El contratiempo de Camilo S. Baquero con la biografía de Artur Mas

10 de octubre de 2014 (12:03 CET)

El pasado 6 de octubre, el periodista colombiano Camilo Sixto Baquero, de quién no había oído hablar antes, escribió un artículo en el diario El Tiempo dedicado al presidente Artur Mas. Lo tituló, o se lo titularon, da igual, Artur Mas, el hombre que intenta separar Cataluña del resto de España.

El Tiempo es un diario centenario colombiano, fundado en 1911, propiedad de Luis Carlos Sarmiento Angulo, un empresario constructor y banquero nacido en Bogotá y que consiguió el control de este medio después de que el Grupo Planeta, la empresa familiar de los catalanes Lara, le vendiese sus acciones y de que poco después comprase la participación accionarial de la familia Santos --a cuya dinastía pertenece el actual presidente de Colombia, José Manuel Santos Calderón-- y de Abdón Espinosa Valderrama, quien fue Ministro de Hacienda y Crédito Público en el período de los presidentes liberales Carlos Lleras Restrepo y  Alfonso López Michelsen.

Según la edición del 2014 de la revista Forbes, Sarmiento figura en el primer puesto como el multimillonario más rico de Colombia. Les cuento esto para que sitúen el medio y para que se den cuenta de hasta qué punto los periodistas están mediatizados por ello.

Mientras estaba leyendo el artículo referido de Camilo S. Baquero me pareció que ese señor no debía vivir en Barcelona, puesto que los tópicos abundaban y el desenfoque era total. Lancé un comentario en este sentido desde mi cuenta de Twitter y él me respondió. Ahí es donde me di cuenta de que vivía en Barcelona. Entonces indagué un poco y descubrí lo que no es ningún secreto: que este periodista trabaja en la delegación catalana de El País y que anteriormente hizo lo propio en la campaña del candidato Jaume Collboni a la primarias del PSC para el Ayuntamiento de Barcelona. Fue entonces cuando comprendí porque sostiene unas ideas sobre el proceso catalán que están en la órbita, digamos, del socialismo catalán.

Desde mi punto de vista, el retrato que Baquero hacía de Mas era bastante sesgado. Y un tanto ideológico. De entrada, Baquero se toma en serio el libro de Pilar Rahola, que no es otra cosa que un ensayo hecho en campaña, un work in progress, que empieza de una manera, casi sin entender nada del entorno del personaje, y que acaba exaltándolo a él como si fuera un superhéroe. Baquero hubiese podido leer Què pensa Artur Mas?, un libro entrevista de Rafael de Ribot, menos mediático, publicado en 2002 y que da algunas pistas sobre su trayectoria.

Lo que me sorprendió de verdad es que Camilo S. Baquero situase a la familia Mas entre las 100 familias que mandan en Barcelona. Esto no es que sea una exageración, es que sencillamente no es verdad, especialmente si se compara con lo que es un burgués en Colombia. En Cataluña hay burgueses, faltaría más, pero no son como la familia Mas.

Los burgueses son gente como el antiguo copropietario español de El Tiempo, José Manuel Lara Bosch, o la familia Raventós-Codorníu y los Ferrer de Freixenet, del sector del cava, o Isak Andic de Mango, o los joyeros Bagués-Masriera y Tous, o los Vilaseca-Roca (Roca radiadores), o los Folch-Rusiñol (Pinturas Titán), o como Miguel Bosser Rovira (Fundación Gremi de Sabadell), o los Godó (Grupo Godó), o los Sumarroca (vinos y cavas), o los Uriach y los Gallardo (farmacéuticas), o los Grífols (derivados sanguíneos), o las hermanas Godia (Abertis y Fersa), o los Molins (cementos), o los Serra Farré y los Juncadella Salisachs (Catalana Occidente), o los Rodés (Havas Media), o los Mercader Miró (Grupo Miquel y Costas), o los Carulla (Agrolimen), o los Boixareu (Irestal), o los Vila Casas (antes farmacéuticas, ahora fundaciones de arte), o los Serra Aragonés (Fluidra), o los Vaqué Boix (Cevasa), o como las familias López y Balanyà (Sicav Noria), o los Asensio (Grupo Zeta y sicav Platino), o las familias Agenjo y Armadàs (Damm) o los Sánchez Méndez (TMA_Grupo F. Sánchez) e incluso gente enriquecida a golpe de contratos públicos como Jaume Roures (Mediapro) y las diversas ramificaciones familiares de los Trías.

Podría añadir otros nombres a la nada exhaustiva lista anterior, pero me parece un poco exagerado incluir a la familia Mas entre ellas. No quiero decir con ello que Artur Mas Barnet no fuese empresario ni que no fuera el jefe de la dinastía de los Mas de Vilassar, descendiente de marinos que viajaban a Suramérica.

