De la Cataluña virtual a la real

19 de enero de 2015 (19:15 CET)

Cualquier persona que haya venido a vivir en Cataluña en los últimos tiempos ha podido comprobar que parece que se vivan dos existencias paralelas y que no tienen mucho que ver la una con la otra.
Hay una realidad virtual arraigada en la vida política catalana que vive totalmente centrada en el debate soberanista. Es una realidad en torno a una hipotética y futura independencia que anula cualquier otro debate desde el 11 de septiembre del 2012.

Desde el Gobierno de la Generalitat, desde los ámbitos independentistas, desde los medios públicos y privados que se los son afines no hay nada más en Cataluña que el denominado proceso. De una forma constante y permanente, la sociedad se ve sometida a una propaganda sistemática, donde la realidad de la cercana y futura independencia se hace aparecer como una cosa casi inminente. Un deseo que se hace nacer de un pasado histórico que se presenta como indiscutible y que nos lleva a un futuro imparable de una nueva sociedad libre donde todo será mucho mejor para todos y dónde desaparecerán todos los problemas actuales de la gente. O como mínimo, habrá todas las posibilidades de mejora.

Este discurso obsesivamente impulsado desde los sectores independentistas, y desde el propio gobierno de la Generalitat y los aparatos afines, presenta como imparable este advenimiento de la futura independencia. Además es el camino a seguir y a defender por todos los catalanes. Por todos los que forman el país.

Esta realidad virtual de Cataluña se ha implantado en una parte importante de la ciudadanía. Como mínimo, en una tercera parte de la población que cree en la posibilidad del futuro de la Cataluña independiente. Además de los independentistas de siempre hay una parte de la ciudadanía que ha visto en el futuro de la independencia una vía de esperanza hacia una realidad actual de la que quiere huir y en oposición a la actuación del gobierno del PP.

Para preparar este camino hacia esta futura "Arcadia feliz" o "Ítaca", en palabras del Presidente Mas, se utilizan todos los medios posibles. Se dibuja un pasado histórico a medida, de donde sale la raíz y una de las razones del futuro libre de los catalanes, un pasado que se exalta y se glorifica hasta límites que contradicen la propia realidad histórica. Y a la vez se plantea un futuro donde los catalanes vivirán mucho mejor, una vez se hayan liberado del yugo de una España que "nos esquilma, nos explota y se aprovecha de nosotros", y no recientemente sino a lo largo de los siglos.

Toda una serie de portavoces cualificados, economistas, sociólogos, etc., y el consejo asesor para la transición aparecen de forma permanente defendiendo los aspectos positivos y las excelencias de lo que representará la Cataluña independiente. Así, se plantea sin necesidad de justificación que las pensiones serán un 10% más altas; habrá más dinero para hacer frente a las necesidades sociales; seremos un nuevo estado de la UE porque nadie puede prescindir de la potencia de Cataluña ni de sus siete millones de habitantes. Incluso se llega a decir que serán las propias multinacionales las que no permitirían que Cataluña estuviera fuera de la UE. Mensajes como estos son el pan de cada día de los medios oficiales y afines.

Y lo que es más importante, el camino hacia la independencia será una fiesta. Como las celebraciones de los últimos 11 de septiembre, todo llegará a buen fin si se quiere. Y nada podrá impedir que la consecución de ese futuro dichoso.

Este es el relato que se vive en una Cataluña virtual que parece no querer entender que en la actualidad vivimos en una sociedad de soberanías compartidas y donde los estados-nación han perdido una gran parte de su soberanía en beneficio de entidades supranacionales como la UE.

Este relato de la Cataluña virtual tiene unas razones reales de fondo que lo justifican en parte cómo son: el menosprecio que el Estado y, muy especialmente, el PP y sus gobiernos han tenido respecto a los derechos nacionales de Cataluña y hacia su autonomía; la realidad de un sistema de financiación injusta; una política de desprecio hacia la lengua y la cultura catalanas y el ataque sistemático a su sistema educativo.

