Dimisiones en el país del 'Nunca jamas'

18 de febrero de 2013 (18:26 CET)

Estos días se ha desatado la ira de los ciudadanos contra los políticos por los estallidos de corrupción y la impunidad con la que se enfrentan a estos escándalos. Es paradójico encontrar en la hemeroteca que algunos de los que reclamaban dimisiones hace 18 años son los mismos que las piden hoy.

Los economistas tenemos una disciplina llamada teoría de juegos que analiza las decisiones económicas teniendo en cuenta tres factores: las decisiones de los otros agentes, las penalizaciones y los incentivos.

Ni en España (ni en Catalunya) dimite nadie. No se renuncia a un cargo porque, los pocos que lo hacen, no se vuelven a rehabilitar en la vida. La dimisión se interpreta socialmente como reconocer la culpa, lo reconozcamos o no. El dimitido pasa a ser el chivo expiatorio del resto de escándalos.

Posteriormente, en el subconsciente colectivo, queda siempre el asunto que hizo dimitir a una persona, independientemente de la sentencia o la honestidad del acto en si mismo. Lo recordaba el ex President Jordi Pujol en 2001 y, personalmente, aludo a otros dimitidos: Jaume Roma (absuelto), Antoni Asunción (caso Roldán) o Josep Maria Cullell (absuelto e indemnizado). Pero no son los únicos, es un pez que se muerde la cola.

Dimitir significa, además, dar la razón a quienes acusan y persiguen. Al repasar algunos titulares de los medios de comunicación saltan a la vista las acusaciones falsas y los rumores malintencionados. Los informers de Facebook van en la misma línea. Da igual si lo que se dice en ellos es verdad o no. Se non è vero, è ben trovato es su máxima. Y crea el mismo efecto que una condena judicial: la persona ya está juzgada.

Pero si la acusación de recibir dinero en negro o tener cuentas en Suiza es suficiente como para que el presidente de un país se plantee la dimisión, la cacería está servida. Napoleón decía que 10 líneas escritas a mano de cualquier súbdito eran una prueba válida para condenarlo a muerte. Hoy, basta con 10 apuntes contables o 10 teléfonos móviles pinchados para lograr una imputación o que se pida formalmente la dimisión de una persona.

Otro motivo para no dimitir --en el caso de que un magistrado te impute-- es la credibilidad y la neutralidad de la institución que te juzga. Seguro que la mayoría de los fiscales y los magistrados son personas honestas, no tienen intereses políticos y hacen bien su trabajo. Pero hay corruptos en todas partes. Probablemente, en igual proporción que los médicos, policías y fontaneros. Además del antiguo caso Estivill, la administración de justicia no está pasando su mejor momento: la máxima autoridad judicial del Estado ha sido obligada a dimitir al no justificar 30.000 euros (caso Carlos Dívar). Su máximo tribunal ha sufrido la crisis institucional más importante de la democracia con miembros muertos que no han sido sustituidos, recusados, dimitidos o que están en interinidad durante años. En la justicia española el secreto de sumario sólo sirve para dar cobertura a la prensa para publicar conversaciones pinchadas y fotografías privadas. La institución ha condenado al ostracismo a su juez estrella (Baltasar Garzón) antes de que a las personas a quienes él investigaba (caso Gürtel). Nadie me negará que tenemos una justicia a la altura del país de los AVE sin pasajeros y los aeropuertos sin aviones. Esto es la justicia española.

Finalmente, los incentivos para dimitir son escasos. Se concretan en liberarse de la presión mediática, que es destacable. Ser un cargo público importante supone mucha exposición a los medios. En el momento en el que alguien está implicado en un supuesto caso de corrupción la exposición se convierte en angustiosa. Afecta al estado de ánimo personal, a la familia y al trabajo.

Mucha gente pone como ejemplo a Reino Unido, país en el que dimitir está en el orden del día. Aunque allí también abundan las rehabilitaciones. Recuerdo el caso Peter Mandelson, ministro del gabinete Blair dos veces. Las mismas que tuvo que dimitir por su implicación en asuntos de corrupción. Tres años después de este episodio fue nombrado Comisario Europeo. Cuando dejó Bruselas, encabezó de nuevo un ministerio británico a las órdenes de Gordon Brown. Incluso la Reina lo nombró miembro vitalicio de la cámara de los Lores, la Cámara Baja del país. En España todo es diferente, sólo es necesario ver el predicamento que tiene alguien como Belén Esteban.

Evidentemente, renunciar a un cargo es el gesto más honorable que alguien puede hacer. Sobre todo cuando se ha perdido la confianza de las personas que te eligen o te nombran. Pero, que nadie se extrañe del número limitado de personas que toman esta decisión. Que nadie se extrañe.
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