El crepúsculo de Podemos

20 de septiembre de 2015 (22:54 CET)

La mejor prueba de que Podemos es un balón pinchado la arrojarán las elecciones catalanas, donde la bandera confederada de Pablo Iglesias y Lluís Rabell igualará o apenas superará los registros que ICV lograba en solitario. No hay extrapolaciones puras pero sí paralelismos reveladores. La indignación en Cataluña no ha arrasado a sus propias instituciones ni a sus ladrones de estirpe, se ha cebado con la siempre imperfecta y a menudo provisional España, a su vez olvidadiza y volátil: la podredumbre pesa hoy menos que la integridad territorial.

Inicialmente, la idea era magnífica. Se trataba de transitar desde la izquierda ortodoxa hacia la transversalidad ideológica con el regeneracionismo como hilo conductor. Al frente del equipo lucían buenas cabezas pensantes: desde luego, el brillante Iglesias, y a su lado, el no menos exquisito Íñigo Errejón, con Juan Carlos Monedero y Carolina Bescansa como complementos perfectos en la segunda línea discursiva y estratégica. También ayudaba la onda ibérica, con hordas machacadas por la crisis y aparentemente asqueadas ante la corrupción y los desmanes que todavía dominan la escena. Pero las cosas han cambiado. El zarpazo al bipartidismo quedará en arañón.

Podemos ha cometido varios errores. El principal quizás era previsible: no hay lobo que aguante eternamente bajo la piel de cordero. El partido es y siempre será de izquierdas. La tara adicional es que esa izquierda nueva es vieja, carece de imaginación y explota en exceso el revanchismo, como si el anhelo fuera reeditar las pinturas negras de Goya. El electorado español, que puede ser perezoso y futbolero, no es tonto. En las pavesas de IU intuye el violeta y los círculos. Son miles de votos perdidos.

Otro pecado, común en los ancestros políticos a los que ahora sepulta, es la arriesgada concepción de España como nación discutida y discutible, que diría José Luis Rodríguez Zapatero. Es soberanamente imposible vender un producto para todos cuando se lanzan guiños a las partes, especialmente si esas partes han forjado malas amistades en el pasado o pregonan la ruptura en el presente.

Tampoco ayudan las batallas cainitas, formidables e incansables, ni la propensión casi ridícula a la egolatría, ni esa sensación de provisionalidad y andamiaje tan inevitable en episodios supersónicos de articulación desde los despachos y las probetas universitarias a la durísima realidad del sistema representativo.

Esas dos almas que parten el bastidor, dos almas irreconciliables por cuanto una vive de los espectros (el pérfido capitalismo) y otra de la conversión (el capitalismo pese a todo), se están reagrupando en una sorprendente dirección. Siguen donde estaban los trogloditas; mengua el núcleo precursor hasta el extremo de que esa otra alma en apariencia pura, docta y ungida acabará siendo, si no lo impiden la catarsis o la epifanía, Pablo Iglesias, él solito, revólver en mano a lo John Wayne. Claro que el interlineado es obvio: el megalíder se deja por el camino adhesiones internas fundamentales y olvida, en su soberbia magnificencia, que nadie es tan aplastantemente fabuloso como para conquistar un país de palabra, sin verdaderos arquitectos que le apuntalen el edificio, sin una postal atractiva del país, y encima con la carga terrible de una mitad podemita intransigente, casposa e intelectualmente muy por debajo de las cuotas de excelencia marcadas al inicio de la singladura como factor diferencial.

Así que toca hablar de tangibles. Podemos no ganará las elecciones generales. Tampoco superará al PSOE, que era el enemigo a batir y será el rival a sostener. Es posible que esa suma supere a la que fragüen PP y C's, o que C's auspicie un tripartito socialdemócrata, o que la muleta del nacionalismo (esta vez presumiblemente vasco) facilite el paso al futuro Gobierno, pero, en cualquier caso, la voz de Podemos, potente en primavera y temida entonces en los cenáculos mesetarios, quedará diluida en el amasijo coral de los próximos tiempos. 

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