Ciudadanos e ideología vs representación y poder

31 de marzo de 2014 (18:44 CET)

Uno de los retos a los que se enfrenta la sociedad española en esta década es cómo salir de la crisis política en la que nos hallamos inmersos.

En el conjunto del Estado, el índice de confianza en nuestros políticos se sitúa en el más bajo de la última década.

Los últimos datos difundidos por la Encuesta Social Europea nos muestran cómo la calificación otorgada es de tan sólo un 1,8/10 para los dirigentes políticos y un 1,88/10 para los partidos.

Además, las protestas y movimientos ciudadanos, como el 15M o las recientes marchas de la dignidad, surgidos a raíz de este malestar institucional, corroboran que algo falla en nuestro sistema democrático.

Podemos afirmar que múltiples son los factores que han engendrado esta crisis política. Uno de ellos radica en la divergencia existente entre la clase política y los ciudadanos.

Las élites políticas, paulatinamente, están aumentando la distancia respecto a sus votantes y aproximándose a la banca y a las grandes corporaciones en lugar de reducir dicha separación y convertirse en un fiel reflejo de la voluntad del pueblo que es, al fin y al cabo, quien les ha otorgado su soberanía para gobernar.

Justo aquí es cuando conviene traer a colación el pesimismo y el escepticismo weberiano defendido a principios del siglo XX en Economía y Sociedad, así como la particular visión de Weber sobre la sociedad capitalista, las instituciones racionales (el aparato) y cómo esta razón deriva en ínfimas libertades individuales.

Extrapolando su pensamiento a la era actual reparamos un cierto paralelismo. La mayoría de partidos políticos se han convertido en “máquinas electorales”, capaces de renunciar a gran parte de sus ideales con el ulterior fin de obtener el máximo número de votos y, por consiguiente, la máxima representación.

Este objetivo lo logran gracias a la obediente militancia y al electorado potencial cuyo voto consiguen captar con una información imperfecta y una ambigüedad estudiada. Ello abre, aún más, la brecha entre ciudadanos y políticos.

Es más, debido al abandono de las creencias de los partidos políticos --los cuales, en ocasiones, llegan incluso a renunciar a los propios pilares sobre los que se sustentan-- alcanzamos situaciones inverosímiles en las que gobiernos de izquierdas imponen medidas antisociales a la población o gobiernos que han difundido a los cuatro vientos medidas en pro de los ciudadanos (como por ejemplo, un mantenimiento de los impuestos) acaban por aplicar decisiones impopulares.

El economista Shumpeter ya lo manifestó también en los años 30, admitiendo que ésta es la condición de supervivencia de la propia democracia.

De ello dimana el adelgazamiento, igualmente sugerido por Weber, de los partidos políticos pues ésta pérdida de ideales de la que hablamos se traduce en desafección, desconfianza y crisis política. Los ciudadanos dejan de creer en el sistema democrático desde el momento en que los partidos políticos descuidan sus ideales y únicamente se centran en la consecución de una mayor representación.

Así pues, será tarea ardua la de conciliar los conceptos de ciudadanía e ideología de partidos con representación y poder para, de este modo, lograr dirimir las diferencias entre los gobernantes y los ciudadanos y alcanzar un “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
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