El pacto de CDC y ERC viene de lejos

14 de julio de 2015 (16:29 CET)

La conversación que quiero contar no es de ayer, sino de hace doce años. Pero hoy es muy actual. Tenía como comensales en el Hotel Don Candido, así como se entra a Terrassa cuando sales de la autopista, a Josep Rull, entonces candidato perdedor a la alcaldía de Terrassa, y Felip Puig, el último conseller de Obras Públicas en la etapa y égida de Jordi Pujol.

Estamos en la primavera de 2003. Unos meses antes de la llegada de Pasqual Maragall al frente del Tripartit. ¿Quién nos iba a decir que hoy nos sería añorado? El conseller había invitado a los directores de todos los medios de los dos valleses, ocho en total.

Todo fue políticamente correcto hasta que el vino tinto del Penedés desató la lengua de un conseller que perdió la corrección. La pregunta que abrió la caja de los truenos parecía inocua, pero el vino descorchó el tapón de la boca de Puig:

Conseller, el servicio de Renfe es muy deficiente, le dijo uno de los directores, no recuerdo quién.

Y la respuesta me indigestó la comida.

Felip Puig apartó el plato de carne y la copa de vino que tenía delante de la mesa, para poder utilizar las manos como aspas de un ventilador y evitar que la cristalería se desparramara manchando el mantel blanco, y esto dijo, en sustancia:

Todos los problemas que tenemos no vamos a poderlos solucionar hasta que no consigamos la independencia. Es absurdo que hoy los partidos nacionalistas vayamos a las elecciones separados. Tendríamos que crear un frente común, porque el objetivo no puede ser otro que la independencia de Cataluña. Luego, cuando la tengamos, ya podremos volver a la lucha ideológica: ERC será la izquierda y nosotros la derecha de este país, pero tiene que ser el día después, ahora no. El problema que hoy tenemos con ERC es que no quiere saber nada de nosotros. Ellos quieren pactar con los socialistas, para echarnos de la Generalitat…

Se hizo el silencio en la sala. Y lo rompí con esta pregunta nada ingenua:

¿Jordi Pujol está de acuerdo con este planteamiento?

Y ésta fue su respuesta:

Sí que lo está, pero no puede defenderlo en público, porque después de tantos años gobernando tiene demasiados compromisos adquiridos, empezando con la misma monarquía. Él no lo hará…, pero tampoco tiene que hacerlo, porque se va, pero en el fondo piensa lo mismo. Somos nosotros, quienes venimos detrás, los que podemos plantearlo...

¡Esta conversación no es de ayer, sino de hace doce años!

Nadie podrá acusar a Felip Puig y a su camarilla de no ser fieles a su ideario. De Puig no te puedes fiar porque engaña y miente tanto como habla (pero esa tarde el vino le desató la lengua). No es el único, pero se lleva la palma. Y eso que ya le han atemperado los ardores juveniles.

Y luego prosiguió con esta reflexión dando por supuesto que todos los comensales estábamos en su onda.

Doy fe de que había uno que no lo estaba:

El peor momento de la historia para el nacionalismo fue el pacto con Aznar en el Majestic; el President decía que era necesario, pero para nosotros, los independentistas, veíamos que eso era nuestra muerte política: la muerte de la posibilidad de que Cataluña pueda llegar a tener la independencia. Eso o lo consigue Convergència o nunca será; pero, afortunadamente, esa estación en vía muerta hacia el camino de la independencia se ha abierto gracias a la prepotencia de Aznar desde que tiene la mayoría absoluta…

Así fue.

El pacto entre CDC y ERC no es cosa de hoy, doy fe.

 

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