Demasiada incompetencia y corrupción

Rafael Suñol

12 de octubre de 2014 (11:17 CET)

España --para los más susceptibles también Cataluña-- no consigue quitarse la fama, o el san Benito de país poco fiable. Esta última semana ha sido particularmente dramática. La suma del escándalo de las tarjetas opacas de Caja Madrid-Bankia con el descontrol del ébola en la Comunidad de Madrid han dejado la imagen de nuestro país por los suelos.

Es difícil conseguir dos episodios de tanto impacto en el mismo tiempo. Algunos catalanes pensamos que nuestro simulacro de referéndum es de segunda división frente al bochorno de Madrid.

Se hace difícil encontrar en nuestra historia reciente momentos como los acontecidos esta última semana. Recuerdo el caso del Prestige, el de la colza, incluso la privatización de la red de agua en alta en Catalunya.

Podemos rasgarnos las vestiduras ante la corrupción generalizada de las tarjetas opacas de Caja Madrid. Nos sentimos avergonzados ante la incompetencia de los servicios médicos de la Comunidad de Madrid frente al ébola, pero nuestros sentimientos más profundos carecen de importancia frente a la imagen que como país estamos dando al exterior y frente a nosotros mismos, no como individuos, sino como país (o nación de naciones).

El mundo de los negocios, los inversores, son muy particulares. No siempre miden el beneficio que pueden obtener de una operación, aunque acostumbran a hacerlo. A veces les gustan algunos países, algunos sectores... son caprichosos, siguen la moda, lo que se lleva...

Últimamente habían decidido que España era atractiva para el sector inmobiliario, y están invirtiendo fuerte, porque creen que los precios respecto de otras zonas son competitivos, y nuestro país puede salir de la crisis antes que otros.

A primera vista parece que los precios de los inmuebles no van a verse afectados ni por el escándalo de las tarjetas opacas ni por el brote --si se controla-- de ébola en Madrid. Pero también parece evidente que la imagen que tienen de España, de toda, no va a ser la misma. Un país con una corrupción tan descarada, impune y protagonizada por personajes tan relevantes no parece el lugar más adecuado para poder realizar negocios en términos más homologables internacionalmente.

Incluso con esfuerzo podríamos admitir que las actividades inmobiliarias, por su naturaleza más especulativa, estarían más inclinadas a comprender que un fraude de esta envergadura y a gran escala se pueda producir. Pero lo sucedido en Caja Madrid supera todo lo "entendible". ¿Como se puede entender, por ejemplo, que todos los consejeros y ejecutivos (menos cuatro que no hicieron uso de las tarjetas) pudieran creer que su uso era legal?

Ésta no es una estafa piramidal a miles de ciudadanos incautos. Esto es mucho peor. Los máximos responsables de un país, ex-vicepresidente económico incluido, estuvieron defraudando a conciencia, durante varios años. Estoy prácticamente seguro que ninguno de ellos, por su posición profesional y su trayectoria, pudiera creer que operaba dentro de la legalidad. Y si lo creyeron entonces no comprendo que entienden por legalidad.

A España le ha costado muchos años conseguir que la comunidad internacional la considerara una potencia (media) de fiar. Pero a la vista del escándalo de Caja Madrid dudo seriamente que nuestro prestigio ganado con mucho esfuerzo no se vea puesto en entredicho.

Sin embargo los temas financieros tiene para la ciudadanía en general una importancia más relativa. Son temas de otros.
La gente normal sufre una caída de autoestima y de seguridad cuando observa como se esta tratando la infección por ébola en Madrid. Esto ya nos afecta a todos. A nuestros sentimientos y también a nuestra sensación de seguridad. La concatenación de errores en el tratamiento de la crisis nos deja una sensación de ridículo enorme.

No puede ser que todo se limite a la imprudencia de una auxiliar de enfermería. Que un consejero acusé públicamente a una trabajadora de ser la responsable de la mayor crisis sanitaria en España.

Nos da vergüenza vivir en un país de un nivel tan grande de incompetencia. No hay por donde cogerlo. Y todavía no ha dimitido nadie! Como dice una expresión muy popular en Catalunya: ens ho hem de fer mirar.
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