Crisis sin modelo productivo de futuro

13 de agosto de 2012 (11:53 CET)

En la segunda semana de agosto se suelen publicar los datos que evalúan el primer tramo del año, y las previsiones para el segundo semestre. El análisis de las estadísticas relativas al Estado español muestra la debilidad del consumo interno fruto de la alta tasa de paro (24,63% de la población activa en junio), por la continuada bajada de la actividad económica que afecta a los ingresos del Estado y por la disminución de la renta disponible de las unidades familiares, tanto por menos salarios como por el incremento de impuestos.

Vivimos inmersos en un periodo en que, de forma progresiva, se ha ido incrementando la presión fiscal, se ha reducido las prestaciones sociales, ha subido el paro a tasas insostenibles, y el consumo y la actividad económica han disminuido sensiblemente. Un conjunto de hechos que, al alargarse en el tiempo, genera desconfianza y el cierre de los mercados de capital. Un escenario, el español, no muy distante al italiano, y que tiene paralelismo con los periodos previos a la intervención en el silencioso Portugal o en la olvidada Grecia. Una situación que nace como consecuencia de un gasto insostenible, fundamentado en el crédito externo, pero que se convierte en crónica fel colapso económico que en gran parte está originado por las exigencias, en cuanto a déficit, y la inacción del BCE que impone y lidera Alemania. Una terapia que, portada al extremo, retroalimenta la espiral negativa, conduciendo a la Unión Europea al empobrecimiento, y a la posible y probable rotura de la zona euro.

En cuanto al empobrecimiento de la Unión y el freno en el desarrollo económico que desestabilizará el mundo, hay que considerar, en primer lugar, los problemas de Italia y España, que conjuntamente suman el 28% del PIB de la eurozona, y que ocho de los 17 países que la configuran ya están en recesión. En segundo lugar, que la economía británica no crecerá según los últimos datos del Banco de Inglaterra; y, en tercer lugar, que en Alemania el pasado junio, la producción industrial cayó un 0,9%, que su cartera de pedidos disminuyó un 1,7%, lo que conduce a estimar que a final de año, el decremento acumulado, puede llegar al 8% en caso de no cambiarse las políticas de asfixia impuestas a los países del sur. Un escenario en el que sólo hay dos alternativas: o se inicia la salida del euro abordando todos los problemas asociados que comporta, o se solicita el rescate cuánto antes, dando credibilidad al señor Draghi que afirmó que el BCE comprará bonos de los países periféricos de la Unión cuando España e Italia pidan el rescate.

Sin duda, un Estado sin un Banco Central capaz de emitir moneda y que no puede afrontar los vencimientos de su deuda soberana (ni incrementando el precio a pagar a unos porcentajes donde el futuro acontece imposible), no puede eludir la solicitud del rescate. España, más bien pronto que tarde (un buen amigo alto funcionario de la Unión hace meses que me dio por seguro que ocurriría la primera quincena de septiembre), abrirá un periodo en el que la capacidad de los gobiernos, en cuanto a autonomía de decisión política, se verá reducida drásticamente. De hecho, quienes tendrán la última palabra, en aspectos directamente asociados a la soberanía popular, serán tecnócratas designados por quienes aportan el dinero. Pero entonces, nada positivo en el futuro se solucionará, si el Estado no tiene claro qué modelo productivo es el que se quiere, cuál se precisa y cuál se puede desarrollar.

Este es un debate inaplazable que ha sido retrasado durante demasiado tiempo por la presión de lo urgente. Esta discusión es lo realmente importante. Es decir, cómo generaremos millones de puestos de trabajo, cómo recuperaremos la senda de crecimiento, cómo pondremos en valor el capital humano de los jóvenes y el progreso científico. En definitiva, cómo generaremos los recursos que no sólo posibiliten devolver las deudas, sino aquellos que posibilitarán el progreso humano y social, preservando la calidad de vida y el cuidado y protección de los más necesitados. Éste es sin duda el reto pendiente, un reto inaplazable pero que parece olvidado por muchos.

En este proceso definitorio del modelo productivo, de reinventarse a sí mismo, no se puede olvidar que los países que mejor han soportado los efectos de la crisis son aquellos que tenían una fuerte base industrial, tanto manufacturera cómo aquella que incorpora en sus productos los progresos científicos y los avances tecnológicos.

España para salir de la crisis requiere cuidar y potenciar la industria, considerando que, a pesar de las experiencias inmobiliarias y especulativas en que se sumergió y de las políticas de menosprecio de los procesos industriales, todavía existe una base industrial con buenos productos y una dotación de capital humano altamente experimentada y cualificada. Todo ello se constata al comprobar que su participación en el PIB es del 15%. Esta cifra dista del 25% que tiene Alemania y está por debajo de la media de la Unión, que es del 20% pero permite afirmar que se dispone de una buena base para abordar la reindustrialización del Estado. Así se vertebraría un modelo productivo sustentado en la innovación, en la internacionalización y en la colaboración leal y fluida de la universidad y las empresas.

España es un país industrial. Nuestro futuro pasa por su capacidad y ese aspecto tendría que ser asumido colectivamente para forzar a los poderes políticos que cambien sus políticas. Es preciso que los gobernantes pasen de los silencios, o de las palabras de reconocimiento en momentos puntuales, a la acción y el apoyo decidido y continuado a la Industria. Hay que escuchar a los industriales con el fin de que las actuaciones de política industrial sean el resultado de una mayor presencia del sector industrial y manufacturero en el diseño de las políticas de las administraciones y, a la vez, facilitar el aumento de la competitividad asociada a los proyectos de inversión industrial, que no pueden quedar limitados por el acceso a una financiación que últimamente se ha encarecido o cerrado. Toda una serie de medidas que tienen que ir acompañadas de un conjunto de acciones para relanzar la figura del industrial y revalorizar socialmente su imagen, como creador de riqueza y ocupación.

Tenemos palancas para salir de la crisis. El reto es dejar de mirar permanentemente el comportamiento de los mercados y trazar un camino decidido hacia la industrialización y la generación de ocupación. Hacerlo depende de nosotros. Con o sin rescate. Con o sin Euro.
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