El 11S, ¿la fuerza bruta o la razón bruta?

07 de septiembre de 2013 (22:51 CET)

Decía Descartes que no existe nada que se reparta de forma tan equitativa como la razón, porque todo el mundo está convencido de tener suficiente. La ausencia de referencias ideológicas que nos permitan interpretar un mundo cada vez más cambiante, global y dinámico conduce, lamentablemente, al atrincheramiento en materia de pensamiento. Todos tenemos razones, incluso la razón.

Está sucediendo en España y, singularmente, en Catalunya. Le pasa a Europa y, por utilizar el eufemismo, a la comunidad internacional. Las dificultades de interpretación del presente, pese a las largas enseñanzas de la historia, orientan a la colectividad hacia posiciones y patrones de pensamiento poco adiestrados en el diálogo, a una cierta incapacidad para la transacción y, al final, al enfrentamiento.

En Madrid, con el inacabado sainete de la reivindicación catalana, se dividen ya entre quienes abominan del debate (no es difícil escuchar: ‘iros ya, y se acaba el problema’) y quienes, conocedores de la magnitud del contencioso, consideran que la única terapia posible es la cicatriz del tiempo.

Esa segunda opción, muy rajoniana en la administración del tempo político, no sirve en esta ocasión. Dilatar la resolución de los problemas en los tiempos actuales no conduce al éxito. Hasta un socialista profesional, pero honrado intelectualmente como Miquel Iceta, lo decía en las últimas horas: el silencio, desgraciadamente, no lleva a nada.

Madrid, como metáfora de la administración central, de su gobierno y de sus principales instituciones políticas y económicas, debería interiorizar que algunos planteamientos del nacionalismo catalán requieren de una solución política, del tenor que corresponda.

Atrincherados como están en su burbuja de poder han dado alas a sus adversarios catalanes para que de un problema político se produzca una metamorfosis a uno social y, sobre todo, sentimental. Pasó durante el gobierno de Aznar y vuelve a suceder con Rajoy al frente. Ni conllevancia ni espíritu dialogante en demasiadas ocasiones.

Después de la A y de la B, en el abecedario viene la C. Después del uno y el dos llega el tres. Parece mentira que esos axiomas tan simplones sean incomprendidos por quienes lideran lo político y lo económico. No debe extrañarnos, en consecuencia, esa tendencia creciente a abominar de la clase política y de determinados liderazgos. ¿Dónde está el pactismo? ¿Qué se ha hecho de la capacidad y de la inteligencia para establecer denominadores comunes y avanzar en la resolución de diferencias?

No insistiré en los errores catalanes, numerosos también en lo político. Desde hace años me refiero a ellos en un país en el que sólo parece subsistir cómodamente la división entre apocalípticos e integrados y donde la opinión políticamente incorrecta circula unidireccionalmente hacia la marginalidad y el ostracismo. El resultado: una sociedad ya fracturada a día de hoy.

Pero sí citaré, en cambio, lo que considero que resultó un acierto en la gestión de esta crisis por parte del nacionalismo: abrazar la eventual e indefinida independencia de Catalunya se ha transformado en lo políticamente correcto en un tiempo récord. Es más, en lo más pijo y moderno del mundo.

¡Qué desgracia! Hemos pasado página, al catalanísimo caixa o faixa. Nos olvidamos de esa España que ve Polseres Vermelles en versión original; de esos culés de toda la Península que saben varias estrofas del himno del Barça; de quienes se emocionan con Serrat o Raimon; olvidamos que hay españoles que depositan sus ahorros en bancos catalanes porque confían en su gestión; de aquellos que prefieren sumar a restar; del mestizaje, del diálogo permanente.

En el frontismo abundan también quienes siguen tildando a los catalanes como esos egoístas insaciables del otro lado del Ebro. Razones, haylas, pero excentricidades, todavía más.

Existen terceras vías y no son las que dibuja mi buen amigo y colega Rafael Nadal. Nos aprisiona el cainismo, vivimos entre demasiadas muestras de pureza nacional y poco cosmopolitismo, que como diría Ramón de España ahora es contra lo que luchan algunos nacionalismos. El corazón aplasta a la razón.

En la antesala del 11 de septiembre, fecha transmutada en Catalunya en una especie de demostración simbológica del sentimiento de frustración colectiva que azuzan unos medios doctrinales y serviles, uno se pregunta qué pasará el día después. Incluso después de la reculada de Artur Mas. Y más allá de las respuestas que vienen desde los ámbitos políticos, unos preeufóricos frente a otros casi catatónicos, la sensación del mundo de la empresa y de los negocios es de un temor latente a que la confrontación se haya instalado como el único instrumento válido de relación futura.

Con una gran masa ciudadana narcotizada por la crisis económica, ajena e incluso hastiada en buena parte por el debate existente, socialmente resignada, ya nadie se sorprende de que los políticos (que no la política en sentido puro) se adueñen extractivamente de su representación más allá de lo democráticamente tolerable.

Vienen tiempos de más ciudadanía y de menos castas dirigentes delegadas. Ya saben aquello que acuñó Oscar Wilde: “Se puede admitir la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable”.

Tampoco se apuren, no quiero ser pesimista: el ruido de los lloros y las carcajadas pasa, mientras que la fuerza de la razón acostumbra a perdurar. Al menos, en sociedades libres y avanzadas. Ojalá la nuestra sea una de ellas. Feliz Diada.


TRATAMIENTO SEMANAL DE CHOQUE:
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>> Supositorio matinal: Para Narcís Serra i Serra. Lo conocen ustedes suficiente. Pero quizá algunos desconozcan que en julio fue al Parlament para la comisión de investigación sobre CatalunyaCaixa y a preguntas del diputado de la CUP David Fernández dijo que sólo había cobrado un año de la entidad. Falso, rotundamente. Lo ha puesto de manifiesto el fiscal Fernando Maldonado de delitos económicos, quien a partir de documentación de la propia caja dice en su denuncia que Serra cobró desde 2004 a 2006 dietas del consejo (unos 250.000 euros) y de 2007 a 2010 sueldo de presidente además de la dietas (poco más de un millón de euros). Rabos de pasa funcionan muy bien para restituir la memoria.

>> Supositorio nocturno: A Isidoro Álvarez, presidente de El Corte Inglés. Después de tantos años debería saber que ninguna empresa puede vivir con opacidad total ante la opinión pública. Una empresa es un ecosistema, una comunidad de intereses que forman plantilla, proveedores, clientes… El proceso de refinanciación de su deuda ha sido de un hermetismo y falta de transparencia impropia de un gigante comercial como este. Es un frente que los ejecutivos más jóvenes (es un decir), se llamen Josep Miquel Abad en Barcelona, o el novísimo Dimas Gimeno Álvarez, el sobrino, deberían conjurar. Aunque claro, difícil lo tienen si este último llega con su propia mochila de polémica presionándole la columna: haber figurado en varias listas electorales de Falange. La empresa dice que no, que el falangista es el hermano, que Dimas fue sólo de relleno, pero para tener credibilidad es necesario cultivarla en verano y en invierno.
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