Delincuencia de moqueta, delincuencia de metralleta

28 de mayo de 2015 (21:30 CET)

¿Se imagina usted, lector, la imagen de un narcotraficante frente a la oficina de denuncias de una comisaria cualquiera, explicándole al atónito policía que unos tipos muy malos le han robado la droga que almacenaba en su garaje? Difícil ¿verdad? Imposible, diría yo.

La profesionalidad de un criminal se mide por su capacidad para encajar los puñetazos que le propina el sistema. El delincuente que se precie, ha de tener la cintura y los arrestos suficientes para saber en qué momento toca levantar el trofeo y cuándo, por el contrario, lo que se impone es resignarse y asumir la derrota.

Por ello, cuándo uno de esos tipos profesionales del crimen sufre en sus carnes el expolio, por poner un ejemplo, del cargamento de cocaína que guardaba en un doble fondo del garaje de su casita, lo que hace es, sencillamente, comérselo. Con profesionalidad, con enejo, pero comérselo al fin y al cabo. Lo que no hace es denunciarlo. Por razones obvias. 

Repliega velas, se lame las heridas y busca el momento de sacar la cabeza de nuevo. Sin rencores (más allá de los que resultan inevitablemente terapéuticos). Sin reproches. Con profesionalidad. 

Eso los delincuentes de metralleta lo saben bien. Y lo hacen razonablemente bien. "Hoy me toca a mí. Mañana te toca a ti". Sin embargo, los delincuentes de cuello blanco tienen más pedigrí pero menos oficio. Son, como lo diría yo, más facilitos en los planteaminetos, y, sobre todo, adolecen de la grandeza de miras de sus tocayos de metralleta. No saben encajar, porque, simplemente, no han sido educados para ello, sino para agredir.

Los delincuentes de moqueta también se roban los unos a los otros. Conviene no olvidar que no son más que vulgares chorizos de la parte alta. Y lo hacen bajo la premisa de que los otros o los unos no van a personarse en la ventanilla de una comisaría para denunciar que ellos, y su dinero negro, han sido estafados por el hacendado de la acera de enfrente. A nadie socialmente consagrado e inmaculado le gusta reconocer que, en realidad, su imagen está tiznada de vergüenzas. Patalean, y lloran cobardes y estridentes, como lo hacen los niños de papuchi cuando un igual, pero de barrio, les roba el bollicao.

Eso sí, patalean con pedigrí, como se hace en la parte alta, pero, insisto, sin categoría y enfurruñados como se enfurruñan los que no saben perder porque nunca lo han hecho ni les han preparado para ello. 

La mayoría de los que invirtieron sus ahorros en la gestora patrimonial andorrana Valora --cuyo agujero económico tras quebrar de forma sospechosa supera los 25 millones de euros--, rezan para que no se sepa. Y eso que han perdido una pasta larga.

Pero era pasta negra. La que tiempo atrás ellos habían estafado a otros pastosos de cuello blanco aún más tontos y cándidos. La pregunta es ¿Qué camino utiliza el sistema democrático de derechos y garantías y de protección del bien común y de la ley para cortocircuitar esos delitos intracriminales, opacos, gravísimos, y en el caso de los delincuentes de cuello blanco, patéticos?

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