El cinismo de Blesa y las preferentes

03 de marzo de 2014 (20:09 CET)

A primera hora de la tarde de ayer me indigné al conocer que algunos grupos habían aporreado el coche del que fuera presidente de Caja Madrid en la época en la que se empezaron a comercializar las participaciones preferentes, Miguel Blesa. Es inaceptable el uso de la violencia sea cual sea el motivo y ni tan siquiera la mayor de las indignaciones posibles atenúa el impacto de esas acciones.

Después, al conocer la declaración del ex alto cargo, el enfado fue a más. ¿Cómo se puede atrever a responsabilizar a los jubilados que adquirieron esos productos financieros? ¿Cómo alguien cabal es capaz de decir que no eran ignorantes financieros? Es tal la desfachatez de Blesa que tiene bien merecido, no la violencia, pero sí convertirse en el icono español de la mayor estafa financiera que se ha perpetrado en la historia.

 
Ningún otro banquero ha osado insultar con esa mezcla de mala baba y pedantería de inspector de hacienda

Prácticamente todos los compradores de esos productos fueron animados por la red de sucursales de las entidades. Firmaban por la confianza depositada en los bancarios, muchos de los cuales tampoco sabían el riesgo latente de lo que vendían. De haberlo conocido, los empleados no hubieran vendido a amigos y hasta familiares unas preferentes que las entidades defendían como un mejor método de darle rentabilidad al ahorro de particulares y familias.

Hay tanta casuística alrededor de lo que sucedió que cualquier generalización resulta peligrosa en extremo. Pero, la primera, la de Blesa, no sólo es temeraria. También es insultante a la inteligencia de un grandísimo número de españoles que han sufrido lo indecible para recuperar y perder lo mínimo con sus ahorros. Blesa la lió, como muchos otros banqueros. La diferencia principal radica en que ningún otro como él ha tenido la osadía de insultarles con esa mezcla de mala baba y pedantería de inspector de hacienda.

Está claro que las horas que pasó en prisión no le han servido para mucho. O quizá sí, para estimular aún más un cinismo que la justicia no debería pasarle por alto.
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