El día que Felipe desperdició la oportunidad de demostrar su humanidad

10 de octubre de 2015 (23:40 CET)

Buena entrada en el teatro Kursal, en la sala de los cubos. En la sede oficial del festival de cine de San Sebastián hoy no había un concierto ni una exposición. Reunión de militantes socialistas para homenajear a Txiki Benegas, el líder socialista vasco fallecido hace poco más de un mes.

En el cartel estaban Alfonso Guerra, Felipe González y el actual secretario del PSOE, Pedro Sánchez. En las gradas, las grandes figuras actuales del socialismo español y viejas glorias. La presidenta de Andalucía, Susana Díaz, Javier Rodríguez, presidente de Asturias, Miquel Iceta. Profusión de veteranos guerristas: Fernández Marugán, José Luis Corcuera. Y el veterano líder sindicalista Nicolás Redondo.

Se respiraba algo más que un acto de partido. Es Txiki muy querido y recordado por los suyos. Buena memoria de los diez años que fue secretario de organización del PSOE. "Los mejores años y el mejor secretario", en palabras sentidas de Alfonso Guerra.

Guerra se trabajó mucho su intervención. Cariño, declamación contenida, reflexiones a sotto voce sobre la política y las personas, sobre los viejos tiempos, los últimos del franquismo y los primeros de la transición. El retrato que hizo de la vida política de Txiki, casi cincuenta años de protagonismo en la política vasca y española, era fácilmente identificable en la idea que yo tengo de este político que además ha sido amigo entrañable y cercano. Inteligencia, instinto intelectual, sensibilidad, cariño. Escuchando el sentido retrato que hizo Guerra de la vida política de su amigo y compañero de partido, me he reconciliado un poco con la política. Probablemente Alfonso Guerra declamó la necrológica que a todos nos gustaría escuchar de nosotros mismos.

Desde mi butaca de patio he tratado de no perder detalle de los reflejos vivos de una época histórica. Me confesaré. Después de escuchar las intervenciones de Alfonso Guerra y de Felipe González he completado mi visión sobre la dislexia histórica de esa época del socialismo español.

Tal vez el discurso de Guerra fue tan pulcro y emotivo que dejó fuera de carril la intervención de Felipe. Siempre he pensado que tienen los dos una rivalidad sin fecha de caducidad. Y que Felipe todavía no ha perdonado que Guerra tuviera tanta personalidad para envolver su lealtad al líder.

Salió el ex presidente desganado. Si llevaba un papel, con algunas notas, desistió. Hay quien piensa que sencillamente no había preparado nada. Y tiene recursos para hablar de cualquier cosa sin una idea previa, más allá de las que tiene almacenadas en el subconsciente. Divagar ante un escenario entregado es un arte que domina. Y le sirven las reflexiones de la última cena o los titulares del periódico de la mañana.

Como hace desde tiempo, habló de sí mismo. Y poco de Txiki. Yo, que casi fui testigo del momento en que se conocieron, antes del congreso de Suresnes, sé de la vinculación que tuvieron y de la importancia que rodeo sus vivencias compartidas. Ahora Felipe me ha parecido un extraño, un conocido de Txiki, porque para decir algo y desplazarse de la nebulosa de sus propias ensoñaciones, tenía que fijarse en que la familia de Txiki estaba ahí. Entonces descendía de sus imágenes de lo que llevamos en la mochila de la historia y del contencioso catalán que él afirma que es español, para decir algunas palabras del homenajeado. Parecía un trámite.

Tal vez en este acto se ha acentuado esa dislexia entre Guerra y Felipe o entre Felipe y Guerra. Alfonso fue, ha sido siempre, un animal de partido. Y frente a la imagen sarcástica y cruel que siempre ha alimentado de sí mismo, hay ternura en su concepción de hombre de aparato. Felipe ha sido animal de sí mismo. Probablemente el político más completo y capaz de la transición. Pero tan imbuido de una admiración sobre su figura que no le ha quedado espacio para querer a nadie más. Y con la edad se le nota, porque no se molesta en disimular.

Lo más cerca que estuvo de un acto de humanidad fue la confesión de que en la última semana había pensado en Txiki. En sus dos últimos vuelos, desde Buenos Aires y hacia Viena. Me he dado cuenta de que solo nos ha querido recordar que sigue viajando. Que sigue siendo importante. Txiki, como  político y como persona, se merece más de lo que hoy le ha dado Felipe.

Cerró Pedro Sánchez y fue capaz de compaginar humanidad e instinto político. El secretario general juntó dos generaciones que sin embargo están separadas. Acabó pulcramente el acto.

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