Catalunya es y será más libre en el postpujolismo

29 de julio de 2014 (00:00 CET)

No está digerida toda la conmoción que ha provocado saber que Pujol y su familia (nos) robaban. Para muchos catalanes de buena fe pasará algún tiempo hasta que esta noticia sea convenientemente somatizada. Es lógico: si mañana nos aseguran científicamente que Dios no existe y que la Iglesia católica es un puro invento de control social y político durante dos milenios también tendremos un espasmo, incluso los agnósticos entre los que figuro.
 
La confesión de Pujol ha tenido un doble efecto: el primero, obvio, de frustración; el segundo, de liberación

De las conversaciones mantenidas con personas de primer nivel de la Catalunya que manda puedo atreverme a inferir que, en el fondo, la confesión de Pujol ha tenido un doble efecto. El primero, obvio, es el golpe, la frustración y la sorpresa. El segundo, en cambio, es de liberación. Sí, el reconocimiento de culpa del patriarca del clan supone una gota de aire fresco en una comunidad demasiado tensionada, no les quepa duda.

Algunos personajes de la Barcelona que gobierna admiten en las últimas horas que la liberación moral de un determinado nacionalismo gobernante no ha hecho más que comenzar. Será fácil, a partir de ahora, que conozcamos detalles y episodios de lo sucedido que seguro nos generarán perplejidad, pero que permitirán abrir las ventanas y regresar a un uso de la política y de las relaciones institucionales más normalizado.

Sólo como anéctoda: recuerdo que siendo un joven periodista asistí a un acto que presidía Jordi Pujol Soley; me sorprendió que los informadores asistentes se levantaran de su asiento cuando llegaba el presidente del Ejecutivo catalán. Era un sólo gesto, pero bastante demostrativo de sumisión y claudicación ante el poder político. Me sigue sorprendiendo que haya colegas que aplaudan intervenciones de personajes públicos (vean algunas ruedas de prensa del Barça, por ejemplo), pero la entrega de la prensa catalana al pujolismo es una de las bajezas morales y deontológicas mayores que he conocido en décadas de profesión. Cosas sobre las que ningún colegio ni asociación profesional ha movido un sólo dedo.

El pujolismo era una moral, un credo, una doctrina, una religión insertada en la sociedad catalana. Trascendía de largo la política. Como estaba impregnado de nacionalismo incorporaba un gran y amplio vector sentimental que hacía muy difícil a sus contrarios combatirlo con argumentos de racionalidad. Hoy, la confesión de Pujol, lo que conozcamos en los próximos días sobre sus andanzas directas, indirectas y hasta dónde llega la charca del lodazal serán suficiente bálsamo para que determinada sociedad catalana, prisionera de una irracionalidad sofocante sea capaz de ventilar sus respectivos dominios. Por poco que podamos medirlo, me atrevo a pronosticar que la Catalunya del postpujolismo resultará mucho más libre e interesante.
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