Confianza

Sin título

03 de abril de 2009 (10:12 CET)

La Real Academia da como primeras acepciones de la palabra confianza las de "esperanza firme que se tiene de alguien o algo" y la de "seguridad que alguien tiene en sí mismo". El significado de la palabra es el que suele darse a otras como fiducia y trust.

Todas tienen un referente común, la convicción de que la expectativa se cumplirá y que lo que ocurra será lo anticipado. Así, cuando se hace referencia a los billetes emitidos por un banco central se les califica de dinero fiduciario, denominación correcta porque si se aceptan en pago de algo es porque el que los recibe considera que también a él se le aceptarán cuando los use para sus compras. Esos billetes carecen de valor intrínseco y no son cambiables por oro o cualquier otra reserva valiosa en sí misma. Cuando se hacen emisiones de billetes en exceso, esto es, cuando hay inflación, la falta de confianza obliga a dar más por lo mismo, o sea suben los precios y la moneda en cuestión se devalúa en poco tiempo.

La relación con los demás tiene un componente de incertidumbre que conviene acotar, prevenir y asegurar. Por eso hay expresiones del tipo "la confianza es buena, pero el control es mejor", "la confianza es necesaria, pero no suficiente", "la confianza se documenta", "donde no hay confianza hay que ir confianza". Así, cuando alguna conducta puede ser lesiva para terceros, se regula el comportamiento para evitar prácticas oportunistas. Estas prácticas en las finanzas han contribuido a la expansión y profundidad de la crisis que padece el mundo y, también, han dado lugar a una desconfianza generalizada que impide que algunas medidas de política económica, como la provisión de liquidez a las entidades bancarias, sean eficaces. La fiabilidad de alguien se pierde si frustra las expectativas generadas, o, peor aún, cuando se comporta de igual manera - incorrecta- que en el pasado, lo que avala la convicción de que sus fallos son irremediables. La confianza, una vez perdida, es muy difícil de recuperar. Cuando esto ocurre el recelo sobrevenido reduce el incentivo a tomar decisiones y a asumir riesgos, de manera que la actividad se reduce y, en la parte que persiste, se dedica tiempo, esfuerzo y dinero a redactar contratos con cláusulas preventivas, supervisión estricta, etc. Si una persona incumple sus obligaciones y no aporta lo que se espera de ella perjudica a sus relaciones, pero si quien falla es una administración pública los que sufren las consecuencias son todos los que están bajo su jurisdicción.

Pedir confianza es una tarea baldía porque no es algo que pueda solicitarse o exigirse, hay que ganarla y sólo la obtiene quien la merece y sirve de ejemplo. Para el buen funcionamiento de la economía, las empresas y las relaciones personales debe ser recíproca, aunque no simétrica. Quien detenta la autoridad ha de mostrar serenidad, un temple y consistencia que le haga acreedor a la credibilidad que desea y le capacite para generar entusiasmo y esfuerzo. El requisito básico es la coherencia en la labor, continuidad en los objetivos, adecuación de los medios y actuaciones. La meta debe explicitarse con claridad, las propuestas deben ser compatibles con los medios disponibles y no depender de la aquiescencia o buena voluntad de terceros. Alain Peyrefite (La sociedad de la confianza) y Francis Fukuyama (Trust) han resaltado el vínculo entre la estabilidad y la confianza con el desarrollo económico.La vida cotidiana ofrece suficientes cambios y sorpresas como para que puedan absorberse nuevos sobresaltos en forma de legislación inesperada o reinterpretaciones de conceptos y normas que se consideraban estables y comprendidas. Parte de las aportaciones principales de las autoridades están en la precisión de la normativa que aprueban, la corrección en la verificación del cumplimiento y la justicia en las sanciones que deban imponerse. Si las normas y sus objetivos contienen elementos de ambigüedad, o son alterados por cambios dictados por circunstancias efímeras hundirán el crédito y la estabilidad de las relaciones entre personas e instituciones. En estos casos, cualquier apelación a cambios de conducta -propia o de terceros-, expresiones de entusiasmo respecto al futuro e intentos de insuflar ánimo a los demás, pierden eficiencia y se convierten en actitudes patéticas.

La reiteración de paquetes legislativos que no llegan a plasmarse en acciones que resuelven problemas consigue el mismo efecto que el exceso de emisión de moneda, el descrédito de las normas y el de quienes las elaboran y aprueban. La regulación apresurada tiene defectos y entre la idea inicial y la plasmación definitiva suelen darse cambios importantes. Para prevenir incidencias derivadas de la obtención de información adicional, o de la toma en consideración de implicaciones de segundo grado que podrían desnaturalizar el impacto directo, esa oferta legislativa se hace incluyendo salvedades y condiciones que califican la idea central. Para el lector avezado lo que verdaderamente importa es la coletilla que cambia la esencia de lo pretendido. Así, por ejemplo, la excepción del interés general induce a pensar que cualquier desarrollo se basará en ese interés y no en lo que se presenta como principal. El resultado es que la norma se olvida antes de que se la desarrolle.
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