Difama, que algo queda

22 de noviembre de 2012 (20:48 CET)

Soy de los que tiene la convicción de que el juego democrático se fundamenta en contrastar ideas, evaluar alternativas y concretar modelos de desarrollo. Un ejercicio que debe considerar la situación existente y poner en el centro del debate al ciudadano, al mismo tiempo que se aborda el modelo de país, a medio y largo plazo.

Por este motivo, las políticas que tienen como maestro al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, me producen no sólo animadversión hacía los que las practican; me generan apoyo a los que, con independencia de su posicionamiento ideológico, las sufren. Usar la difamación como instrumento para conseguir el triunfo a partir de la destrucción del adversario no es hacer política ni ayudar a superar la enorme crisis actual.

Desgraciadamente, en el tramo final de esta campaña electoral la política de difamar al adversario ha sido omnipresente (aunque en el cara a cara político, sorprendentemente, ni se han mencionado las difamatorias acusaciones hacia el presidente Artur Mas) amparándose en unos teóricos informes policiales --o borradores de informe-- que, según el propio Ministerio del Interior, no existen o no han sido localizados.

Uno tiene la impresión de que ciertos colectivos, acusando sin pruebas, quieren continuar con las políticas encaminadas a imponer su opinión. Ignoran que gobernar es tomar decisiones buscando el bien común, preservando el presente sin hipotecar el futuro. Actúan para forzar a la ciudadanía a actuar desde el miedo o la duda.

Sería necesario asumir que la decisión objetiva de voto surge de la reflexión, el contraste de los programas electorales de las distintas opciones políticas y, muy especialmente, las asociadas a la dualidad: derecho a decidir y reactivación económica-generación de ocupación. Será una decisión compleja, ya que los debates electorales no se han producido con amplitud ni tampoco se han desgranado las distintas propuestas de los candidatos en la mayoría de las intervenciones. Esta realidad incuestionable no debe ser un impedimento para ejercer el derecho a voto, yo incluso diría obligación a votar, ya que incluso el presidente Rajoy explica que las próximas elecciones del 25N son más importantes que las estatales.

Un derecho/obligación de voto que deberemos ejercer en base a profundizar individualmente en los programas electorales y, en el caso de no ser posible, separar lo esencial de lo superficial de las declaraciones y actuar con sentido común, lo que significa pensar en clave de futuro. Un futuro que requiere un gobierno fuerte que pueda desarrollar su programa y que tenga un liderazgo integrador.

El próximo domingo llegará la hora de la verdad. El futuro estará en manos de los ciudadanos al ejercer su derecho democrático. Este derecho, no hay que olvidarlo, es capaz de modificar leyes y poner y quitar gobiernos.
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