El coste de una sonrisa

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22 de marzo de 2012 (10:28 CET)

"Je suis dessolée" te dicen antes de darte un golpe en medio de las costillas para pasar en el metro de Paris. Muy buenas maneras pero aquí cada uno va a la suya. He tenido que salir fuera de Catalunya para encontrar tres personas que me han alegrado la semana.

Empezaré por el final: Mònica y la Roxy, dos TCP (azafatas de vuelo) de Vueling hacían broma con los pasajeros mientras servían bebidas en el pasillo del avión. ¿Reían? Sí. ¿Estaban contentas? Sí. ¿En plena crisis? Sí. ¿Y lo contagiaban a sus clientes? Sí. Se hace extraño, ¿eh? Sí.

Segunda anécdota. Llego a París desconozco la ciudad y me acerco a un taxi porque me lleve a la dirección indicada. El conductor me dice que si estoy en broma. Me dice que el viaje es muy corto y de malas maneras me invita a salir del vehículo. El que tenían que ser 250 metros se convierten en kilómetro y medio y llego 10 minutos tarde y sudado.

Tercera anécdota: Control de seguridad. Barcelona. Terminal 1. El guardia de seguridad que me registra, lo hace con elegancia y buen humor. Me hace poner un pie en el detector de metales. Este lo elijo yo. El segundo pie dice que lo elige él. Todo correcto, nada humillante y nada traumático. Es la experiencia más agradable que he tenido nunca en un control de seguridad en un aeropuerto. Y he hecho unos cuántos de viajes en mi vida.

Otra historia. Esta vez en el aeropuerto de Orly. La mujer que me atiende desganada me dice que hay líquidos en la maleta. Yo lo niego y la invito a revisarla. La chica lo registra tan mal que no encuentra nada. Va pasando el rato y sigue revolviendo la ropa hacia una parte y otra. Parece un cacheo de película. La ropa, unos minutos antes muy plegada es una montaña textil irreconocible. Al final encuentra un pequeño tubo de pasta de dientes. 30 mililitros deben de ser muy peligrosos.

Cuarta anécdota. Llego al hotel. Mi reserva no está confirmada. Le enseño los papeles, el número de reserva y me dice que no está confirmada. Finalmente me da otra habitación. Al día siguiente me doy cuenta que me han cobrado las dos habitaciones. La no confirmada y la que ocupé.

Todas estas anécdotas me dan buen y mal kharma que dirían "las jóvenes" pero me han hecho reflexionar sobre el humor que demostramos. Las caras de la gente son caras largas. El mal humor está de moda. Las sonrisas salen demasiado caras. Y lo que nos está costando esta crisis todavía no lo sabemos valorar.

Incluso si eres un rico, te tienes que mostrar compungido ante los otros. Aunque sea para aparentar. Y para ir bien te tienes que quejar de los bancos, de los políticos y de los constructores inmobiliarios. Y decir que todos ellos son unos ladrones, mientras te comes un saltamontes en Vía Veneto.

Mi mujer me explicaba que en África la gente no tiene nada, pero los niños sonríen siempre. Y los adultos también. La gente tiene bastante con muy poco. Esta crisis nos está costando algo más que dinero, nos está costando el humor. ¡Qué lástima!
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