¿Diálogo social en Catalunya? ¡Qué risa!

01 de abril de 2014 (00:00 CET)

Lleva tantos meses sin gobernar el Ejecutivo de la Generalitat que parece que se aproxime por el horizonte un escenario electoral y desde el último director general de CiU hasta el propio presidente de la Generalitat, Artur Mas, están cargando las baterías propagandísticas antes de que sus últimos movimientos descompongan la coalición electoral.

Si el domingo la imagen que conocimos fue de la Mas con el líder del PSC, Pere Navarro, para mostrar un acuerdo concreto que afecta al proyecto urbanístico y lúdico Barcelona World, apenas 24 horas más tarde hemos tenido la ocasión de ver otra photo opportunity en el Palau de la Generalitat con motivo de la firma del llamado Acuerdo Social Permanente.

En esta ocasión, Mas ha conseguido atraerse a los líderes de los dos sindicatos mayoritarios (CCOO y UGT) y seducir a los dirigentes de las patronales Foment del Treball (y su apéndice Fepime) y Pimec con la coartada de reanudar un diálogo social que él mismo quebró nada más ganar las elecciones. Como es habitual en estas tierras (no será ni la primera ni la última vez que ocurre), se pacta un documento vacuo, superficial, de mínimos minimizados, que pueda ser suscrito por todos y aquí paz y más allá gloria. Todos podrán seguir ejerciendo sus papeles sin necesidad de enfrentarse entre sí ni plantar cara, desde uno u otro lado, a las inexistentes políticas del Ejecutivo de Mas.

 
La pantomima debería estar penalizada por la ciudadanía en estos tiempos de duras crisis

Lo sabemos por otros precedentes conocidos: el desarrollo del pacto se acabará convirtiendo en un reparto más o menos equitativo, más o menos discutido, de algunas sillas en las instituciones que cuelgan y dependen financieramente de la Generalitat. Pero que nadie se equivoque, no habrá ni una sola medida concreta para generar empleo; tampoco fluirá más el crédito (el cuento del ICF nos lo conocemos demasiado bien los más antiguos); Mas seguirá libre para mantener una sanidad y una educación pública regresivas; los sindicatos defenderán sus cuotas de poder, cobrarán sus subvenciones y las patronales, también. Más que un pacto parece que lo firmado en las últimas horas sea la pura representación del chiste en el que el dentista y su paciente, ambos perfectamente alineados junto al otro se prometen no hacerse daño mutuo. ¿Neutralidad? No, ineficiencia pura.

En Catalunya sí hubo diálogo social. Jordi Pujol, más liberal que socialdemócrata, fue bastante más sensible a los agentes sociales de lo que será nunca Mas. Quizá tuvo que ver que se enfrentó a unos sindicatos menos entregados al poder político que los actuales. Incluso se las vio en muchos momentos con unos patronos más exigentes y menos subordinados a las ayudas públicas que los actuales.

Como conocen muy bien los firmantes del pacto de ayer, el teatro es todo un arte, pero la pantomima debería estar penalizada por la ciudadanía en un escenario de crisis económica, política e institucional como la que vivimos. Si se lo pedimos a la banca, además con toda la razón del mundo, ¿por qué no deben ser igual de rigurosos patronos, sindicatos y sobre todo gobiernos?

El diálogo social es más que un papelito o una foto de conveniencia. Es una política en sí misma, necesaria, indispensable, humana casi. Por tanto, no nos hagan reír con el sucedáneo. Todos sabemos que este presidente de Catalunya ha presionado mucho más a los agentes sociales con el derecho a decidir que con la búsqueda de espacios de convivencia desde los cuales unir esfuerzos para superar la crisis. Algunos, pese a su supuesta veteranía, son incapaces de esquivar sibilinas trampas propagandísticas. Seguro que los obreros (parados u ocupados), los autónomos o los dueños de las pymes cuando vean esa fotografía se darán cuenta de que todo ha cambiado. Seguro.
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