Dulce y honorable es morir por la patria

25 de noviembre de 2015 (20:47 CET)

La principal  exigencia del patriota, cuando actúa preso del patriotismo, es apoderarse de la patria. No hay desfile más luminoso que el de las tropas de sentimientos que, en su nombre, pide fe y sacrificios. Son los mismos que corren a blandir las enseñas, las banderas, las horas de dolor colectivo, antes de lanzar sus miedos contra otros.

Todo un muestrario de emociones donde el patriotismo domina a la razón, confundiendo lo esencial para convivir con lo superfluo para dividir. Pero si el patriotismo siempre es un error, pues se alimenta en fijar fronteras y hacerlas reconocibles, aún lo es más el patriotismo instrumental. Aquel que surge del cálculo político para apropiarse de él. Pues no hay mayor beneficio electoral que hacerse acreedor de la representación de todo un pueblo.

"Dulce et decorum ets pro patria mori" (dulce y honorable es morir por la patria), sigue recordándonos hasta qué punto el poder político ansía apoderarse de la capacidad evocadora de la patria como símbolo de unidad. El amor a la patria siempre va ligado al beneficio particular, en manos de los ventajistas. Es recomendable, pues, para buena parte de los ciudadanos prevenirse de ella.

En las próximas elecciones españolas uno de los factores que van a determinar el voto va a ser encarnar oportunamente los valores de la patria. Nunca como antes la bandera, de unos y otros, va ser sinónimo de entereza contra aquellos que la quieren violentar. Todo parece indicar que la victoria electoral estará del lado del que sepa explotar mejor el mito nacional.

Todo parece llevarnos a un abuso de símbolos patrióticos para apoderarse de la nación por la vía rápida del miedo y los sentimientos. Una estrategia que no permitirá hablar del buen gobierno, de la crisis económica, de la crisis de los refugiados sirios, de la corrupción.

Frente a esta idea de patria como arma arrojadiza deberíamos poder oponer la civilidad como verdadero significado del ideal de amor a la Patria. Ser capaces como ciudadanos  de exigir la mejor España, aquella que es capaz de crear riqueza, de mostrarse solidaria y de respetar la diferencia. Aquella capaz de advertir que debe resolver un problema derivado del proceso que vive Cataluña y hacerlo sobre nuevas bases de entendimiento, estando dispuesta a cambiar el actual estado de las cosas en favor a los intereses de los individuos y no de un bien común abstracto, simbolizado con banderas e himnos.
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