El califa que nada perdona

04 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

La decapitación de un segundo periodista norteamericano sitúa la realpolitik en un extremo tan brutal que las proezas del Estado Islámico superan los límites de la coexistencia cruda y más elemental.

Se trata, en fin, de un regreso a la barbarie, a la mutilación fanática como expresión política. Para Barack Obama, la magnitud del dilema tiene un escenario cada vez más globalizado y permeable a cualquier precio. Toda una franja de Oriente Medio está sometida a los arrebatos de la ley coránica, en tal grado que allí la persona no existe, sino la adhesión fundamentalista.

¿Qué tiene que ver la Jihad con nosotros? Mucho más allá: ¿qué tenemos en común con decapitaciones y cuerpos mutilados en nombre del Islam? Para la Jihad, existe un vínculo entre las decapitaciones de periodistas occidentales y los ataques aéreos de los Estados Unidos contra Irak. Según los análisis más recientes, el video de la ejecución del periodista Steven Sotloff es genuino. Frente a los dictados de la ley, la brutal actividad de la Jihad consiste en imponer el miedo tanto como el miedo al miedo.

De hecho, estamos en otra dimensión, en la que la humanidad tiene una existencia anecdótica y la vida tiene un valor relativo, al tiempo que el menos sustancial de los episodios se convierte en una forma de sobrevivirse, a costa de lo que sea. Estamos en manos del califa que nada perdona. Vídeos, amenazas, sangre y ejecuciones filmadas a la luz del día son algo que finge ser cotidiano.

 
Lo que cuenta es la realpolitik y es eso lo que cabe enfrentar al nuevo califato
Es difícil tener respuesta cuando uno se pregunta en qué medida ese califa que nada perdona es parte de un escenario tan infernal como inverosímil o si existe la posibilidad de una transición. ¿Cuál? De repente, todo está en un vídeo, al modo de una cinta sin fin. Nadie sabe cómo podríamos sustraernos al nuevo totalitarismo fundamentalista de los califas.

Tal vez estén intentando provocar a Barack Obama, el presidente que quiso salirse de las guerras --Irak, Afganistán--sin meterse en otra. Por desgracia tiene abierto el cupo de conflictos, con Putin en Ucrania, con el islamismo en Irak y Siria, mientras se acentúa la paradoja de un Washington --habitáculo del Gran Satán- que va entendiéndose con Teherán. Atentos al error de interpretar la política internacional en términos ideológicos. Ni tan siquiera fue exacto en la guerra fría y aún menos ahora. Lo que cuenta es la realpolitik y es eso lo que cabe enfrentar al nuevo califato, es decir, la fuerza que proviene de la legitimidad democrática y que garantiza la supervivencia de las formas tolerantes.

No es una cuestión de matiz, porque el califato degüella a periodistas y persigue a cristianos con una naturalidad tan aparente como sanguinaria. ¿Es eso presionar a Obama o una espiral de fanatismo atávico y delirante? Por supuesto, la Casa Blanca cuenta con información de primera calidad. ¿Cómo va a administrarla? Se supone que los Estados Unidos no van a representar otra intervención militar. Sí, tal vez una coalición internacional que ponga coto al nuevo califato. Mientras tanto, nada hace pensar que dejarán de ir cayendo más periodistas, gentes inocentes, opositores legítimos, cristianos sin salida de escape.
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