El drama de un país que no sabe construir en tiempo y forma

11 de junio de 2014 (00:00 CET)

El AVE que une Barcelona con Madrid tuvo un sobrecoste de 1.732 millones de euros. No es una aproximación de la prensa canalla que todo lo trincha, sino una evaluación a toro pasado del Tribunal de Cuentas. Es decir, que la línea de alta velocidad costó un 31% más de lo que se había previsto cuando se licitaron los proyectos. En total, se pagaron 8.697 millones de euros por los 621 kilómetros de trazado entre las dos grandes ciudades.

No sólo ha sido más caro, sino más tardío. Y lo que es peor, el Tribunal de Cuentas critica con dureza al Gestor de Infraestructuras Ferroviarias (que forma parte del ente público ADIF) por utilizar mecanismos administrativos para adjudicar por la vía de urgencia, un procedimiento que considera inadecuado tratándose de la obra para construir una gran infraestructura planificada y del todo conocida.


 
El español es un problema político y cultural de primer orden. Exportamos un modelo de país de bajo nivel y mínimo compromiso

El AVE entre Barcelona y Madrid comenzó en 2002. Hoy nos parece algo del siglo pasado, pero hace apenas 12 años que empezaron a suceder estas cosas y bastantes menos de que dejaron de pasar y se han conocido.

El ejemplo del tren de gran velocidad es bastante ilustrativo del drama de este país porque afecta a un periodo en el que han gobernado diferentes partidos políticos y han habido ministros de Fomento distintos. Es decir, el problema es transversal: sobrevuela opciones partidarias y responsabilidades nominativas. Estamos ante un problema político y cultural de primer orden. Lo público como concepto general y colectivo sigue sin obtener el respeto que merecería y eso afecta a su administración y cuidado. El del sobrecoste en la construcción es una barbaridad patria que heredan nuestras compañías y luego, en Panamá o el último confín del mundo, acaban pasando facturas que exportan un modelo de país de bajo nivel y mínimo compromiso.

Hay muchos otros, pero estamos ante un drama enorme como sociedad. Resultamos incapaces de apreciar el espacio público, el valor de lo colectivo y despreciamos el patrimonio común. Lo del AVE es sólo un ejemplo más de las grietas que están poniendo en peligro el edificio común.

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