El naufragio de BCN World deja a Artur Mas en ridículo

29 de mayo de 2015 (19:37 CET)

El promotor valenciano Enrique Bañuelos abandona definitivamente BCN World. Su portazo supone un golpe decisivo para este fantasmal proyecto, que consistía en sembrar de parques temáticos, hoteles, casinos y viviendas un enclave tarraconense ubicado junto a Port Aventura. De paso, deja tirado en la cuneta a Artur Mas, que fue su máximo valedor.

La tocata y fuga se ha orquestado en dos fases. En diciembre último, Bañuelos renunció a protagonizar la iniciativa, retiró su compromiso de aportar 377 millones para la compra de los terrenos y dijo que su único interés se limitaba a dos de los futuros casinos del complejo.

Ahora acaba de rematar la faena. Arguye que los planes urbanísticos que se están trazando no son de su agrado. Por tanto, hace mutis por el foro y se larga con viento fresco. El naufragio de BCN World ya es irremediable. Mal acaba lo que mal empezó.

La génesis de este descabellado plan arranca de un ataque de cuernos. Me refiero al sufrido por Artur Mas en sus largos coqueteos con el judío norteamericano Sheldon Adelson.

Éste también pretendía erigir un magno complejo de ocio llamado Eurovegas, compuesto por 12 hoteles-rascacielos de 140 metros de altura, 6 casinos, 3 campos de golf y de tenis, un pabellón para 20.000 personas, centros comerciales y viviendas.

Mas ofreció al magnate el oro y el moro. Adelson se dejó querer, pero un buen día decidió que prefería los aires de Madrid y allá se trasladó con todo su equipo negociador. Valga añadir que el asunto acabó como el rosario de la aurora y Adelson dejó a la Comunidad de Madrid colgada de la brocha.

Queda para la pequeña historia la patética pugna desatada entre Cataluña y Madrid por cuál de ellas albergaría el engendro. Por momentos, la porfía fue un burlesco remedo de Bienvenido Mr. Marshall, sólo que en pleno siglo XXI.

Los dos gobiernos exhibieron grados idénticos de sumisión ante el agiotista estadounidense. Hasta tal punto, que miembros de uno y otro Ejecutivo peregrinaron varias veces hasta Las Vegas para implorarle rodilla en tierra que se dignase volcar su dinero en las respectivas demarcaciones. Pocas veces se ha visto un comportamiento más miserable y humillante.

De fiasco en fiasco

Mas trató de disimular su estruendoso fracaso con Eurovegas sacándose de la manga el descomunal montaje de BCN World. Para llevarlo adelante, no tuvo otra ocurrencia que echar mano de Enrique Bañuelos, ex dueño de la inmobiliaria Astroc y personaje poco de fiar.

Astroc encarna como pocas la burbuja especulativa. Su salida a bolsa dispensó a Bañuelos una fortuna de cuantía directamente proporcional al quebranto de los inversores que, confiados en él, compraron acciones y terminaron arruinados.

Lenguas viperinas apuntan que la irrupción de Bañuelos en BCN World sólo se explica por el hecho de que nadie más prestó su jeta a semejante tinglado. El valenciano dijo que invertiría la bagatela de 4.700 millones de euros y crearía 40.000 empleos. Calculaba que las licencias de construcción se lograrían en 12 meses y las obras se despacharían en otros 36, de modo que el complejo estaría listo para inaugurarse en 2016.

Sin embargo, a estas alturas de 2015, ni se ha movido un solo metro cúbico de tierra, ni hay la menor previsión de que las excavadoras vayan a ponerse en marcha.

La fuga intempestiva de Bañuelos se debe en última instancia a que no fue capaz de encontrar la financiación necesaria. Porque el dato esencial de esta gigantesca tomadura de pelo es que Bañuelos apenas ponía un céntimo de su bolsillo. Todo lo fiaba a los créditos bancarios y los fondos de otros inversores.

Bañuelos presentó las cuentas del gran capitán a Artur Mas y Andreu Mas-Colell, que se las creyeron a pies juntillas como dos benditos. Luego, las elevó a la gran banca, pero ésta no suele comulgar con ruedas de molino de tanto calibre y se negó en redondo a facilitar un solo céntimo.

Desde ese instante, cunde la sensación de que BCN World está muerto. Pese a ello, Artur Mas sigue alentando la ficción con fuegos de artificio. Lo hace sólo por motivos partidistas. Con la perspectiva de las próximas elecciones en Cataluña, si Mas reconoce ahora el descalabro, daría munición mortífera a sus rivales. Por eso mantiene viva la llama, aun a costa de quedar en el ridículo más espantoso. En este singular deporte, el president alcanzará el día menos pensado la categoría de gran maestro.

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