Este ingeniero, nacido en 1927 y desaparecido en 2012, fue también empresario y de no poco éxito, según parece. En 1971, además, Mas Barnet fue presidente de la Unión Industrial Metalúrgica y en 1978 de la Asociación Empresarial de Ascensores de Cataluña (ASEDAC), origen del actual Gremio Empresarial de Ascensores de Cataluña (GEDAC).

La empresa familiar de ascensores y montacargas que había fundado en 1924 el abuelo de quien hoy es presidente de Cataluña, Mas, Goberna & Mosso (MAGOMO), se fue al traste definitivamente cuando entró en crisis en 1985. Entonces el patriarca Mas siguió vinculado al sector a través de una entidad dedicada a los sistemas de elevación para minusválidos pero sin ningún cargo de responsabilidad.

Puede que eso explique por qué Artur Mas buscó trabajo en la administración catalana y no siguiese la tradición familiar. En 1982, cuando Mas tenia 25 años y no 29 como escribe Baquero, en efecto entró a trabajar en del Departamento de Comercio, Consumo y Turismo de la Generalitat que dirigía Francesc Sanuy, aunque luego pasase un tiempo en la empresa privada.

A partir de ahí lo de burgués, aplicado a Mas hijo, resulta extemporáneo. El presidente Mas sería, acaso, un pequeño-burgués venido a menos, por decirlo con la desahuciada terminología marxista. En realidad, Mas pertenece a las clases medias, lo que no era poco antes de que con la última crisis económica parte de su bienestar se fuera al traste. Lo preciso porque en el medio donde publicó su artículo Camilo S. Baquero el vocablo “burgués” adquiere unos tintes que no se ajustan en absoluto a lo que es la realidad catalana, mucho más rica socialmente que la colombiana.

Las clases medias y populares de este país han salvado los valores de la tradición cultural catalana: desde la preservación del idioma propio hasta la ambición de progresar con el esfuerzo y el trabajo individual. Han sido, también, el nervio del catalanismo. Sin ellas, la burguesía catalana no habría podido hacer sus juegos malabares ni en Cataluña ni ante los gobiernos de España. Son los burgueses del Círculo de Economía y del Fomento del Trabajo, ahora aliados con parte de la izquierda tradicional, los que no entienden qué está pasando con esas clases medias y populares sublevadas contra el Estado y que apoyan a Artur Mas aunque desconfíen de su partido.

Además, no es lo mismo un “señor” de Vilassar que un “señorito” de Barcelona. Que se lo pregunten sino a los descendientes de los Muñoz Ramonet, Bertrán de Caralt, Lara, Carreras, Vilallonga, Riera, García-Nieto, Vidal Quadras y a un sinfín de buenas familias que se agolpan en el Club de Polo o en el Círculo Ecuestre. Lo de que estudió en el Liceo Francés que arguye Baquero para resaltar el elitismo burgués de Mas también está fuera de lugar, especialmente porque bajo el franquismo y el tardofranquismo cualquiera sabe que en Barcelona (y en Madrid) los colegios extranjeros sirvieron de refugio para aquellas familias que no querían que sus vástagos pasaran por el aro de la escuela oficial.

En el Liceo Francés de Barcelona estudiaron, entre otros, Joan de Sagarra, Mercedes Abad, Ricardo Bofill, Josep Maria Flotats, Lluís Moreno, Josep Quetglas, Francesc Roca, Muriel Casals, Ramon Espasa, Jordi Teixidor, Ventura Pons, Lluís Juste de Nin, Joan Ramon Laporte, Laura Freixas o Valentí Gómez Oliver.

Luego, como recuerda Baquero, Mas ingresó en Aula, una escuela creada en 1968 por antiguos docentes de la sección española del Liceo Francés, que fomentó el plurilingüismo e introdujo semi-clandestinamente el catalán en ese modelo escolar, que todavía perdura, de máxima exigencia. No todos los que van a una escuela privada son hijos de burgueses, y menos aún en Cataluña bajo el franquismo, aunque desde el 2010 la fundación que ampara la escuela que fundó Pere Ribera Ferran (1915-2009) esté presidida, precisamente, por José Manuel Lara Bosch, el heredero del Grupo Planeta.

El mejor libro para entender por qué Artur Mas se convirtió en sucesor de Jordi Pujol al frente de CDC y, posteriormente, en la presidencia de la Generalitat lo escribió en 2003 el periodista y profesor Francesc-Marc Álvaro: Ara sí que toca! Jordi Pujol, el pujolisme i els successors. Está a punto de publicarse una reedición, enriquecida, de ese clarividente e informado libro. La lucha por la sucesión de Pujol fue una auténtica carnicería entre las distintas familias convergentes.

Mas fue un actor, digamos secundario, en esa batalla. Nunca fue militante de las Juventud Nacionalista de Cataluña (JNC), a diferencia de Jordi Pujol Ferrusola o de Felip Puig que estuvieron en sus orígenes, cuando se llamaban JCDC. Su trayectoria no se parece tampoco a la de Lluís Recoder, que es de su misma quinta, ni a la de los más jóvenes como Germà Gordó, Joaquim Forn, Pere Macias, Carles Campuzano, Ferran Falcó, Neus Munté, Maite Fandos, Isidre Gavín, Jordi Turull o Josep Rull, militantes pata negra en las Juventudes.

