El multiplicador del crédito y su contrario

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27 de febrero de 2009 (18:34 CET)

La política monetaria se apoya en el efecto multiplicador que se inicia con cualquier incremento en la masa monetaria. Basta con que el Banco Central compre deuda pública pagándola con dinero para que los vendedores lo depositen en su banco.

Éste retiene el coeficiente de caja que le exige la autoridad monetaria (para evitar la pérdida total de tesorería y cuestionar la capacidad de reintegro de los depósitos) y presta el resto. El prestatario usa el crédito recibido para pagar a sus proveedores, empleados, etcétera, que a su vez lo ingresan en sus cuentas, dando lugar a un nuevo ciclo de créditos, pagos y depósitos. Cada una de estas rondas es menor que la precedente y, al final, el proceso de expansión se extingue, pero no sin antes haber dado origen a una cantidad de dinero que multiplica al impulso inicial por el inverso del coeficiente de caja. Así, un coeficiente del 20%, que es un quinto del depósito que inicia el proceso, da lugar a una progresión que genera, en su conjunto, un volumen de crédito igual al depósito inicial multiplicado por cinco.

La autoridad monetaria puede iniciar el proceso dando liquidez y amplificarlo (o reducirlo) por medio de una reducción
(o aumento) del coeficiente de caja. El esquema esbozado se soporta en varios supuestos. Así, considera que todo el exceso de encaje se presta prácticamente sin demoras, que las entidades bancarias no retienen más que lo estrictamente exigido por la autoridad monetaria, que los depósitos iniciales que disparan el proceso se mantienen en el volumen inicial… Son supuestos razonables, porque las entidades financieras retribuyen todos los depósitos y, por tanto, tienen interés en prestar tanto como puedan para obtener recursos, pagar intereses y gastos y quedarse con un beneficio. Sin embargo, esta maravilla de la creación se degrada cuando se incluyen algunos rasgos de la realidad, como la retirada de fondos o, peor aún, cuando el entorno crediticio se vuelve turbulento y peligroso.

Si se degrada la calidad del crédito, el proceso se frena, los nuevos depósitos deben atender el reintegro de los antiguos y el análisis del crédito se complica, con la consecuencia de que se dejan de conceder préstamos. Por otro lado, puede ser que el Banco Central emita deuda pública, en vez de comprarla, con lo que los depósitos se irían de la banca.Más aún, basta que una parte de los clientes, sea porque quieran mantener más efectivo en sus casas o en una caja fuerte, sea porque se lo lleven a otro país, retiren dinero de sus cuentas y el proceso multiplicador se convierta en reductor, generándose una implosión conocida como credit crunch. Esta situación afecta a las relaciones entre empresas, de modo que, si una tiene dificultades para encontrar financiación, demora los pagos y obliga a sus proveedores a hacer otro tanto. El resultado es la ralentización de la actividad: la inversión se detiene, los empleos marginales se eliminan, cae el consumo…

Las entidades financieras deben mantener la calidad del análisis de crédito, han de asegurar los préstamos y estar en condiciones de devolver los depósitos.También han de tener en cuenta las diferencias entre los plazos de vencimiento de los créditos concedidos y los depósitos que los sustentan, o los recursos obtenidos en los mercados mayoristas (venta de créditos con garantía de recompra), que en la actualidad tienen un plazo de vencimiento inferior al de los créditos que se apoyan en ellos. Por eso, buena parte de los préstamos del Banco Central Europeo se depositan en el propio BCE para atender a cualquier posible desfase y no van a propiciar un nuevo proceso expansivo.

CAMBIOS DRÁSTICOS.
De grado o por la fuerza, las empresas atraviesan dificultades insalvables para apalancar su pasivo con nuevo crédito, y el apalancamiento de la última década se convierte en lo contrario: un descenso de la financiación externa (en inglés, deleveraging). Si se quiere ampliar, o mantener, el nivel de actividad, hay que financiarse de otro modo, lo que requiere cambios drásticos de mentalidad, crear nuevas relaciones y otras acciones.

La ampliación de capital o la emisión de bonos y obligaciones, junto con la extensión de los plazos de pago son las primeras soluciones que se ocurren, junto con la sustitución de compras de equipo por su alquiler. En este marco, hay dos áreas de actuación. Por un lado, las Administraciones Públicas deben facilitar la recuperación de la caja de las empresas, simplemente pagando a tiempo, devolviendo los anticipos fiscales con rapidez y agilizando los procesos que pueden paralizar o demorar actividades, como la concesión de licencias y la eliminación de las modificaciones y exigencias pejigueras, que halagan el ego de los funcionarios y ralentizan la actividad.

Por otro lado, las empresas han de hacer más con menos. Por ejemplo, una gestión de stocks más afinada, una política de compras en la que se compense la comodidad de la producción con la atención a la dimensión financiera de aprovisionamientos… Y una parte de la financiación externa, que al hacerse escasa también se vuelva cara, puede sustituirse por más capital, bien acumulando beneficios, bien recurriendo a nuevos desembolsos. Es posible, si hay expectativas de retribución adecuadas y se refuerzan rebajando la tributación de la actividad productiva.
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