El 4 de noviembre

03 de noviembre de 2014 (18:37 CET)

Este martes, 4 de noviembre, es un día crucial en la vida política, y por consiguiente económica, de los Estados Unidos, ya que se celebran las elecciones intermedias del 113º congreso bicameral.

En juego están los 435 asientos de la Cámara de Diputados, o la Cámara Baja, ya que los diputados sirven por términos de dos años, y 36 de los 100 asientos del Senado, La Cámara Alta.  

Los senadores estadounidenses mantienen sus puestos durante seis años y gozan de mayor estabilidad. En términos de cercanía con el electorado, la Cámara Baja es mucho mas diversa y permite un mayor expresión de la originalidad política y del espíritu inconformista que siempre ha caracterizado al país. El Senado representa, mayormente, a los intereses creados.

Hoy en día, y desde hace ya hace algún tiempo, flota sobre el subcontinente americano una nube de desasosiego y malestar político que es a partes iguales desconfianza y ansiedad. Ni un partido ni el otro han sabido articular una visión clara del futuro individual y nacional, en un mundo digital que gira cada vez a mayor velocidad y que está hambriento de una visión coherente y valiente.

El muy controvertido proyecto de reforma sanitaria Obamacare es uno de los núcleos polarizantes de estas elecciones. Los republicanos se han unido para condenar sin medida este intento por parte de Obama de hacer la atención medica más asequible en Estados Unidos, y sueñan en llevar a la hoguera todos y cada uno de los párrafos de la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible.

La franja más liberal del partido demócrata ha criticado duramente al presidente por no adoptar un sistema de pago único, la cobertura universal.

En este periodo electoral, sólo el 14% del electorado, según las prestigiosas encuestas de Gallup, aprueba las piruetas y de los tejemanejes del actual Congreso. El 14% es un número histórico de desconfianza para las elecciones intermedias.

Este número es importante, ya que, históricamente, un bajo nivel de aprobación del congreso tiende a traducirse en una mayor rotación en contra de los diputados y senadores del partido del presidente.

El Senado, actualmente de mayoría demócrata y liderada por el abogado Harry Reid, mormón de religión y oriundo del estado de Nevada
, está en claro peligro de caer en manos del neoconservadurismo. El partido de Lincoln ha concentrado esfuerzos y recursos para apresar la Cámara Alta y así tomar el control absoluto del Congreso.

El control de las dos cámaras legislativas por el partido opuesto al actual inquilino de la Casa Blanca prácticamente garantiza la futilidad del resto del término presidencial, y convierte al hombre más poderoso del mundo en un presidente políticamente neutralizado.

Es analíticamente útil ver a los dos grandes partidos norteamericanos como dos casas divididas. Los candidatos demócratas quieren distanciarse de Obama a toda costa, dado su bajo nivel de aprobación, un 48% según la Encuesta de Gallup, por debajo del promedio histórico del 57%.

El contingente liberal dentro del partido demócrata opina que Obama no ha cumplido con sus promesas fundamentales, tales como la defensa de la libertad en internet, el supuesto cierre de Guantánamo, los centros de detención satélites en Iran e Irak y su falta de vigor con respecto a la defensa del medioambiente y la adopción de medidas efectivas contra el cambio climático.

Por otro lado, los republicanos están confundidos y divididos, carecen de un líder con fuerza o definición, y no tienen una plataforma clara, excepto criticar sin tregua todas las propuestas de Obama. No hay un equivalente a Hillary Clinton, aunque se rumora que la familia Bush podría lanzar otro candidato para las lecciones de 2016. No es necesario señalar que la posible candidatura de Jeb Bush le quita el sueño a más de un estratega demócrata.

El contingente radical dentro del partido republicano, el llamado Tea Party, sede del radicalismo mas anacrónico de los últimos tiempos, ha perdido fuerza, aunque sigue teniendo suficientes seguidores como para ser un agente perturbador, y por lo tanto, muy influyente en estas elecciones.

Aunque está de moda decir que la elección del presidente o de los miembros del congreso no tiene tanta importancia, y que el poder real es corporativo, este concepto carece de fundamento. Es cierto que el brazo legislativo del estado norteamericano hereda una estructura de poder ya establecida, pero lo más importante es que dentro de esta estructura hay mucho juego. Tanto es así, que estas elecciones intermedias son las más caras de la historia, con unos 3,670 millones de dólares en contribuciones estimadas a ambos partidos, según el Centro para la Política Responsable (CRP).

Este 4 de noviembre será testigo de los resultados de la puesta en marcha de la democracia estadounidense. La lucha por el control del Congreso norteamericano será librada, esta vez, por dos grandes casas divididas.



Abogada estadounidense, doctorada en jurisprudencia norteamericana

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