El expresident, de embuste en embuste

17 de octubre de 2014 (20:17 CET)

Jordi Pujol faltó a la verdad en la delirante comunicación que dio a la luz pública el 25 de julio. Este estupefaciente escrito pasará a los anales de la impostura más redomada. Su plato fuerte es el reconocimiento de que durante nada menos que 34 años mantuvo oculto en Andorra un fortunón. A renglón seguido, el ex president pregonaba entre otras cosas su firme voluntad de facilitar explicaciones exhaustivas a las autoridades tributarias y judiciales.

Lejos de cumplir tan loable propósito, todo lo que Pujol ha hecho desde entonces se orienta justamente en la dirección contraria, es decir, a hurtar el bulto a la acción de la Justicia.

De entrada, interpuso en Andorra una demanda para impedir que sus datos bancarios se envíen a España. Luego, se hizo el sueco con todo descaro cuando la jueza de Barcelona Zita Hernández le reclamó el testamento de su padre Florencio.

Un auto de la misma jueza le propina estos días duros reproches por su “absoluta falta de colaboración”. La magistrada lleva dos meses y medio esperando infructuosamente que Pujol se digne trasladarle el texto de marras.

Entre medias, el ex honorable acudió a regañadientes al parlamento catalán. La comparecencia resultó bochornosa. Vista su vacuidad absoluta, podría haberse ahorrado el trámite. Pero a la fuerza ahorcan y, un momento u otro, Pujol no tendrá más remedio que dar la cara y responder al interrogatorio de la jueza y el fiscal.

El panorama que se presenta al clan del ex mandatario es tan denso como sombrío. Sobre Pujol y su esposa Marta Ferrusola pesa una querella que les achaca hasta siete delitos, entre ellos cohecho, malversación de caudales públicos, tráfico de influencias, blanqueo de capitales y prevaricación.

En la Audiencia Nacional, la tribu pujolista es objeto de pesquisas en dos juzgados. En el número 1, Santiago Pedraz instruye una querella contra los padres y los siete hijos. Y en el número 5, Pablo Ruz tiene encartado al primogénito, Jordi Pujol Ferrusola.

Una estirpe en entredicho


A su vez, la fiscalía anticorrupción ha puesto en su punto de mira a Oleguer Pujol, por unos cambalaches multimillonarios altamente sospechosos. El hijo menor desembolsó, por medio de sociedades radicadas en paraísos fiscales, la friolera de 2.500 millones de euros por la compra de 1.152 oficinas de Banco Santander, 105 de Bankia y tres grandes inmuebles de Grupo Prisa, entre ellos la sede barcelonesa de la cadena Ser, en Casp/paseo de Gràcia.

Y last but no least, un juez ha imputado al político Oriol por la concesión de estaciones de ITV a sus amiguetes, previo cobro de la correspondiente mordida subterránea; y a su cónyuge, Anna Vidal Maragall, por el ingreso de 700.000 euros por unos informes inexistentes sobre el cierre de las fábricas catalanas de Sharp, Sony y Yamaha.

De Oriol se ha escrito que es el hijo menos espabilado de la prole. Quizás fue ese el motivo que impulsó a la saga a dedicarlo a la política. Siempre se dijo que sería el sucesor de su padre y que el día de mañana heredaría Catalunya, después del interregno del fallido palafrenero Artur Mas. Pero el futuro que le aguarda como hombre público no es precisamente indescriptible.

Cada uno de los asuntos transcritos, por sí solo, sería demoledor para la tropa pujoliana. Si se les toma en su conjunto, el aroma que exhalan evoca ambientes inequívocamente sicilianos.

A juzgar por los hechos, los Pujol no parecen una familia numerosa corriente y moliente, sino una banda organizada que lleva un cuarto de siglo saqueando Catalunya. El caso del primogénito es palmario. Ha zascandileado toda su vida y no se le conoce oficio ni beneficio más allá del cobro de comisiones a destajo.

Al margen de los trámites procesales, que sin duda van para largo, lo que sí queda acreditado hasta la saciedad es que este linaje ha defraudado al fisco durante tres generaciones, pues ya al abuelo Florencio Pujol Brugat, en un lejano 1959, se le multó por la tenencia en Suiza de fondos esquivados a Hacienda. Por lo que se ve, el viejo refrán “de casta le viene al galgo” cuadra de maravilla con esta dinastía.
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