Con nuestro mal... no ganáis nada

Sin título

18 de febrero de 2009 (19:15 CET)

No es momento de hacer grandes beneficios, pero menos aún de arruinarse o de dejar que se hundan otros. La tarea es volver a la normalidad, sabiendo que ésta no es la exuberancia del crédito barato. La tentación fácil es culpar a los demás y no hacer nada.

Pocos cuestionan esas prioridades, pero muchos ignoran la dificultad del retorno a lo usual. Fue fácil dejarse ir por la pendiente resbaladiza de los tipos de interés reales negativos, pero es complicado volver a un nivel de coste del crédito que no expropie al depositante y es imposible para quien sólo podía subsistir con intereses reales negativos. Hay que enderezar el bastón que se curvó, y no debe romperse en el intento. El momento tiene más riesgo e incertidumbre de los que pueden recordar la mayor parte de la población más distorsiones,retórica y cortinas de humo de las que soporta una discusión leal y constructiva, pero debe hacerse para aprender en el proceso y mejorar las actuaciones que frenan la caída en el nivel de actividad. La tasa de otorgamiento de nuevo crédito es cada vez menor, las renovaciones más difíciles, los márgenes más elevados, la subrogación de hipotecas más rara, las garantías exigidas mayores, el proceso de estudio e instrumentación máslento y las compensaciones más exigentes. En parte, se trata de eliminar excesos del pasado reciente.Y, también en parte,la prima de riesgo ha subido. El resto puede atribuirse al exceso de prudencia y la provisión de liquidez de las entidades financieras en prevención de dificultades de renovación de cédulas colocadas en los mercados mayoristas.Hay poco que ganar con créditos forzados y mucho que merecer (nada menos que la fidelidad de por vida) si se apoya al cliente capaz de valorar el gesto oportuno. La autoridad monetaria debe insistir en lo primero, que es una obligación indeclinable, y que el Gobierno garantice parte del nuevo crédito a pymes, sin endeudarse ni desembolsar efectivo, sino compensando la pérdida asociada a la fallida con reducción en el pago del Impuesto de Sociedades del ejercicio en que se produjo.

Hay quienes creen y explican que el Gobierno usa a la banca como pretexto de su incapacidad y hay quienes afirman que el nuevo crédito va en buena parte a las filiales de entidades financieras. También se ha sugerido que la inacción y la lentitud en decisiones financieras sirve al propósito de que lo que deba perderse caiga cuanto antes. En el otro lado se apunta que no hay peticiones de crédito, lo que sólo es cierto en lo concerniente a nueva inversión, pero no a renovaciones. Si el canal del crédito se sigue estrechando y faltan mejoras perceptibles, aumentará el descrédito y la desconfianza frente a las finanzas y las Administraciones Públicas (AAPP), lo que dificultará la recuperación.

Hay otras medidas reclamadas y aprobadas, pero no aplicadas. Una de éstas es que las diferentes AAPP procedan al pago inmediato de cantidades vencidas y no abonadas. El alargamiento de estos plazos daña a las empresas que las tienen como clientes principales. En el mismo sentido van las devoluciones de tributos anticipados y la permisividad de un aplazamiento temporal de los pagos fiscales, que se ha autorizado para algunas empresas grandes, pero no para la generalidad.

EL TIRO POR LA CULATA. Las apelaciones a la solidaridad, la confianza y al esfuerzo pueden obtener el impacto opuesto al deseado si hay contradicciones entre esas prédicas y el comportamiento de parte de las AAPP, especialmente de las que  se demoran en sus obligaciones de pago y en el cumplimiento de plazos que ellas mismas se marcan, pero que imponen de modo draconiano a los ciudadanos. Si se exigen responsabilidades más allá de la ley, se piden verificaciones externas “voluntarias” y se crean organismos de inquisidores (perdón, de observadores, expertos o asesores) voluntarios y no se aporta el ejemplo adecuado, el efecto es deplorable. El sector público debe mantener su actividad gestora, supervisora y sancionadora, pero el endurecimiento de inspecciones y sanciones,muchas veces discutibles y recurribles (pero con dejación de derecho por el tiempo y coste de hacerlo prevalecer),  en momentos como los actuales se asimila al sarcasmo.Un ejemplo es la trasposición de la directiva europea sobre servicios. Debería suscitar entusiasmo y acelerarse porque aporta aire fresco en un marco enrarecido y facilita el inicio de actividades y la creación de empleo. Sin embargo, se espera muy poco de ella. Puede apostarse a que su sentido se distorsionará con alegaciones a la protección urbanística o medio ambiental, con la creación de registros, la exigencia de colegiación y otras medidas anticompetitivas.

La petición de crédito para inversión es ínfima, a pesar de que los proveedores de bienes de equipo pueden dedicar más tiempo a sus clientes y ofrecer precios atractivos. La inversión se mueve con el nivel de actividad económica, pero de forma hipersimétrica, creciendo más que ésta en el auge y hundiéndose más en la depresión. El director más atrevido tiene dificultades para convencer a su consejo, que suele pensar que es preferible concentrar todos los esfuerzos en salir de la tesitura presente, aunque sea a coste de perder alguna de las ventajas de la situación. Eso permite que los recursos disponibles puedan ser suficientes para atender a la financiación del circulante.
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