David Fernández: el exceso mesopotámico

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El diputado de la CUP desafió a Rodrigo Rato con una zapatilla

16 de noviembre de 2013 (19:43 CET)

David Fernández es un independentista que no renunciará a Vallecas ni a Zamora (su tierra natal) ni a Marinaleda, ni tampoco a sus artículos en el quincenal Diagonal. Digamos que se las da de cosmopolita. Un independentista redimido, gracias al flamenco, según parece. “El día de la independencia iré al Raval a ver al bueno de Luis Cabrera, fundador de la peña Enrique Morente, uno de los activos de la cultura en Barcelona y en Europa”.

Lo del flamenco es un dato, pero lo que realmente da gusto es saber que la mitografía catalana incorpora, por fin, a Mesopotamia, crisol del zapato arrojadizo. La zapatilla de David Fernández desafiando a Rato significó el teatrillo de un joven valor que le llama gánster al ex presidente de Bankia en vez de aportar nuevos datos del imputado ante el Juez.

Lo segundo cuesta un esfuerzo y, de momento, Fernández es pugnaz en la construcción de sus frases. ¿Quién mueve sus hilos detrás del cartón piedra?

Viste camisetas de todas las reivindicaciones posibles a modo de heterodoxia italianizante. Es un hombre de imaginación alusiva que se considera a sí mismo un azote contra la impunidad de los políticos corruptos: “En este país sólo se indulta a banqueros, policías y políticos”, le lanzó a Justo Molinero en el popular Jarotero de Radio Tele-Taxi, culmen del populismo rancio. Es periodista profesional tal como se definió al entrar en la órbita de su actual formación.

Su firma, entre cáustica y herética, apunta maneras en Rebelión. Su toque zamorano huele a impostación mestiza, algo que sí tiene en común --a pesar de la distancia y del tiempo-- con su compatriota oriundo, Agustín García Calvo, aquel inventor de la Comuna Libre de Zamora, subido siempre a la barricada, con bigote de herradura, pelo esmerilado y la magia de Anaximandro en la palabra.

En lo económico, Fernández es un cooperativista convencido; un anti-mercantilista de los que sentencian a muerte la asignación de recursos del mercado. Le pueden la rabia y la idea, pero se aferra al macizo de la raza; raza catalana claro.

Está considerado un enlace con el mundo de la izquierda abertzale por sus conocidas relaciones con los militantes de Amaiur y por su relación de siempre con Arnaldo Otegi, un reo destinado a convertirse algún día en el Jerry Adams español. Fernández conecta con el frente de Euskal Herria, pero nunca ha sido el “chofer de ETA”, como pretende la versión sesgada de Salvador Sostres, una pluma de almibarada ferocidad.

En los pasillos del Parlament reina la inconsistencia. Algunos aceptan con un mohín de complicidad las salidas de tono de la Candidatura de Unitat Popular (CUP), una formación que defiende el “independentismo de clase”, aunque sin apenas clase, a la vista de los hechos. Se trata de un partido en germen, dotado de una vocación aparentemente leninista, aunque muy alejada de El Estado y la revolución (de su lectura, por lo menos). Si uno va de visita a la sede del Parlament y pregunta por Fernández, lo primero que le cuentan es su sonado estreno en el lavabo de la cámara.

Fue allí donde conoció a Felip Puig. El joven de la CUP le saludó con un “bon dia, honorable”, a lo que el dirigente convergente le contestó dispensándole el trato. Por lo visto, la tirantez inicial procedía de las paredes del despacho de la CUP donde la formación del independentismo puro colgó un póster paródico dedicado al actual titular de Empresa i Ocupació correspondiente a su etapa al frente de Interior. CUP no le perdona al ingeniero Puig que fuese capaz de negar entonces que los Mossos d'Esquadra hubiesen lanzado balas de goma en la manifestación del 14N, en la que Ester Quintana perdió un ojo.

El grupo autoproclamado izquierdista aprovecha cualquier mensaje para alejarse de CiU. Y Fernández le cuelga a este divorcio un adorno de castigo: “La diferencia entre la federación nacionalista y nosotros es la que hay entre la duquesa de Alba y Diego Cañamero”.

Por oposición, el engranaje enfrenta a una Grande de España con el sindicalista de la Sierra Sur que ocupó Las Turquillas. Pues bien, el juego del periodista-político resulta ser un retazo de la corte de los milagros, aquello que los independentistas se empeñan en negar. Ellos ven la radicalidad de lo español, pero evitan su frondosidad. Quieren un cambio de cromos en materia de símbolos. Están interesados en desmontar a Trajano, pero solo si pueden sustituirlo por Jofre.

A Rato no le defiende nadie. Para un consejero de bancos privados, fondos privilegiados y grandes compañías como Telefónica, la zapatilla de Fernández resulta indolora. Pero, en cambio, al ex vicepresidente económico le debe fastidiar mucho que, a su paso por Barcelona (“archivo de cortesía…etc.”), solo le cobijen Sánchez Camacho y su portavoz, Enric Millo, un reservista echado en saco roto.

La época de la coexistencia de naciones bajo un mismo Estado parece pasada de moda, al decir de la CUP. Ahora nos adentramos en el sueño de una nación homogénea que para afirmarse reclama un Estado propio; aunque esto segundo debería ser una feliz coincidencia, del mismo modo que lo es el amor-matrimonio.

El damero territorial se complica con el guion de la lucha de clases, con la aparición de un enemigo común sea cual sea el territorio elegido. Fernández ha escrito que el empresariado catalán es quien más se opone a la independencia.

Su afición al pasado le conduce a Salvador Seguí en una intervención en el Ateneo de Madrid en 1919: “los únicos que se opondrán a la libertad nacional de Catalunya son los capitalistas de la Lliga Regionalista i de Foment del Treball Nacional”. Y resume que hoy, este argumento, bajo las siglas continuistas del ala derecha de Artur Mas y Duran Lleida, sigue siendo válido.
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