El oasis catalán pierde el color

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26 de febrero de 2011 (20:02 CET)

Durante muchos años, Catalunya ha buscado hasta en los detalles más nimios aquello que la diferenciara por contraposición a Madrid. Si los BMW triunfaban en la capital del estado, aquí preferíamos los Audi como coche de representación; si allí los ternos azules, aquí los trajes gris oscuro; los rizos que culminaban los cabellos de algunas cabezas madrileñas de bien no eran de recibo entre nosotros como tampoco la abundante brillantina que lucían muchos ejecutivos de primer nivel y que Mario Conde elevó a la máxima categoría.

Detalles superfluos, claro. Había algo más consustancial, sin embargo, que marcaba fronteras. Frente al guirigay, a la bronca permanente en la controversia madrileña, el paisaje político y empresarial catalán se identificaba mejor con los placenteros oasis. El oasis catalán llegó de este modo a la categoría de modelo, un paradigma que incluso algunos pretendieron exportar a otras latitudes más salvajes cuyas clases políticas no fueran capaces de elaborar los profundos consensos que tan ricamente hacíamos por estas tierras.

La gran mayoría de nuestros políticos se sentían orgullosos del oasis catalán, de su estabilidad, a prueba incluso de las mayores dificultades y las más graves acusaciones. Como por ejemplo cuando Pascual Maragall siendo presidente de la Generalitat y desde el propio parlamento autonómico lanzó contra sus antecesores la imputación de cobrar el famoso 3 por ciento en comisiones. Nada. Unos días después se pidieron disculpas unos a otros y se acabó.

El país era una balsa de aceite mientras más allá del Ebro la tensión invadía la vida política, y parte de la otra. El oasis catalán lo resistía todo y por eso albergaba instituciones sanas y potentes que reproducían en su seno esos mismos sólidos consensos: el Círculo de Economía, por ejemplo, síntesis de académicos y empresarios, de políticos de todos los colores conviviendo en armonía.

Pero nada es eterno. Hace un par de semanas, el actual presidente del Círculo, Salvador Alemany convocó a un almuerzo en el palacete que Arturo Suqué tiene en la parte alta de la ciudad a los 13 ex presidentes del Círculo que están vivos –faltó sólo Pedro Fontana, que se encontraba de viaje- para elegir a la persona que propondrían a la junta como su sucesor. Contraviniendo los usos y costumbres que han dominado en esa entidad durante años y años, Alemany quiso imponer a Ángel Simón, el actual consejero delegado de Agbar, frente a Josep Piqué, el hombre que había manifestado antes su disposición al cargo y que concitaba los mayores apoyos.

Por qué Alemany hizo esa jugada tan arriesgada es algo sobre lo que hoy por hoy sólo caben especulaciones. ¿Fue una decisión propia o estuvo inducido desde otros poderes que no veían conveniente que un ex ministro de Aznar ocupara tan respetable posición en una institución señera del país? Sólo él sabe la respuesta. No sólo se lanzó a esa aventura sino que además el entorno próximo a la candidatura de Simón se movilizó y alardeó de apoyos que hoy no parecen que fuesen tan claros.

El resultado es conocido. Ganó Piqué por 6 a 4. Hubo una papeleta en blanco y no votaron ni Piqué que se ausentó para no estar presente en un debate sobre su idoneidad ni José Manuel Lara que se negó a participar por el cariz que había tomado la discusión.

Pero más importante que todo esto es que por primera vez, por primera vez en la historia del Círculo, nunca antes se había hecho público el resultado de votaciones similares. Se votaba, si era necesario, si había varios posibles candidatos, pero una vez resuelto el escrutinio la decisión se daba por unánime.

Esta vez no ha sido así, y lo ocurrido constituye un dato trascendental a tener en cuenta en el análisis político. ¿Por qué se hizo? Probablemente para transmitir una sensación de que la derrota había sido dulce, de que todas las maniobras preelectorales estaban justificadas y de que había que intentarlo. Tal vez. Pero la consecuencia de ese acto de publicidad es un creciente malestar en la institución que quizás mejor simbolizaba el consenso a prueba de bombas que dominaba en el país.

Ahora ya difícilmente nada volverá a ser igual. Ha trascendido a la opinión pública cómo el Círculo, sus presidentes, se han dividido por criterios políticos, propios o inducidos, y las sospechas sobre su posible ideologización tenderán a crecer.

Lo curioso es que esta situación se haya producido en un momento en que la hegemonía política que ostenta Convergencia i Unió parezca consolidada ante la aparente desafección mostrada por los socialistas. O quizás, precisamente, no sea tan curioso: si la preeminencia de unos les conduce a la prepotencia y la debilidad de los otros a intentos de instrumentalización de las pocas entidades de la “sociedad civil” que nos quedan con una cierta relevancia, pues el oasis verá como sus verdes palmeras empezarán a amarillearse. Cuestión de tiempo.
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