El hombre que se fue de rositas de la mayor crisis bancaria española

10 de septiembre de 2014 (10:55 CET)

Al fallecimiento de alguien se acumulan las loanzas y reconocimientos, los ciertos y los debidos. En el caso de Emilio Botín nadie pondrá en duda que hizo del banco que ha dirigido una entidad que es líder en el mundo. El mayor de España, pero sobre todo por lo que tiene fuera del país, y el número uno de la zona del euro.

¿Cómo se hace algo así desde una pequeña entidad, con raíz santanderina, y sin una posición global de inicio? Es obvio que Botín ha sido una mezcla de talento y de arrojo empresarial, que no siempre ha tenido todos los escrúpulos presentes a la hora de tomar decisiones. De ahí, posiblemente, que su conciencia personal descansara haciendo mecenazgo directo en Santander o que el banco tuviera algunos tentáculos en el plano de la obra social, en su caso vía las universidades y sus proyectos en esta materia.

Es difícil ser un gran banquero siendo sólo un hombre bueno. El Botín que influía en la política española como ningún otro banquero, que acompasaba los cambios de gobierno y los bendecía, era un poderoso de verdad. Quizá el último hombre de negocios de su generación que sabía decir que no y que no se arrugaba para decirlo delante de quien correspondiera.

España ha vivido en los últimos diez años la mayor crisis financiera de su historia. Han saltado en pedazos las cajas de ahorros, un producto autóctono, y se ha intensificado la concentración de bancos, que había empezado una década antes. A Botín esta crisis le cogió con el mercado diversificado e internacionalizado. No dependía del negocio español para mantener viva su actividad y eso le permitió mirarse todo el asunto de la grave crisis interna con lejanía. Demasiada, quizá, según han debido pensar los responsables económicos del PP, que han visto como el cántabro pasó de sus llamadas a colaborar.

Ni Francisco González (BBVA), ni Isidro Fainé (La Caixa), ni Ángel Ron (Popular), ni Josep Oliu (Sabadell) han tenido la suerte de escaparse de esta dura crisis. Todos ellos, a través de sus entidades, se han visto inmersos en la reorganización del sector financiero español. Cada uno de ellos se hizo cargo de una parte del campo de cenizas en que había quedado convertido. Botín no. Jamás dijo que no, pero actuó para el no.

Cuando era preguntado por su interés por Unnim o por CatalunyaCaixa siempre decía que por supuesto que lo iba a mirar, pero nunca ofertó para quedarse esas entidades o todas las que han sido puestas a la venta en los últimos meses. Decía que sí y obraba con el no. El sistema financiero del país se ha reconvertido y Emilio Botín, el patriarca de la banca, se ha ido –y ahora ya no en sentido figurado– de rositas. Ése también es un dato que no debe faltar en ninguna de las hagiografías que empezaremos a leer en las próximas horas. 

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