El equívoco catalán: ser independentista, cívico y de izquierdas

07 de julio de 2013 (21:28 CET)

Los ejes, siempre los ejes. Muchos analistas olvidan, a veces, que en Catalunya sus ciudadanos optan por las diferentes opciones políticas en función de un doble eje: el tradicional, entre izquierda y derecha, y el de identificación, entre sólo catalán, o sólo español, con las variantes necesarias, de más o menos catalán que español, o más o menos español que catalán. Eso es cierto, porque si no fuera así no se explicarían fenómenos tan curiosos, como que aparezca Catalunya como uno de los territorios más singulares del mundo, porque una gran mayoría se autodefine como de izquierdas. ¡Asombroso!

Pero no es menos cierto, como han apuntado en distintos medios David Lizoain o Joaquim Coll que existe una cierta distorsión en Catalunya, un cierto equívoco, producto de muchos factores, que llevan a la confusión y que se ha amplificado con la gestión del movimiento soberanista por parte de algunas fuerzas políticas.

El profesor Joan Manuel Tresserras, ex conseller de Esquerra en el tripartito y coordinador de la ponencia de la Conferencia Nacional de los republicanos de este fin de semana, ha llegado a decir que el PSC no estará en la izquierda si rechaza el proceso de independencia. Esquerra ha conseguido, por tanto, unir con un fino hilo las cuestiones de ámbito social y las actitudes cívicas, casi angelicales, con el independentismo. De hecho, ha conseguido que sólo prime uno de los dos ejes, el de identificación nacional, y como es consciente de ello, sugiere que también está bien posicionado en el otro eje de referencia política.

¿Qué es lo que ha ocurrido y que sorprende tanto a algunos analistas? Esquerra ha acertado con su actual posicionamiento, pero se debe, principalmente, a la dejación de la responsabilidad de la izquierda. Veamos. Sólo en los primeros años de la década de los 2000, como siempre recuerda un acertado politólogo, Oriol Bertomeus, la situación política se equilibró en beneficio del eje izquierda-derecha. Pasqual Maragall estuvo a punto de gobernar –aunque ganó las elecciones-- , porque muchos electores habían comprobado cómo se puede transformar una ciudad, cuando era alcalde de Barcelona. Cómo muchos barrios abandonados recuperaban su dignidad. Y eso es netamente una política de izquierdas.

Pero, posteriormente, --Maragall gobernó, pero era ya otro momento-- con los gobiernos tripartitos y con la gestión de CiU, el eje en Catalunya vuelve a estar en el debate identitario, y ahí Esquerra se mueve con comodidad.

También le viene bien a CiU, que no ha sabido plantear nada nuevo para hacer frente a la crisis, desde 2010. Sólo recortes y parches, nada de planes de modernización de la administración. Nada de innovación en la gestión. Mas se olvidó de un plan que tenía para hacer del Govern de la Generalitat un gobierno moderno, con el modelo de Oregón, donde los ministerios trabajan por objetivos.

¿Y el PSC? ¿Hundido por el flanco identitario? No, por el eje izquierda-derecha, porque sus electores no ven capaces a los socialistas de plantear tampoco nada nuevo, porque ya gobernaron, en Barcelona y en Madrid, --con resultados descriptibles-- y porque aplican medidas timoratas.

Los propios dirigentes del PSC admiten que se han quedado sin bases electorales, porque, entre otras cosas, los ciudadanos más dinámicos, los que se mueven más, los que tienen un nivel cultural más elevado, se mueven por lo que el politólogo Ronald Inglehart denominó como valores postmaterialistas: y aquí aparece el movimiento independentista.

Son las clases medias catalanistas, los profesionales liberales con más expectativas, los que abrazan el movimiento soberanista con verdadera pasión. ¿Así, que si no eres independentista, no eres de izquierdas, como dide Tresserras?

Y luego, conectado con ello, están las acciones cívicas del movimiento, que se presenta bajo un manto de garantía de la democracia. Pero todos cometemos errores. Y no parece un acto de civismo envolver en una estelada a un niño o una niña de pocos años de edad, pongamos ocho años, en un concierto “por la libertad”. A ningún niño se le debe envolver con ninguna bandera. Pero hemos considerado, hemos llegado a la conclusión de que sí, de que es cívico y es democrático. Pas mal.
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