Cómo fluye la opinión en Cataluña

10 de octubre de 2014 (00:00 CET)

La política emocionalista distorsiona el discurso de la opinión pública. En buena parte es lo que está ocurriendo en Cataluña porque los debates se ensimisman en la confusión semántica a la que conduce la entelequia de un derecho a decidir, por ejemplo.

Existe o existía algo que era la voluntad de vivir en sociedades íntegras, en comunidades estables y cohesionadas. Hará falta un rencuentro con las virtudes públicas sin que sea un mirar hacia atrás. La marea de la corrupción inquieta y exaspera a los ciudadanos, de Cataluña y de donde sea. Véase, entre otros, el caso de Jordi Pujol.

Después de vivir en el paraíso de la burbuja del crecimiento acelerado, quedó manifiesto que no hay otro camino que la realidad para las políticas post-ideológicas, para un pragmatismo con valor moral.

Sin embargo, el proceso esbozado por Artur Mas desemboca en un irrealismo sin salida. En realidad, distancia a una sociedad compleja y post-industrial como Cataluña de los debates globales de este inicio de siglo. Mejor encajaría una mayor racionalidad y una dosis menor de sentimentalismo.

Más allá de una política sin rumbo, está la post-crisis. Si de una crisis no sacamos lecciones, ¿de dónde? La grave irresponsabilidad fue gastar lo que no se tiene, en los presupuestos públicos y en la economía doméstica.

 
Con tanta televisión basura queda subrayada la notoria carencia de opiniones públicas articuladas
Acostumbrados a las prestaciones del Estado de bienestar, nos olvidamos de ahorrar. No siendo un país rico, sin recursos naturales, derrochamos en un gasto que países más ricos no se han permitido, aunque todo el mundo parece haber pecado de lo mismo. Por eso en esta frágil post-crisis vamos, un poco a tientas y a ciegas, en busca de un equilibrio entre la austeridad y el crecimiento. Eso lo sabe Mas, o lo sabía antes de ponerse a surfear en la ola independentista.

La austeridad era uno de aquellos principios no sistematizados en los que se basaban las clases medias. También el ahorro. No endeudarse y, sobre todo no dejar deudas para la generación siguiente. Esos principios se transmitían de generación en generación, pero algo lo dificultó. Habrá que ver cómo sabremos adaptarnos al salir del túnel. Las sociedades del bienestar tienen futuro si se ofrecen nuevas formas de gestión o de cogestión. Esa es una cuestión crucial, de más peso que algunas de las vaguedades inconsecuentes del secesionismo.

En política, es tal la presión de los períodos electorales y son tantas las inercias que las ideas no tienen tiempo para ubicarse en la vida pública. Sin nuevas ideas se cae en el populismo. Con tanta televisión basura queda subrayada la notoria carencia de opiniones públicas articuladas. Son cosas de la radiofonía “abertzale”. También es un peligro muy real no distinguir entre Demóstenes y los personajes de Sálvame.
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