El mago Adolfo Suárez

23 de marzo de 2014 (15:51 CET)

Con la muerte de Adolfo Suárez se va una idea de la concordia y del valor político. Aún se aleja más aquel espíritu esperanzado que fue la Transición y que tantas veces ha sido ninguneado, como ahora. Para unos, Suárez solo fue una gran sonrisa, para otros fue poder y nada más que poder, un atleta del arribismo, un hipnotizador, un político con capacidad de empatía y nada más.

Pero fue mucho más: fue el mago Adolfo, un hombre de valor, una improvisación que solo puede lograrse con el poder de intuir lo que el pueblo realmente espera y lograr que acceda a dar un paso más allá. Fue un seductor inimitable, incluso cuando reconoció que había agotado los trucos.

No es que dispusiera de un notable utillaje intelectual, ni era un buen parlamentario, pero tuvo el instinto de saber lo que quería la mayoría de los españoles. Y se lo dio. Fue fría lucidez y cálida empatía. Oírle el relato de la Transición era como vivir una novela de Stendhal. Para mucho, esa fue la historia de una pasión. Ahora estamos en época de fatiga y uno de sus síntomas de la destrucción del pasado.

Al ver en las vallas publicitarias la imagen de aquel joven presidente del gobierno, avanzando de cara a la calle, con las manos en los bolsillos y con la confianza del Rey, muchos pensamos que aquello era de verdad, que se acababa el antiguo régimen, que habría urnas, libertades, pluralismo, una política nueva por parte de alguien que conocía tan a fondo los entresijos de la vieja política.

En su partido, la UCD, el irrespeto fue por barrios. No consuela mucho que algunos protagonistas de la implosión de UCD --terrible episodio de intrigas- hayan acabado por reconocer que se equivocaron. De haberse mantenido críticamente leales, el capitán habría podido pilotar la nave sin tantas dificultades.

A pesar de todo, fue el gran mago capaz de transitar entre dos regímenes, el franquismo y la monarquía constitucional, sin despeinarse, fumando Ducados Internacional uno tras otro. Con la Ley para la Reforma Política, y siendo --como él mismo decía- un chusquero de la política, consiguió que las Cortes de Franco tomasen cicuta y se auto-disolvieran.

Dio confianza a muchos españoles que tras la muerte de Franco temían la incertidumbre. Aceleró el tiempo histórico, modeló nuevas formas políticas y, con sorpresa inicial, presidió un gobierno de reformas cuyo motor era la Corona, dispuesta a que de la ley a la ley, sin ruptura, España pudiera a ser una democracia adulta, a pesar de ETA, con una crisis económica bárbara, con el problema de los nacionalismos abierto en canal. Así se llegó al delta histórico de la Constitución de 1978.

Ningún otro presidente deja un legado de tantas transformaciones para la convivencia y posiblemente por eso hubo momentos en que estuvo a punto de ser la presa mayor de una cacería desenfrenada. Y al final, eso fue.

Aunque el poder es, por definición, arrogante, Suárez quería convencer a los ciudadanos uno por uno. No cedía a la presiones y gobernaba para todos; incluso así los ataques tanto del PSOE y de su propio partido naturalmente acabaron por obsesionarle.

Su estrategia erró principalmente en el frente internacional pero a veces parece como si hubiera intuido los cambios que ahora emergen. Digamos que fue reacio al atlantismo que era la puerta de acceso rápido a la Comunidad Europea, que de entrada no tuvo el amparo de una gran fuerza política europea, como Felipe González tuvo la socialdemocracia alemana. Interiormente, digamos que tuvo abiertos muchos frentes: la Nunciatura, las finanzas, los cuartelazos, las termitas en la UCD. Acababa de dimitir cuando Tejero hizo su soez entrada en el Congreso de los Diputados.

Pero su grandeza es que estos obstáculos no le impidieron relanzar España sin miedo a la libertad. Legalizó el Partido Comunista, propició con inteligencia el retorno de Tarradellas, logró que el exilio republicano entendiera su mensaje, convocó los pactos de la Moncloa. Inauguraba una larga época de estabilidad.

Dimitió. Esa es una escena todavía con luces y sombras. Y comenzó la larga travesía del desierto con el CDS: su máximo fueron los 19 escaños. Sabía que un centro milimetrado a dos pasos del centro-izquierda era la opción de la sociedad española. Sabía que Fraga nunca llegaría a la Moncloa. Su viejo enemigo, Felipe González, le fascinaba y compartían secretos de Estado en el jardín de los bonsáis.

El mago llevaba en la sangre la perenne droga del poder. Pensó en volver. Pensó en de nuevo dar ilusión a la sociedad española. Conservaba el don de la magia para la transformación política. Fue eclipsándose. Finalmente, el mal de la desmemoria le ha acompañado, como un eco trágico, hasta la muerte.
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