Egipto para todos

10 de julio de 2013 (20:56 CET)

No es más peligroso gobernar sin constitución que con una constitución que no ha sido aprobada por consenso. El problema actual de Egipto es que vive en ambos situaciones. La escena actual del país es de miedo y tranquilidad, todo al mismo tiempo. En medio, los múltiples desafíos que la fase crítica de la transición hacia la construcción nacional ha puesto sobre la mesa.

Lo más aterrador es el gran peligro que corre el país que se rebeló contra la tiranía de verse amenazado por otra tiranía de índole diferente. En contrapartida, es alentador ver que los egipcios ya han demostrado que son mayores de edad para complementar su revolución del 25 de enero.

Lo que ocurre no es sólo una calle frente a otra. Es una revuelta que pide un estado democrático civil. No se trata de un golpe de estado militar ni de la reclamación de una teocracia religioso.

La mayoría de los egipcios aspiraban a buscar el cambio político a través de las urnas y la constitución de instituciones sólidas y de una sociedad civil dinámica. Pero chocaron con una realidad interna dura que amenazaba con el colapso del Estado y un mundo que miraba sin reaccionar. Seguro que la opción de los militares no es la deseable. El presidente destituido, Mohamed Morsi, debió evitarla convocando elecciones anticipadas. Sobre todo cuando millones de egipcios llenaron las calles en las principales ciudades. Pero intentó monopolizar el poder y cerró la oportunidad para formular una constitución para todos. Empujó hacia una carta magna a medida de su partido, cuyo objetivo era islamizar el Estado. El desenlace es conocido.

El desempleo, uno de los motores de la revuelta, se estima en el 30%. Los ingresos del turismo han bajado, igual que las reservas en moneda extranjera. El 40% de los egipcios viven por debajo del umbral de la pobreza, 14 millones de personas subsisten con menos de un dólar al día. Las instituciones son crónicamente débiles y la corrupción es endémica.

Se necesitan crear 9,5 millones de empleos hasta 2020. Éste es el gran objetivo y el termómetro de la estabilidad social. Egipto también sufre el impacto de la crisis financiera, sobre todo la que afecta a la UE, su primer socio económico e inversor. La economía egipcia depende de la inversión extranjera, los ingresos del turismo, la exportación, el Canal de Suez y las remesas.

Algunos temen que la situación podría llevar a una guerra civil. El partido islamista de Morsi está enojado y decidido a recuperar el poder, y puede recurrir a la violencia para sembrar la semilla de la venganza. Sin embargo, no es probable que se caiga en la vorágine de la guerra civil. Plaza Tahrir estaba llena de todo tipo de gente, desde jóvenes a personas mayores, religiosos y laicos. Este colchón debe representar una forma de inmunidad.

Egipto es la muestra de que ni la autocracia, ni la teocracia, ni el radicalismo se mantendrán. Este es el tiempo de la rebelión contra la tiranía, el monopolio del poder y el control unilateral mediante la exclusión de los demás; pero el camino hacia la democracia será complicado, difícil y largo.

Se dice que la intervención o el golpe excepcional del ejército era necesario para reducir el riesgo de un conflicto civil que ocasionaría una gran pérdida de vidas humanas y una violencia destructiva. Está por ver. ¿Era necesario para unir el país y establecer las bases para un futuro mejor? Para un demócrata, una intervención militar en los asuntos políticos ni es aceptable ni es deseable.

La mayoría de los egipcios aún temen disturbios y violencia, especialmente en los próximos días y semanas. Esperan que el ejército no les falle, como ocurrió en enero 2011, y agilice el camino hacia la reconciliación nacional para alcanzar una democracia amplia y duradera. Sin excluir a nadie del ejercicio del poder por medios democráticos y con las garantías de una constitución de consenso y la separación entre religión y Estado.

Es necesario que el período de transición sea legal y rápido. También que el gobierno provisional se forme sobre la base de la competencia, que reúna a diferentes generaciones y coloque a Egipto en el camino hacia la recuperación.

Pero para que esta período tenga éxito, es necesario incluir a los Hermanos Musulmanes y su amplia base popular. Cualquier intento de reprimirlos y privarles de sus derechos políticos sería un remedio peor que la enfermedad. Dará lugar a la aparición de una generación de radicales que han perdido la confianza en un cambio democrático pacífico. La estabilidad de Egipto y el éxito de su democracia está hipotecada a un enfoque político que no les excluya. Las ilusiones de aislarlos sólo conducirán a más violencia y explosión.

Las protestas de Egipto demuestran que ningún presidente o junta militar en la era de la llamada primavera árabe será capaz de practicar el poder de una manera similar a la de los regímenes derrocados.
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