Corrupción al viento

26 de abril de 2015 (21:04 CET)

Como en el dilema del huevo o la gallina, no se sabe si la energía limpia atrajo al dinero sucio o viceversa. Pero, a la par que el boom del ladrillo, en la década pasada nació en España el nuevo fenómeno de la Eolocorrupción sustanciada en buena parte en los 22.240 parques eólicos. Y con el respaldo de unas primas o subvenciones anuales de 1.250 millones de euros, 32.250 en los 25 años convenidos.

El fenómeno sigue vivo. Sobre todo en años hiperelectorales como el presente. En una especie de suma y sigue, la Agencia Tributaria ha destapado en Castilla y León una trama de comisiones para agilizar, desbloquear y conceder directamente la construcción de parques eólicos. Salpicará a más cargos y a otras comunidades autónomas.

Llueve sobre mojado. Los vientos de corrupción se tornaron en temporal a partir del 2000, año en que la UE puso sobre la mesa 6.000 millones de euros para subvencionar la energía eólica hasta el 2013. Una energía, que posee el beneficio de la duda porque presenta una imagen ecológica por encima del reproche político.

Además, se beneficia de la imposibilidad de cuantificar el nivel de fraude en el gasto público por la maraña de competencias políticas y fiscales. Los controles irregulares completan el señuelo para toda una serie de políticos y empresarios corruptos que intentan literalmente sacar dinero del aire.

Con la energía eólica derramando euros en las arcas municipales se emprendieron colosales construcciones y despilfarros en ciudades como la zaragozana de la Muela. Los gigantescos molinos de viento se convirtieron en el nuevo oro para muchas comunidades rurales y las administraciones por el cobro de rentas e impuestos.

Plantar molinos, a unos 3.000 euros por unidad, también ha sido para los dueños de terrenos mucho más lucrativo que sembrar para cosechar. Y un negocio redondo para las eléctricas, que tienen garantizadas las primas que pagan los consumidores en el recibo de la luz. Y para los bancos, que otorgaron préstamos generosamente.

La llamada por algunos burbuja eólica tuvo su punto flaco en la exclusiva y dócil competencia autonómica y local para otorgar licencias y refrendar estudios de impacto ambiental, con dudosas comprobaciones in situ de ruidos y posibles daños sobre la flora y la fauna. Se acompañaban de concesiones con sombras, a veces sin licitaciones públicas ni toma de decisiones transparentes.

La autorización estatal sólo se ha exigido en parques de mucha potencia o que afectaban a más de una comunidad. Se cuentan con los dedos de una mano. Los ecologistas ponen como ejemplos de desaguisados medioambientales, fruto de esta política de Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como, los que han rodeado de turbinas mastodónticas, con sus luces rojas intermitentes y permanentes, la ciudad medieval con el nombre árabe-latino más bello de España, Medinacoeli. O la celtíbera y romana de Tiermes, también en Soria.

La prepotencia y el campeonato entre ingenieros a ver quién colocaba los molinos más altos, y con mejor viento, llevaron también a cercar ermitas románicas, cercenar sabinas milenarias y destruir enclaves de alto valor estético y ecológico, con grave perjuicio para el turismo rural. "La verdad, habría bastado con que la autoridad hubiese exigido instalaciones sin impacto paisajístico y, para compensar la producción, autorizar algunos aerogeneradores más", entona su mea culpa un técnico que trabajó en este prodigioso negocio.

Oliendo tan mal estos molinos, Don Quijote, no habría dejado ni uno solo en pie.

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