Por lo tanto, Mas no estaba muy bien situado para llegar a la cumbre de la organización nacionalista. Fueron un cúmulo de circunstancias, entre ellas la defenestración en 1999 del consejero Joan M. Pujals, un exJNC y candidato de la familia Pujol Ferrusola a la sucesión, las que propiciaron su ascenso. Su entronización se concretó en el 11º Congreso de CDC, celebrado entre el 10 y 12 de noviembre de 2000, cuando se convirtió en secretario general, con Lluís Corominas como secretario de organización, en substitución de Pere Esteve (que acabó abandonando el partido y pasándose a ERC) y Felip Puig, respectivamente.

Mas asumió la dirección de CDC después de haber sido concejal independiente en el Ayuntamiento de Barcelona con la candidatura de CiU y de afiliarse a CDC en 1991, arropado por el pinyol (hueso, en castellano) que integraban David Madí, Lluís Corominas, Oriol Pujol, Quico Homs, Joaquim Forn y Germà Gordó —entre los cuales sólo estos dos últimos habían pertenecido a la JNC, los otros se forjaron en la Federación Nacional de Estudiantes de Cataluña, FNEC, una asociación clásica de estudiantes nacionalistas refundada en 1986. Su entorno era independentista, por lo menos mentalmente, pero él entonces aún no lo era. O lo era de la misma forma que lo eran esas clases medias que año tras año han llenando las manifestaciones soberanistas: incipientemente.

¿Qué explica, pues, que a partir del año 2006, una vez pactado el Estatuto con Rodríguez Zapatero, Artur Mas fuese madurando ese giro soberanista que ahora sorprende al periodista colombiano residente en Barcelona? Si hubiese leído el libro Per una Casa Gran del Catalanisme (2008), se hubiese dado cuenta de dónde arranca lo de ahora. Ahí uno puede ver cómo se diseñó intelectualmente la arquitectura de lo que está pasando hoy en día por lo menos desde la perspectiva de CDC.

No digo que ya entonces estuviese planificado lo de ahora, claro que no. Pero esta generación de nuevos dirigentes ya no tenía en mente el tema clásico del catalanismo histórico: la regeneración de España. Eso era propio del pujolismo y también del roquismo, cuyos referentes eran Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó. A golpe de fracasos, Mas fue decantándose progresivamente por otra combinación de personajes: admira la capacidad de gobernar de Prat de la Riba y el idealismo nacional de Francesc Macià, el primer presidente contemporáneo de la Generalitat (1931-33).

En el prólogo que escribí para enmarcar el texto de esa conferencia que Artur Mas pronunció en 2007, resumí lo dicho como sigue: “Si aún resuena el eco de la conferencia que Artur Mas hizo en el Palau de Congresos de Cataluña el 20 de noviembre de 2007, y que este libro recoge, es precisamente porque sirvió para presentar una propuesta política que hacía tiempo que maduraba y que enlazaba con aquellas voces que reclamaban una reactualización del catalanismo clásico, incluyendo al mismo pujolismo. Con esa conferencia, Mas quiso llevar la discusión sobre el futuro del catalanismo y del derecho a decidir a donde era necesario llevarla, al margen de las coyunturas y de los tejemanejes tacticistas que tanto daño hicieron, por ejemplo, durante la elaboración del nuevo Estatuto de Autonomía. Las ideas que Mas desplegó aquella noche se plantean, en cambio, como hipótesis de trabajo para la regeneración de un catalanismo que debe afrontar el proceso de globalización, dar continuidad al Estado del bienestar, asumir políticas de sostenibilidad, gestionar la diversidad cultural e identitaria e impulsar el derecho a decidir como una forma de regeneración democrática.”. Se puede recriminar lo que se quiera, menos que políticamente Mas esté actuando hoy bajo el influjo de la coyuntura o de la presión de sus aliados republicanos.

Ningún representante de la “casta”, sea catalana o española, sea de derechas o de izquierdas, esperaba que las clases medias catalanas osaran provocar un terremoto político como el que estamos viviendo. Pero tampoco el statu quo, sea en España, sea en Cataluña, esperaba que un político moderado y para nada independentista como Artur Mas aceptase liderar un proceso soberanista que más pronto que tarde nos llevará a decidir la independencia de Cataluña mediante las urnas.

Puede que no sea el día 9 de noviembre. Pero ese momento llegará. El menosprecio de lo realmente existente en Cataluña es lo que impide a algunos entender lo que está pasando y explicar quién es a ciencia cierta Artur Mas i Gavarró, el 129 presidente de una autonomía española, cuya institución de gobierno se llama Generalitat, pero que al parecer de la gran mayoría preside la nación catalana, que es distinta de la española.
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