El Barça y el nacionalismo

19 de mayo de 2015 (00:00 CET)

Los culés estamos especialmente satisfechos: el Barça ha ganado la Liga española, es finalista de la Copa del Rey y de la Champions League. Tiene la posibilidad de que esta temporada se salde su resultado con un triplete de podios inesperado al comienzo del curso. 

Por delante hubieron toda clase de tropiezos. El Barça debía superar un relevo en la presidencia que por inopinado no dejaba de ser extraño. También cambiaba su cuerpo técnico y Luis Enrique Martínez tomaba las riendas del combinado sin venir avalado por un currículum espectacular en clubes equivalentes.

Una de las figuras fichadas (el uruguayo Luis Suárez) debía esperar en el palco hasta que le dejaran jugar y cumpliera la sanción que su irregular comportamiento en el Mundial de Brasil provocó. Tampoco podían seguir fichando por lo mal que administraron la gestión de la cantera. Los otros dos astros del club estaban sometidos a la presión de la administración tributaria, que tanto en el caso de Messi como en el de Neymar espera sacar partido de actitudes chapuceras individuales y colectivas. En cualquier caso, y aunque no tuvieran razón ni los jugadores ni sus representantes, la presión mediática y judicial no parecía ser un elemento motivador en el campo de juego.

La junta directiva del Barça está partida, desde hace meses, en mil pedazos. Tantos trocitos casi como directivos la pueblan. Nadie está con el actual presidente, todos estaban por salvar su pellejo en el caso de que las cosas vinieran giradas. Si, como parece, todo acabará mejor de lo previsto, el presidente provisional, Josep Maria Bartomeu, puede convertirse en el definitivo en unas elecciones anticipadas a este próximo verano. Las rencillas internas quedarán superadas y la lucha será por salir en la foto de los éxitos para mantener el nivel de networking que da la pertenencia a la institución. Por decirlo fino, ya saben.

Con el huido Sandro Rosell, el Barça se hizo nacionalista. Tanto Rosell como su familia siempre han destacado por su proximidad o pertenencia a CDC. Es un perfil que gustaba a pocos miembros de la junta, pero que por temor todos acabaron aceptando. Cuando en Cataluña se elevó el debate soberanista, la directiva no supo que decir o lo que dijo no les convencía a ni ellos mismos. El Barça, atinaban a expresar, es más que un club; es un reflejo de la sociedad catalana.

Claro, pero esa sociedad no es igual cuando en el parlamento hay una clara mayoría soberanista a cuando es inexistente o las encuestas predicen que dejará de serlo. La transversalidad del club que acaba de ganar la Liga debería superar esas trampas que los políticos ponen encima de la mesa de forma recurrente.

Que el Barça es más que un club es una evidencia. Pocas instituciones del país son capaces de tener peñas que apoyen en toda la geografía española e, incluso, en buena parte del mundo. El Barça es tan plural como lo es Cataluña, por más que algunos se empecinen en decir lo contrario de forma coyuntural. Y su grandeza –Manolo Vázquez Montalbán calificó al Barça del ejército desarmado de Cataluña–, que existe, radica sobre todo en traspasar los momentos políticos concretos.

Algunos candidatos a la presidencia del club tienen olvidada esa cuestión e incorporan en su ADN perspectivas políticas. Son una mala prolongación de unos malos partidos políticos. No tienen el más mínimo rubor para engañar al barcelonismo diciendo que los problemas judiciales tienen que ver con la cuestión política y no con la impunidad administrativa y de gestión que sí critican en otros ámbitos. Los corifeos mediáticos aplauden esa argumentación y el victimismo que tanto éxito le dio a Pujol durante décadas hace escala ahora en el Barça.

Siempre cuesta aceptar la mayor: si el Barça está sentado ante la justicia es porque no hizo bien las cosas en materia de fichajes, con los jóvenes de la Masia o con la gestión tributaria de sus jugadores. Al nacionalismo le gusta presentarse como víctima de enemigos externos, porque esa imagen permite ladear los errores propios. Hay, sin embargo, un barcelonismo racional, donde la razón pondera más que la pasión. Que nadie se engañe: el club seguirá creciendo y adquiriendo relevancia mundial en el futuro si abandona el discurso nacionalista rancio y se proyecta al mundo, que es el verdadero espacio de ese deporte en estos tiempos. Deberían tenerlo muy claro los partidos candidatos a las próximas elecciones municipales y los que aspiren a presidir el club en julio próximo.

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