Cristóbal Martell: el último penalista

06 de julio de 2013 (19:55 CET)

España es una maraña procesal. Y en medio del marasmo, el abogado Cristóbal Martell blande la defensa de Leo Messi, pillado en “la ley del embudo” junto a Liliana Godia, Casablanca, Cuatrecasas o Carulla. Descifra como nadie los papeles de la Agencia Tributaria; también desentraña los jeroglíficos de la Unidad Especial de la Guardia Civil o de la famosa UDEF.

De repente, todo el mundo lo sabe todo; es la fiebre Snowden. Los sumarios se deforman, adoptan la apariencia extravagante de los espejos del Tibidabo. Los partidos políticos se personan como acción popular en todos los pufos. Acceden con facilidad a la casuística judicial por intrincada que ésta sea y, claro, previenen a sus dirigentes imputables.

Aupados por el sorpasso de la jueza Alaya, los ERE de Andalucía encarnan este teatrillo. La indisimulada procacidad del clientelismo socialista conduce al adiós de Griñán pocos días antes de la imputación de la exministra, Magdalena Álvarez. Alaya se lleva por delante a Leal Bonmati. El PSOE se rearma en el frente mediático. Sobre el Guadalquivir, la guerra se encona: Alaya contra Magdalena, dos mujeres de empeine alto frente a frente.

Barcelona, la ciudad del Palau, dormita con algún que otro sobresalto fiscal. Los abogados de parte (Tubau, Molins, Zegrí, Pascual Vives, etc.) abren la última página de la crónica judicial. La escribirá Cristóbal. El letrado enjuto de origen tinerfeño sella puertas y ventanas para hincarle el diente a la montaña de papeles que escupen el TSJC y la Ciutat de la Justícia.

El viejo templo del arquitecto Sagnier, en la Avenida Lluís Companys, solo es una reliquia. Las vistillas son de quita y pon, las piezas aparte no cuentan y los juicios orales llegan de pascuas a ramos. En la era del miedo, no valen los viejos tejemanejes del pasado; tampoco sirven los latinajos de Pintó Ruíz. Ni el mismísimo Miquel Roca (¿portavoz de la infanta Cristina?) resulta creíble en los tiempos que corren.

Martell se ocupa de Messi, al que hasta ahora representaba el bufete Juárez Veciana. Para abrir boca, le ofrece al fiscal una lluvia de millones que recaudará Hacienda. No es su primer envite. Descargó al constructor Núñez, al killer camerunés Samuel Eto’o y a Eugenio Mora, el ex dueño de Burberry. Martell sale caro, pero desinculpa.

Los rigores de la canícula cierran ventanas y corren visillos. La abogacía es un mundo de interiores. Y ahí es donde triunfa el perfil huesudo del abogado guanche. De adolescente, Cristóbal corría Balmes abajo con la pandilla de su amigo Francesc Jofresa (Jufri), aficionado a matar gatos con tirachinas; los chicos de pantalón corto y calcetín blanco atravesaban a la carrera el barrio de Sant Gervasi tras recoger a sus camaradas del Betania Patmos y del Virtèlia.

Martell y Jofresa empezaron su trayectoria profesional en el bufete de Luis Sentís Anfruns, el antiguo secretario de la Diputación que señoreó la isla de Cadaqués, donde el mar se angosta hasta alcanzar la piedra negra de Port Lligat.

El despacho de Sentís estaba situado en el ático de un edificio propiedad de Rosa Esteva, la actual patrona del Hotel Omm, hermana del llorado Jacinto Esteva, cineasta y cazador de elefantes. Su balcón daba encima de La Punyalada, restaurante y centro de tertulias del pasado con la tinta de Néstor Luján pegada en los manteles.

Mucho después, ya en el inicio de su plenitud, Jofresa y Martell llevaron la defensa del financiero De la Rosa. Se separaron. Martell huele a mecanografía y a estrategia. Vive bajo el paraguas de Córdoba Roda. Es caudatario del maestro Octavio Pérez Vitoria. Heredero intelectual de los Jiménez de Parga, togas de ayer, germinadas en la Granada de los Rosales. Cristóbal pasó un tiempo bajo la sombra de Luis del Castillo, ex decano del Colegio. Del Castillo es un letrado en el amplio sentido del término porque, además de abogado, fue editor de Ariel junto a su amigo del alma Gonzalo Suárez, ambos niños del exilio interior acariciados por el aire fresco de la Institución Libre de Enseñanza.

El perfeccionismo es un vicio plebeyo. Cristóbal lo practica hasta la saciedad. Sabe que la exactitud es el único camino. En las leyes como en el arte, “la belleza aparece si subyuga su romanticismo” (Andre Gide); un aforismo del que se desprende precisamente la necesidad de subyugar. La ley es polisémica por naturaleza. A cada paso, la palabra se esfuma bajo su significado. El relativismo está en la base de la maraña que nos infecta. En la España de Rajoy, los turiferarios del Consejo General del Poder Judicial han ungido políticamente a sus magistrados.

Madrid está dispuesto a llegar tan lejos como se lo permita la nueva Ley de unidad de mercado. A cambio, concede el lastre de la descentralización judicial, un regalo envenenado. Cuando llegue el mercadeo de los españoles, solo quedará la riqueza implícita.

En épocas de abundancia revive la Compilació, nuestro legendario código civil catalán. Sin embargo, con la depresión reaparece lo penal. Es el fin de la complicidad. Ningún pasante espera el reparto a la puerta del juzgado. Demolido por las tasas del ministro Ruiz Gallardón, el defensor de oficio cae en picado.

Solo los mejores aguantan el tirón, pero la selección natural se efectúa lejos de la Sala, en los consejos de administración. Y, cuando Montoro saca sus perros de presa, ya es demasiado tarde. La prueba es dogma de fe. De mitigar su carga se ocupa Cristóbal Martell, el último penalista.
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