10.00 de la mañana, incluso alguna vez a las 11.00. La verdad se vive mejor. Llego más relajado, sin atascos matinales que enervan a más de uno. Listo para producir y dispuesto a estar las horas necesarias para que mi día sea lo más intenso posible. Jornadas que sólo se acaban cuando mi blackberry se queda sin batería o cuando voy a la cama, un lugar sagrado donde apago la comunicación.

Evito al máximo las reuniones, también intento evitar las conversaciones telefónicas, contesto los emails al momento – difícilmente contesto un correo más allá de 5 minutos desde su recepción- y cierro la mayoría de días habiéndome comunicado con docenas de personas de diversos países, ayudándoles de forma directa, y con la certeza de haber gestionado un buen número de asuntos. Estoy en unas cuantas batallas diarias, excesivas para algunos, pocas para otros, pero todavía tengo tiempo y ganas de más.

Lo gracioso es que esa forma de gestionar el tiempo es vista muchas veces como una suerte. Pero no señores, no se equivoquen. La suerte no es poder levantarse a la hora que uno quiere, sino es la libertad de decidir. No estar atado a un horario, y poder responder a un cliente a las 11.00 de la mañana o de la noche. Les aseguro que es mucho más distendido y divertido. Practíquenlo si son empresarios, y den esa libertad a sus trabajadores si aceptan esa responsabilidad – no todo el mundo lo quiere -.

En todo caso, la verdad es que me disgusta también aquella gente que esta todo el día reunida. Reventados o cansados, infelices de estar cada día exponiendo y oyendo. En el fondo sentados sobre una mesa discutiendo qué ego es mas elevado. Algunos le llamarán ¿productividad?. Perdón señores levantar los egos es simplemente levantar egos. Reunirse 10 o 15 veces al día es la mayor pérdida de tiempo que existe. ¿Cuántas reuniones inútiles hace cada uno de ustedes al día?. Confiésenlo, ¿no les aburre escuchar cada día las mismas tontadas?.

Les soy sincero si les indico que a veces me he preguntado si realmente soy un magnífico gestor del tiempo, o si simplemente he aprendido a no perder el tiempo en las estupideces mundanas. Tales como reunirme cada minuto, hablar del tiempo en el ascensor, escuchar historias de memeces diarias o comentar el partido de fútbol del día anterior. Si hablara el filósofo diría algo así como que “el silencio es el mejor amigo del tiempo ganado, la voz es el alma del tiempo perdido”.

Soy de los que piensa que la mayoría de empresarios y trabajadores, y hasta con respeto los parados, de este santo país si se lo aplicaran podrían dedicar la mitad de la jornada a otras cosas más interesantes. Lo cual me lleva a pensar en que algo no funciona mal, sino rematadamente mal. No somos simplemente un país improductivo, sino en muchos casos una pandilla de holgazanes que nos encanta parecer los más listos y más simpáticos. Como insinuaba mi antiguo director aparentar, antes que hacer y así nos va.

Por desgracia pero es un problema endémico a todos los niveles, desde la educación a la política. Ya me dirán para qué montamos y perdemos dos horas cada viernes después del Consejo de Ministros para leer un papel. ¿Qué los periodistas no saben leer solos las decisiones del Gobierno?. O para qué montamos reuniones larguísimas para hacer una huelga general. ¿Qué alguien dudaba que se haría?. O más aún, ¿para qué hacemos una huelga en un país que está contínuamente en huelga?.

La historia ha evolucionando reduciendo los tiempos de las cosas. En los romanos los mensajes se trasmitían a caballo, siglos más tarde el telégrafo, teléfono, televisión e Internet. El tiempo evoluciona pero tristemente la mentalidad del país sigue siendo la de la antigua Roma, donde esperaban que viniera el César a ofrecer el saludo. No hay duda que el mundo ha cambiado pero aquí seguimos estancados en nuestras historias, y éste seguirá siendo durante muchos años el país del tiempo perdido.

Pero no lo duden aun están a tiempo. Si no quieren vivir en ese país hagan lo siguiente. Primero anulen sus reuniones durante una semana, tengan la libertad de pensar en sus productos, sus servicios, libérense de las llamadas de teléfono eternas. Duerman relajados y lleguen frescos al trabajo -eso sí no vale luego irse a la hora en punto, sino cuando su labor haya acabado-.

Márquense unos objetivos para los próximos días -hasta utópicos- y luchen por ellos. No levanten la voz a nadie - sólo se pierde energía -, huya de la gente “tópico” que sólo se levanta para quejarse de lo mala que es su vida. Llegue con una sonrisa y vaya cantando mientras conduce -si va en coche-. De verdad quizás seguirá viviendo en el país del tiempo perdido, pero se dará cuenta que tiene más tiempo para todo.
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