Conservación o disrupción

17 de marzo de 2013 (13:32 CET)

El mismo día que el flamante Papa de nombre franciscano exhortaba con humor a sus cardenales con un “que Dios os perdone”, un tribunal de Luxemburgo, en el que no interviene el Espíritu Santo, condenaba a España por ilegalidad en la ley hipotecaria. Permite cláusulas abusivas que sufren los ciudadanos con DNI español.

Un amplio movimiento de consumidores, utilizando la legislación supra estatal, ha hecho arrodillarse al Estado oligárquico, contrario a los intereses de la mayoría. Es un episodio más de hacia dónde se mueve el conflicto social principal en el siglo XXI. No entre trabajadores asalariados y empresas, donde la diversidad de estatus hace prácticamente imposible que exista una verdadera solidaridad de clase entendida como en el siglo XIX.

¿Qué tiene que ver la defensa de los privilegios de la aristocracia obrera de ciertos segmentos de empresas públicas, para públicas o ex públicas, con la del trabajador de una micro empresa o con la del autónomo con muchos menos derechos que los primeros?

En cambio, las prácticas abusivas del capitalismo más especulativo y de servicios con mercado cautivo o regulado, y de algunas multinacionales que pueden traficar con la explotación de los productores y la inseguridad de los consumidores, chocan directamente contra movimientos de consumidores activados por redes sociales. Cada vez con mayor capacidad para apelar a instituciones de rango superior.

Cuando tenemos la desgracia de depender de estados retardatarios, ineficientes y oligárquicos, ese movimiento es una gran suerte. En cambio, los que salen perdiendo en calidad democrática por la dependencia europea, pueden ser los ciudadanos nórdicos. Viven hace tiempo en el marco de democracias avanzadas, de calidad y participativas. Los poderes comunitarios también son sensibles a las presiones de lobbies influidos por la mentalidad conservadora y autárquica dominante en el Sur y Este de Europa. Aunque siempre es bueno para un ciudadano, del lugar que sea, tener una instancia superior a la del propio estado.

En España ya sabemos qué pasará. Está anunciado. El Gobierno hará una operación gatopardiana para simular cuatro retoques sin cambiar nada que perjudique a la banca. El gobierno español es un insumiso ante Europa. Bruselas quiere el Corredor Mediterráneo, Madrid, erre que erre: Corredor Central. El Tribunal Constitucional hace varias sentencias favorables, por ejemplo, el traspaso a la Generalitat de competencias en becas o de la partida del 0,7% social. No se cumplen. Y tanto panchos.

Larry Downes y Paul F. Nunes describen en Harvard Business Review  el papel creciente en el cambio de modelo productivo de las empresas y los innovadores disruptivos y rompedores. Y cómo las grandes corporaciones que se empeñaban en posiciones cómodas y conservadoras acababan al museo de los diplodocus. En este sentido, los autores daban algunos consejos para no perder el tren.

(1) Ser capaces de tener una buena prospectiva y visión de las tendencias de futuro. Esta visión a veces no está en las propias filas. (2) Promover en la misma empresa áreas o productos disruptivos y experimentar. (3) Tener la agilidad necesaria para retirarse a tiempo de un frente donde acabará perdiendo o empantanado. (4) Probar nuevos tipos de diversificación. No responder de forma monocorde y con el déjà vu. (5) Promover al máximo las propias innovaciones.

Vistos estos consejos para las grandes empresas que no quieran perder el tren de la innovación, uno se pregunta por qué los dirigentes políticos de estados como el español, que regalan los empresarios con el ritornello de la necesidad de la innovación, no se los aplican.

Uno se pregunta por qué se debe innovadar en la empresa privada y ser un reaccionario en el sector público. Uno se pregunta por qué una multinacional puede llegar a la conclusión de que debe darle autonomía plena a todo un área o segregar en una nueva empresa y los estados, como el español, hacen pasos en sentido contrario.

Uno se pregunta por qué las empresas son muy sensibles a las demandas de los consumidores pero en cambio los estados, como el español, una vez advertidos por los usuarios, en este caso, desahuciados, y por las instancias europeas, se continúan pegando a la sacrosanta soberanía nacional para mostrar a todos una vulgar peineta, como Bárcenas.
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