En definitiva, el desconocimiento y oposición al hecho plurinacional y plurilingüístico del estado. Todo esto, esencialmente la existencia de un nacionalismo españolista hegemónico, da razones y justificaciones al nacionalismo independentista catalán para justificarse.

En paralelo al relato de la Cataluña virtual existe una real muy diferente. Es evidente que una mayoría de la sociedad catalana sufre una fuerte desafección como consecuencia del recorte del Estatuto. Es también una realidad que una mayoría importante de catalanes están por la defensa del derecho a decidir. Es decir, el derecho a volver a decidir mediante una consulta su relación con el Estado. Una consulta que de alguna manera sería la forma de compensar la anterior decisión sobre el Estatuto que no fue respetada por la sentencia del TC.

Pero la Cataluña real es también aquella que está sufriendo desde finales del 2010 la gestión de los Gobierno de CiU y de Artur Mas. Gobiernos, en una primera fase hasta el 2012 con el apoyo del PP y posteriormente de ERC, que han sido los adalides de los recortes en Cataluña. Un Gobierno de derechas que en nada se diferencia en su actuación del de la derecha estatal en sus políticas antisociales, incluso se complementan. Podemos decir que, tanto CiU como el PP, son los representantes de la política de Merkel y la Troika en Cataluña y España.

Ambos han apoyado las medidas más regresivas, desde la ley de Estabilidad Presupuestaria hasta la reforma laboral. CiU ha llevado a cabo un fortísimo recorte en todos los ámbitos de los derechos sociales básicos en Cataluña, en sanidad, educación, dependencia, etc. Cataluña es el país donde más ha crecido la desigualdad social del conjunto de la UE y también respecto al resto del Estado.

Desgraciadamente la realidad social ocupa muy poco espacio a los medios de comunicación catalanes dominados por el monotema del debate independentista. Las movilizaciones y las luchas sociales no son noticia y cuando se dan no tienen el eco mediático. Del mismo modo, las posiciones políticas de oposición a las políticas austericidas llevadas a cabo por el gobierno de CiU no aparecen en ninguna parte.

Muchas veces hay quién, especialmente desde posiciones de la derecha españolista del PP, denuncia que Mas no gobierna y sólo habla de independencia. Esto es totalmente errado. Mas esconde bajo el discurso soberanista una práctica de gobierno basada en los recortes sociales y en las privatizaciones de servicios públicos, desde la sanidad y la educación al agua, y la venta a precios regalados del patrimonio de la Generalitat.

Todo ello amagado bajo el debate independentista le sirve, por ejemplo, para evitar que, al contrario que en Madrid con la marea blanca, no se haya dado un nivel de movilización que evitara los procesos de privatización de la sanidad pública. La distracción independentista le ha permitido a Mas apaciguar en parte las fuertes movilizaciones sociales a las que tuvo que hacer frente los primeros dos años de su mandato hasta el 2012.

Por suerte, parece que la virtualidad catalana empieza a tener signos de debilidad. El último acuerdo Mas-Junqueras y sus entidades sociales afines parece un acuerdo de prórroga de una situación sin salida. En las próximas elecciones municipales puede darse el inicio del debate sobre la situación social real en Cataluña que acabe con el monopolio de los sueños. Será especialmente interesante lo que pueda pasar en Barcelona si las fuerzas alternativas y de izquierdas consiguen unirse y acabar con la hegemonía nacionalista.

Por último, hay que decir que es cuestionable el independentismo de Artur Mas. Más parece que es un político aferrado al poder, que perdió las elecciones del 2012, donde se dejó un puñado de escaños y que ahora utiliza el fenómeno independentista pera mantenerse en el poder.

El resultado de sus políticas, tanto de las virtuales del soberanismo identitario como las reales de sus políticas económicas y sociales regresivas, ha comportado una pérdida de la cohesión tanto social como nacional en la sociedad catalana.
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