El independentismo y el área metropolitana

07 de abril de 2015 (00:00 CET)

En Barcelona y su circunscripción electoral se ganan o se pierden las elecciones autonómicas. El detalle no ha pasado inadvertido a la gran mayoría de los estrategas del independentismo catalán. En especial, lo ha percibido la organización que se presenta como una propina de la tradicional sociedad civil del país bajo las siglas ANC.

La muchedumbre que habita en la Gran Barcelona hace decisivo el territorio en términos políticos. Durante años, los altos niveles de abstención que la zona registraba cuando se la llamaba a votar en clave autonómica hicieron viable que CiU, el partido de los Pujol y de su red clientelar, se alzara una y otra vez con la victoria en la cámara catalana.

Por el contrario, la gran urbe dio a José Luis Rodríguez Zapatero unos resultados en 2004 que pasarán a la historia. Durante un cuarto de siglo mantuvo las alcaldías de la práctica totalidad de los municipios que forman el espacio en manos de socialistas o, en menos ocasiones, de los representantes del PSUC y más tarde de ICV. La dualidad de voto y participación es una singularidad que quizá se haya quebrado en los últimos tres años.

Cataluña sólo será independiente si su capital y el área de influencia inmediata así lo deciden. Por más que Girona, Lleida o Tarragona se empeñen resultará difícil nadar contra la opinión de la zona que concentra tres cuartas partes de la población catalana. De ahí que tanto CiU y ERC, en diferentes ocasiones y con distintos motivos, hayan intentado infiltrarse en esa porción del territorio y capilarizar el mensaje entre una población que o es aún emigrante o guarda sus raíces y orígenes en los flujos migratorios que se produjeron en los años 60 y 70.

Son personas que se sienten catalanes de pleno derecho, pero que se niegan en muchos casos a renunciar a la trama de afectos que representa España. Y lo hacen sin complejos: mantienen con una vitalidad envidiable sus casas regionales, vibran con los éxitos de la roja o, sencillamente, son más participativos en unas elecciones generales que unas únicamente catalanas.

Entretanto, al final del siglo pasado, tras los fastos olímpicos, Barcelona se convirtió en una ciudad de servicios, sin industria. Los precios de la vivienda expulsaron de la ciudad a los que no pertenecían a las clases medias de profesionales y funcionarios. En esencia, centrifugó a ese continuo urbano que circunda la capital a las segundas generaciones de inmigrantes.

La ANC lo tiene claro y de ahí que prepare un próximo 11 de septiembre para tocar la fibra sensible de ese amplísimo y determinante colectivo ciudadano. Es una postura pragmática del nacionalismo, que renuncia a su ADN diferencial y en parte etnicista para buscar soporte ocasional en segmentos de población apenas proclives a sus tesis.

Forcadell y los suyos tuvieron unos meses de gloria cuando una parte de ese colectivo, especialmente tocado por la crisis económica en las ciudades dormitorio y en los barrios obreros metropolitanos, llegó a creerse que, en efecto, el expolio español era el virus que contagiaba y atizaba todos sus males. Pero llegó Podemos, C's fue impulsado también desde Madrid y reventaron los asuntos de corrupción de los Pujol. Las opiniones se han matizado de manera urgente.

La confusión les sirvió para generar adeptos, pero tan escasamente fieles y sentimentales que son susceptibles de adherirse con facilidad a otras causas en lo político. No es gratis que la ANC vaya a pescar al área metropolitana, en el entorno de las migraciones del siglo pasado. Saben que esa será la clave del futuro de Cataluña, sobre todo porque aún son la verdadera y real mayoría ciudadana.

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