Deconstruir estados para construir Europa

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18 de mayo de 2012 (19:51 CET)

Otra semana de pánico. Tomémonos un respiro. Hace poco se celebró la jornada de la Fundación Irla-Centre Maurits Coppieters de la Alianza Libre Europea titulada Naciones medianas, crisis pequeñas. En este marco se presentaba el estudio de los profesores Paluzie, Castellanos y Tirado, Dimensión de los Estados y comportamiento económico a la UE, siguiendo la tesis de la Alesina. En él, se analiza la relación entre la medida de los estados que forman parte de la UE27 y su comportamiento macroeconómico.

La medida de los estados, lejos de ser un elemento ajeno al sistema económico, es una consecuencia de los incentivos económicos. Las supuestas ventajas de la mayor medida de los estados por el aprovechamiento de las economías de escalera no superan las desventajas provocadas por el aumento de costes de abastecimiento de bienes públicos y su ineficiencia cuando se alarga la distancia entre el gobernador y el gobernado, por la incoherencia en la demanda interna provocada por la heterogeneidad cultural.

El balance entre costes y beneficios determina la medida de los estados. Y este balance no es fijo, varía en función de la realidad internacional. La globalización da ventaja a las economías abiertas sobre las cerradas. Las economías pequeñas son por obligación abiertas y con predominio del comercio y con estados ágiles y ligeros. Las economías grandes tienden a la autoconsum, al predominio militar y con estados pesados y lentos de reflejos.

La conclusión del estudio para la última década constata como en la Unión Europea los estados grandes no crecen tanto como los pequeños, ni son tan ricos. Los estados grandes y heterogéneos presentan costes de oportunidad por las enormes e ineficientes energías dedicadas a llegar a una inalcanzable igualdad territorial. El paternalismo territorial duerme a los territorios asistidos y desincentiva a los territorios tractores. Por otro lado, en estados complejos, el aparato central del Estado tiende a ejercer funciones impropias por la pugna competencial. En el estudio de Esther Martínez (2006) llegaba al 36% del gasto. En muchos de estos estados, la delimitación competencial imprecisa provoca también que administraciones subestatales mal financiadas presten servicios que no les corresponden. En definitiva, nadie hace lo que le toca y no existe corresponsabilidad entre recaudación y gasto en cada nivel. Aquí rae la madriguera de todos los males. Y esto no se arregla con recortes a la brava sino con cambios en la arquitectura.

Hemos vivido una semana donde el prestigio de España, con su prima de riesgo a niveles de intervención, ha caído por el tierra. Mientras, los gobernantes continúan dando en el mundo la imagen de la picaresca hispánica, culpando a las autonomías --con correctivo editorial del Financial Times-- y continúan ocultando la porquería de una banca politizada y mal gestionada, igual que la carencia de sacrificios del aparato burocrático y militar central. El día a día de la coyuntura, con las bromas cínicas del ministro Montoro incluidas, ratifican la necesidad de un proceso de deconstrucción estatal en la mediterránea occidental. Sobre todo junto a estudios serios como el que he transcrito. Y este tiene que empezar por España, como pasó en el siglo XIX en el entorno del Báltico y en el siglo XX en la Europa Oriental. Paradójicamente, sin esto, no habrá nunca una Europa fuerte.
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