De las élites extractivas al expolio dinástico

05 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

Ahora resulta que todo el mundo lo sabía pero nadie decía nada, comenzando por Carod Rovira. Estamos en pleno argumento de una ficción aciaga, en la que de un día para otro, el afer Pujol va adquiriendo los rasgos arquitectónicos de una pirámide invertida.

Con diligencia más bien de servidumbre, hay quien busca minimizar el escándalo; otros con la mejor de las voluntades, se resisten a aceptar que el Pujol que admiraron haya defraudado sistemáticamente al bien común que es Hacienda, permitiendo a la vez que sus hijos aprovechasen el poder institucional del padre para ejercer la corrupción a gran escala.

En algún momento se ha querido comparar el descubrimiento del fraude de Jordi Pujol con el papel que se reconoce a las élites extractivas. En realidad, poco tiene que ver. Se habla de élites extractivas como élites que tienen poder político y que lo utilizan para fortalecer instituciones que no favorecen el crecimiento económico: The Economist ha citado dos ejemplos que son la gran banca que de tan grande que es no se puede permitir que se hunda --como ha ocurrido en los Estados Unidos-- y el poder de presión que los trabajadores del sector público tienen --caso de Francia-- a través de sus organizaciones sindicales. Ambos ejemplos perjudican el crecimiento y la prosperidad.

Pero el caso Pujol es muy distinto. Pudiera usarse el símil astronómico de un planeta mayor que ilumina dos categorías de satélites, familiares y de partido. Esa inmensidad astronómica se va comprobando, hasta el punto de que parece ser una red de expolio, a gran escala.

 
Lo que cuenta de verdad en el 'caso Pujol' es el mal que ha hecho a la sociedad catalana
El Pujol que hablaba tanto de la autoestima imprescindible para que Catalunya fuese lo que tenía que ser, acaba de infligir a la sociedad catalana un golpe muy bajo y desmoralizador. Las instituciones quedan devaluadas, la sospecha se generaliza a todo el microcosmos político y cada mañana nos levantamos con más indicios de un expolio a la vieja usanza que se amparó en el carácter totémico que los pujolistas y los no pujolistas le atribuyeron al hombre de Banca Catalana.

Es sintomático que, mientras el caso Millet por ahora ha dejado indemne la apariencia engañosa de muchas cosas, el estallido andorrano de Pujol está generando una ola que va a llegar a muchas playas, con ramificaciones que ayer fueron impensables y mañana serán material de fiscalía. Con el caso Millet no hubo reacción realmente significativa pero se llegó a una sobresaturación callada que ahora encarnan la movilización política y los bocinazos frente al domicilio de Jordi Pujol.

Aflora un absolutismo patrimonial que se creyó inaccesible a las limitaciones que marca la ley. El redentor de Catalunya tenía su nido fiscal en Andorra. ¿Pensó que nunca se sabría y que sus hijos podían campar a su aire? Equiparar ese proceder al efecto negativo de las élites extractivas es algo ingenuo. En realidad, con todas las consecuencias, es un caso de expolio dinástico. Es una pavorosa circunstancia para el propio Pujol, pero lo que cuenta de verdad es el mal que ha hecho a la sociedad catalana, tanto la que creyó en él, como la que no.
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