El coste laboral no es la clave

12 de agosto de 2013 (17:45 CET)

En la línea de las nefastas recetas que la troika ha aplicado en otros países con sobreendeudamiento, el FMI --con la rápida adhesión del Sr.Olli Rehn-- propuso recortar los salarios en España un 10%, afirmando que permitiría crear empleo y consolidar las exportaciones. Una afirmación de este tipo tiene un doble componente. Por un lado, el convencimiento de que las exportaciones españolas sólo pueden competir en los mercados globales por coste, renunciando a la competencia con productos que interiorizan los avances técnicos y científicos. Y por otro lado, presupone que el problema de todos los males reside en el coste de los salarios. Dos aspectos que repugnan por no ajustarse a la realidad y faltar a la verdad.

En cuanto al hecho de que España sólo puede competir por costes es falso. Olvida las aportaciones del diseño como elemento diferencial de los productos, la capacidad transformadora de los modelos de gestión y logísticos y la capacidad innovadora latente de las empresas gracias a los avances técnico-científicos que, año tras año, efectúa la comunidad científica del Estado español. Aportaciones reconocidas en todo el mundo y que surgen de una comunidad altamente eficiente a pesar del bajo volumen de recursos asignados con respecto al PIB.

Un problema diferente es la dificultad existente en convertir el progreso científico en progreso social, es decir en PIB. Este es un hecho real y que a pesar de ser un problema crónico tiene fácil solución. Sólo se precisa cambiar las normativas universitarias en la línea de reconocer y priorizar la colaboración entre universidad y empresa en las trayectorias académicas, al igual que se hace en las publicaciones en revistas catalogadas o en congresos internacionales. Y, a su vez, en vertebrar mecanismos para que los científicos perciban retornos económicos por las ganancias que las empresas generan al utilizar sus descubrimientos y aportaciones.

En cuanto al segundo factor implícito en la propuesta del FMI, el relativo a que el coste del capital humano sea determinante para competir, conlleva presuponer que en el proceso de fabricación de productos, o generación de servicios, no hay otros componentes con un impacto porcentualmente significativo en los costes. Llevándolo al extremo, es como afirmar que el coste de la energía, la optimización de procesos, las actualizaciones periódicas de las infraestructuras productivas, la conectividad con los mercados o la disponibilidad de financiación a precios asumibles no resultasen esenciales para alcanzar la competitividad de los productos y servicios.

En este contexto, y considerando la necesidad de llegar a acuerdos para vincular los incrementos de salario a las mejoras de productividad y a la evolución de la compañía, hay que recordar que el salario medio anual en España se situó en 22.946€ brutos en 2012, un 15,34% menos que la media europea. O que en Bélgica y Alemania los salarios son casi un 34% superior a los españoles. Y que en Francia lo son un 24%. Datos que cuestionan que la clave de la competitividad resida en menos salarios. Sin duda hay otros factores más determinantes. Entre estos factores, adicionalmente a los problemas relativos a extraer la máxima capacidad productiva a las inversiones tecnológicas, a la falta de crédito y al elevado coste financiero, los precios de la energía son uno de los lastres más significativos.

Evidentemente, el impacto de la energía en la composición de los costes de las empresas es muy diferente entre los diversos sectores. Pero lo que es incuestionable es que su coste sea determinante en cuanto a la competitividad internacional para la industria. Y ésta --tanto la intensiva en mano de obra como la intensiva en conocimiento--, es el elemento indispensable para generar empleo y continuar empujando las exportaciones. Un coste energético que desde el 2004 está sometido a políticas alcistas. En los últimos nueve años, el precio de la energía eléctrica industrial aumentó, por término medio, un 10,4% anual.

Un incremento de precios que en 2012 conlleva que el precio del MWh industrial en España sea de 115,2€. Un importe un 18,32% superior al medio de la UE de los 27 (el cual es ligeramente inferior a los 98,4€ del coste del MWh de la Euro Zona). Y a la vez, queda muy lejos de los países con los que competimos como es el caso de Francia, donde el precio se sitúa en 80,9€, o el de Alemania, donde el coste del MWh es de 89,5€. Pero también es superior a los 109,7€ que pagan las industrias instaladas en el Reino Unido.

Cambiar la tendencia negativa de la economía española requiere de muchos ajustes. Y no únicamente los relativos al mercado de trabajo y pactos encaminados a disminuir los salarios y el poder adquisitivo de los ciudadanos, como creen aquellos que su elemento clave es el coste laboral. Muchos de estos ajustes siguen pendientes de abordar. Deben ser afrontados considerándolos elementos estratégicos, y no con criterios de interés político oportunista. Y, a la vez, ser considerados simbióticamente en cuanto al corto plazo, por la gravedad de la crisis, pero también al largo plazo, para facilitar la confección de los escenarios de futuro que toda organización se formula.

Sólo de esta manera será posible incorporar talento y adelantos tecnológicos en las organizaciones. Innovar y convertir el avance científico en progreso social. Y, en definitiva, ser más eficientes para poder competir y seguir creciendo en el exterior.
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