Catalana d’Iniciatives, aniquilada por Spanair

12 de julio de 2013 (19:26 CET)

Los propietarios de Catalana d’Iniciatives, encabezados por la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, han escuchado por segunda vez en pocos meses un concierto de acordeón. En la jerga financiera, se llama “operación acordeón” a la rebaja y simultáneo aumento de capital de una sociedad. Esta terapia musical es indispensable para las empresas que han perdido mucho dinero y cuyos fondos propios muestran signos de agotamiento.

En tales casos, nada mejor que una buena sonata del mentado instrumento. Primero, se recorta el capital corporativo a fin de absorber los quebrantos acumulados. Acto seguido, los socios se rascan el bolsillo y nutren los recursos de la compañía con una inyección de efectivo contante y sonante a fin de restaurar su deteriorada situación patrimonial.

En el caso concreto de Iniciatives, se trata de un concierto inacabado, ya que sólo ha sonado su primer acto, el de la poda del capital. Para acometer la segunda, los socios de la casa deberían desembolsar nuevos recursos, pero ni las instituciones públicas ni las empresas privadas que forman el accionariado de Iniciatives están para demasiadas alegrías crematísticas.

En junio de 2012, al interpretarse el primer concierto de acordeón, el valor de las acciones bajó de una tacada de 480 a 120 euros. Ahora se acaba de reducir de 120 a 20 euros. En apenas doce meses se ha evaporado el 95% del valor de la entidad.

Semejante catástrofe tiene origen directo en la inversión realizada en la aerolínea Spanair, de la que Iniciatives tomó un 10%. Spanair quebró a comienzos del año pasado con un socavón patrimonial de 519 millones. Debido a dicha participación y también a algunas otras asimismo deficitarias, Iniciatives ha saldado los tres últimos ejercicios con unos devastadores números rojos de 51 millones. Tal importe supera con creces la suma de todos los beneficios que la empresa fue capaz de generar durante sus veinte años de existencia.

Infames decisiones políticas

Catalana d’Iniciatives se fundó en 1993 por fusión de la sociedad de capital riesgo Iniciatives, que giraba en la órbita del Ayuntamiento de Barcelona, con su homóloga Societat Catalana de Capital a Risc, dependiente de la Generalitat. Una y otra, a su vez, se habían constituido a mediados de los años ochenta del siglo pasado.

El cuerpo accionarial se completó con la entrada de varias firmas privadas, entre ellas La Caixa, Banco Sabadell, la aseguradora Fiatc y la mutua Asepeyo, más Telefónica, la eléctrica Endesa, la petrolera Repsol y la ONCE. Este curioso híbrido de fondos públicos y privados funcionó razonablemente bien hasta la infausta incursión en Spanair.

Bajo la dirección de Francesc Raventós, ex decano del Colegio de Economistas de Catalunya y ex teniente de alcalde con Pasqual Maragall, Iniciatives aportó durante dos decenios 700 millones a un plantel de más de 140 empresas. Algunas operaciones no dieron los frutos que se esperaban, pero en su mayoría arrojaron saneadas plusvalías cuando llegó la hora de venderlas. El balance global fue ampliamente satisfactorio y reportó jugosos dividendos a los socios.

Raventós se jubiló en 2006 tras veinte años consecutivos de fructíferos servicios a la empresa, por motivos que nunca llegaron a divulgarse. Cedió el testigo al ingeniero Manuel Albanell, uno de los dos ejecutivos que venían ejerciendo de directores a sus órdenes.

Y así llegamos a 2009, cuando por presiones políticas, la compañía se vio impelida a tomar un paquete de control de Spanair, perteneciente a la aerolínea escandinava SAS. Pese a conocer el sector a fondo, los directivos de SAS fueron incapaces de situar a Spanair en la senda de los resultados positivos y año tras año cosecharon pérdidas. Hasta que, cansados del descalabro, acordaron sacársela de encima y la pusieron a la venta.

Spanair era lo que se conoce comúnmente como un muerto. Su venta se antojaba difícil, por no decir imposible. Y hete aquí que, para ventura de los nórdicos, apareció un primo al que endosarle ese cadáver insepulto. Ese primo no era otro que la gloriosa Generalitat. Desde la plaza de Sant Jaume se articuló un grupo de inversores mayoritariamente públicos que se hizo con las riendas de la empresa.

A la sazón, ciertas fuerzas vivas de Catalunya clamaban para que el aeropuerto de El Prat deviniera un hub o centro mundial de conexiones. Las sabias mentes pensantes de la plaza de Sant Jaume columbraron que si El Prat carecía del dichoso hub era debido a que no contaba con su propia aerolínea de bandera. A grandes males, grandes remedios. Y así, de la noche a la mañana, se fraguó la malhadada compra de Spanair

Para completar este cuadro demencial, se colocó al frente de Spanair a Ferran Soriano, de nula experiencia en el sector aeronáutico. Eso sí, el caballero debió de pensar que como la fiesta la pagaban los contribuyentes catalanes, Spanair era jauja.

A las primeras de cambio, mientras la entidad perdía cada mes varios millones de euros, adoptó la heroica decisión de fijarse un sueldo de 600.000 euros anuales, aunque a la vista del desastre tuvo la delicadeza de reducirlo a la mitad. El resto de la historia es conocido: Spanair suspendió pagos, desapareció del mapa y todo el dinero desembolsado se evaporó para siempre.

El episodio demuestra una vez más que el gobierno de las empresas no puede estar sometido a las veleidades políticas. O dicho de otra forma, una inversión del calibre de Spanair nunca debió haberse guiado por criterios partidistas, que es cabalmente lo que ocurrió.

El corolario de todo ello es que esta extravagante inversión forzada por los políticos ha dilapidado un dineral de los contribuyentes catalanes. A la vez, ha hecho que Catalana d’Iniciatives arruinase sin remedio en un solo trasiego su larga y fecunda trayectoria de veinte años.
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