Cospedal se encastilla

17 de agosto de 2013 (20:57 CET)

María Dolores de Cospedal provoca entusiasmo en los bufetes y cabreo en la calle. Ella niega las donaciones de empresarios al PP; también niega la contabilidad B del ex tesorero Bárcenas. Así lo hizo el pasado miércoles cuando, vestida de blanco y con falda a media asta, entró en los despachos de la Audiencia Nacional de la calle Prim. Salió dos horas y media más tarde; olímpica y metódica. Altanera más que altiva, solo dobló la cerviz para meterse en el asiento trasero del coche camino de Génova. En Madrid, se ha subido el telón de la política: los españoles se pelean. Mejor dicho, se divierten, como dice el título de Fandango, el conocido alegro de Luigi Boccherini, que fue chelista y compositor en la Corte de Carlos III.

En apenas un rato, los demonios familiares de España han desfilado por delante de Pablo Ruz. Aun en plena canícula, Madrid es un hervidero. En algunos barrios, se vive intensamente la última verbena. Por su parte, los preferentistas, en su mayoría jubilados, se arremolinan en la esquina del Paseo Recoletos, justo donde Interior ha colocado una dotación de antidisturbios. Un fuerte dispositivo policial, compuesto por una decena de furgones blindados y más de una veintena de efectivos, rodea el perímetro de la sede de la Audiencia Nacional. Y cinco días después, al final del puente de agosto, Ruz exige al PP que le entregue los ordenadores el ex tesorero y cita a las secretarias de Lapuerta y Bárcenas, (Rosa María López y Estrella Domínguez).

El magistrado busca el rastro digital de la contabilidad B. Pero Cospedal ya está de vuelta, concentrada en su veraneo de Guadalmina; bikini floreado y parada en El Ancla, el reducto 'pepero' de Marbella fundado por Goizueta. Durante el interrogatorio de Ruz, la número dos del PP negó haber intervenido en las condiciones de salida del ex tesorero. La secretaria general de los conservadores nunca pierde la forma. Cada mañana, recorre unos cuantos kilómetros a pie junto a su marido, Ignacio López del Hierro, empresario y ex gobernador civil. Aguanta el tipo. Es una mutante, como demostró en el Corpus Christi de 2011 cuando lució mantilla y peineta en la catedral de Toledo para satisfacción del clero castellano receloso de una mujer que había sido madre soltera y que había defendido la adopción de las parejas gays. También sabe ponerse a salvo. Según su versión, el pacto con Bárcenas es responsabilidad del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y del entonces secretario general, Javier Arenas. Además, rechaza ante el juez el pago de 200.000 euros supuestamente entregado por el ex presidente de Sacyr, Luis del Rivero, al PP de Castilla-La Mancha (durante la última campaña electoral), después de que una filial de la constructora hubiera obtenido un contrato público de limpieza.

Cuando se habla de dinero, ella utiliza el desdén. Cospedal niega la mayor, y Ruz capea el temporal evitando la inculpación prematura de José Ángel Cañas, gerente del PP en Castilla-La Mancha. Delante del fiscal (Antonio Romeral), el magistrado exhibe su acerado rigor procesal para evitar una declaración de Vicente Tirado, presidente de las Cortes de aquella comunidad, que debería responder ante otra jurisdicción.

En su mejor época, el PP tuvo una comisión de infraestructuras, una instancia que concedía obras públicas avant la lettre; y es ahí donde le duele. Lo confirmó un directivo de la constructora Rubau y lo certificó el mismo Álvarez Cascos. A la vista del despropósito, Cospedal se quita de en medio. Le pasa el testigo a Rajoy, su jefe, un hombre de medias verdades, capaz de ganar a la prima de riesgo, pero incapaz de gobernar a su propio partido. El PP se rompe. La presidenta de Castilla-La Mancha se encastilla. Inicia una operación limpieza para fumigar a la gerontocracia y volarle la cabeza a Javier Arenas, un centrista (empezó en UCD) con escamas en la piel. La gangrena interior avanza mientras el recambio aguarda con inquietud: Esperanza Aguirre volverá a la política si Rajoy se ve obligado a dimitir. En las inmediaciones de la Audiencia, partidarios y detractores de la secretaria general del PP se enfrentan verbalmente. Los miembros de Nuevas Generaciones corean a María Dolores.

En Castilla-La Mancha, Cospedal se ha consagrado a taponar la hemorragia del gasto público. Ha reducido el sueldo de los funcionarios, ha eliminado 15.000 interinos, ha chapado 61 escuelas rurales, ha suprimido la gratuidad de los libros de texto, ha cancelado los convenios con las casas de acogida de mujeres maltratadas, ha dejado de pagar el complemento de 400 euros al año que recibían 32.000 viudas y viudos, ha retenido la ayuda del Gobierno central para la dependencia y ha cerrado las urgencias médicas rurales. Es veloz. Estudió Derecho en la Universidad católica San Pablo-CEU y se convirtió en letrada del Estado. Pasó por el reformismo de Miquel Roca, aprendió mañas con Ángel Acebes y hasta tuvo su momento álgido cuando sumaba cargos y remuneraciones como senadora, abogada y secretaria general del PP. Pero aceptó una reducción drástica al convertirse en presidenta autonómica, un cargo incompatible con cualquier otro sueldo.

Luis Bárcenas aseguró ante el magistrado haber pagado hasta 90.000 euros en negro a Cospedal y a Mariano Rajoy entre 2009 y 2010; pero, ¡ay!, no tiene el recibí. Algo huele a podrido; solo huele, como en los callejones de Valle Inclán. Max Estrella, el gran caminante de Luces de bohemia, narra las peripecias de Alejandro Sawa en las cloacas del poder. Solo lo cuenta. No tiene pruebas y, cuando muere Sawa, su obra sale a la luz con un prólogo casi inédito de Rubén Darío. Mucho sentimiento y poca letra. Sawa fue un poeta ágrafo, como Bárcenas es hoy un contable sin recibí. En el PP nadie reconoce las verdades del barquero. Salvo Cristóbal Páez, el hombre que sustituyó a Bárcenas en 2010 y que admite haber recibido pagos en dinero negro.

La dama arranca sonrisas a los de arriba y cabrea a los de abajo. Por vocación, Cospedal está más cerca de Minuetto que de Fandango, las dos piezas de Boccherini. A ella, le tiran los salones pero le puede la calle.
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