El 11S y el laberinto de las incertidumbres

12 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

Transcurrida la jornada del 11S con mayor o menor concurrencia, la coyuntura secesionista sigue con las mismas incertidumbres, porque si de lo que se trata es de celebrar la consulta o sí o sí, posiblemente nadie –tal vez ni Artur Mas- puede ahora mismo predecir cómo van a evolucionar las cosas hasta que llegue noviembre. La capacidad movilizadora del derecho a decidir no ha menguado, pero sigue sin verse la mayoría indestructible que Mas pidió para llegar al puerto de la independencia. La asistencia que ayer conformó la gran V no es extrapolable a un sí masivo en una consulta que, según todos los indicios, será considerada ilegal.

Existe en la sociedad catalana un sector decididamente independentista en la legalidad o la ilegalidad: es más, desea la ruptura con España para hoy mismo. En cambio, la cobertura ciudadana que desea inconcretamente el derecho a decidir va más allá en volumen, pero se retrae si se trata de un voto descalificado por el Tribunal Constitucional. Esa es la franja del independentismo platónico, de raíces muy emotivas y por tanto oscilantes. Concentraciones como la de ayer amalgaman festivamente ambas propensiones pero eso no quiere decir que sumen de la misma forma ante unas urnas sin valor legal.

 
Con un líder de calidad en lugar de las improvisaciones de Artur Mas, las cosas tal vez hubiesen transcurrido de otra manera

En realidad, las cosas no cambiarán mucho con este 11 de septiembre. Por ejemplo, una parte significativa de quienes estaban en la V populosa no se acercarían fácilmente al Fossar de las Moreres para ver las antorchas y escuchar los gritos de mori el borbó. Tampoco está claro que la sociedad catalana aspire decididamente a votar en unas elecciones autonómicas adelantadas. Por debajo de las tendencias más visibles, muchos votos están en la indecisión o saltan de un punto al otro del hemiciclo en virtud de factores que no son tan habituales como la situación económica, los servicios públicos, la inmigración, los recortes presupuestarios. Es perceptible una polarización gradual que pudiera finalmente beneficiar a los extremos.

Pase lo que pase a partir de ayer, son previsibles núcleos significativos de insatisfacción muy explícita, una permanente turbulencia política y nuevos rasgos de división interna en la sociedad catalana. La contribución de TV3 supera todos los márgenes de credibilidad. Desafortunadamente, el debate público seguirá siendo un desconcierto de descalificaciones personales, sin el elemento de racionalidad que en momentos críticos es el propio de una sociedad abierta y plural. Eso puede generar agresividad.

Con un líder de calidad en lugar de las improvisaciones de Artur Mas, las cosas tal vez hubiesen transcurrido de otra manera. Su incapacidad para la flexibilidad del pactismo y para maniobrar en Madrid es flagrante. Finalmente, es como si un cierto fatalismo le hubiese llevado a delegarlo todo en manos de la ANC y Ómnium Cultural. Quién sabe si será posible recomponer las piezas de Convergència.
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