El auténtico fraude de Jordi Pujol

23 de febrero de 2015 (00:00 CET)

De nuevo vuelve al Parlamento el ex presidente catalán Jordi Pujol. Lo hace junto a su familia, con la que las circunstancias parecen unirle más que de costumbre. La visita de hoy a la  Cámara catalana no tiene otra motivación que participar en la comisión que estudia el fraude fiscal conocido por su propia su confesión.

Sigue sin estar claro qué harán los Pujol. La estrategia de sus abogados es obvia: el político ya ha sido condenado por la opinión pública y, por tanto, explicaciones las mínimas. No suceda que en uno de esos calentones a los que acostumbra el que fue jefe del Gobierno catalán durante 23 años pronuncie alguna frase inconveniente que moleste aún más a opositores, jueces, fiscales…

En términos estrictamente legales, salvo que aparezca algún conejo de una chistera inesperada, el asunto de la herencia de los Pujol no declarada tiene poco recorrido. De hecho, con la regularización que han presentado ante la Agencia Tributaria han conseguido dos cosas: la primera es patearse el dinero que tenían fuera porque la sanción hace que haya que acabar pagando más de lo escondido; la segunda es que han evitado, con la ley en la mano, ser acusados de un delito fiscal por cuanto han normalizado sus cuentas con Hacienda antes de ser requeridos judicialmente a ello.

Se mantuvo en el cargo, impartiendo lecciones de ética, cuando lo propio hubiera sido estar bien alejado del Gobierno


Como resultará difícil que se pruebe que el dinero tiene una procedencia ilícita (incluso aunque sea así), lo más probable es que los sumarios abiertos vayan archivándose y el asunto, nunca peor dicho, duerma el sueño de los justos.

Estamos, pues, ante el escenario más posible. Lo que nadie parece dispuesto a recordarle a Pujol es que el verdadero fraude es otro. Es moral, ético y político. Si hubiera confesado la existencia de ese dinero oculto a Hacienda en otro momento de su carrera no hubiera podido mantenerse al frente del Gobierno catalán tantos años. Así hubiera pasado en cualquier otro país occidental con los que nos gusta compararnos. Por tanto, su permanencia en el cargo, su defendida obra política, su visión del país, su proyecto de ingeniería social y de transmisión dogmática hubiera resultado, sencillamente, imposible.

Aquí es donde radica su verdadero fraude: mantenerse en el cargo impartiendo lecciones de ética y moral cuando lo propio hubiera sido estar bien alejado a la vista de sus prácticas personales de solidaridad fiscal. Fue en eso con lo que nos engañó. Lo del dinero, él y otros, lo han venido haciendo con total impunidad. Pero lo de hacer política desde el engaño moral es lo más fraudulento de cuanto ha sucedido. Y, curiosamente, lo único que ya no se puede evitar.
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