Carme Forcadell: el consenso ilegítimo

29 de marzo de 2014 (18:51 CET)

Dadme una imagen y sublevaré al mundo. Privadme de una imagen y dejaré que asesinen a mi hermano sin levantar el dedo meñique. La imagen ofrecida es la Diada del último 11 de setiembre. Pero la imagen secuestrada es la de los niños desnutridos, ¡aquí, delante de casa!, según el último informe de Cáritas.

Carme Forcadell, presidenta de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), ha dedicado toda su vida a luchar por la independencia. Tiene un amplio currículum docente. Es lingüista y fundadora de l’Associació per la Llengua. Pertenece también a Cercle XXI y es vicepresidenta de la Plataforma pel Dret de Decidir. Forcadell persigue el sorpasso, no afloja. Pero, por más consenso que recoja, la ANC no es un partido, a ella no la votaremos.

Vive de la democracia directa, no de la separación de poderes. Toma el camino de los que la mueven. Es corporativista. No se explica a través del sufragio, sino del grupo de presión que la comanda. Es interesante y, si me apuran, hasta apasionada, pero no es legítima. Lo peor es que condiciona la agenda política del país. Y por mucho descrédito que tenga, la política la hacen los partidos.

Forcadell es el sujeto de una gran obliteración: ella llena el vacío de poder compartido entre Artur Mas y Oriol Junqueras. El president y el líder de ERC aseguran que son los ciudadanos los que mueven el deseo de independencia. Han dimitido de su responsabilidad en el puente de mando. Y ahí abajo, Forcadell recoge el despojo de los dos partidos más votados. ¿Quién manda en la hoja de ruta soberanista?

Forcadell fue concejala de Esquerra Republicana en Sabadell y coordinadora de las consultas por la independencia desde 2009. Perteneció a la Comissió per la Dignitat, encargada de reclamar los papeles de Salamanca, documentos del Archivo General de la Guerra Civil requisados en 1939, un hurto al que Torrente Ballester bautizó como “derecho de conquista”. Torrente escribió Los Gozos y las sombras, pero no se privó de ser un fascista; un estilo similar al del joven Álvaro Cunqueiro, fenomenal narrador de voces, mares y sirenas. Cuestión de época, me dirán.También Josep Pla y Eugeni d’Ors pertenecieron al aparato de propaganda de Burgos.

La ANC ofrece mucha emoción, poca información y apenas nada en términos de reflexión. Es una entidad proclive a las Cotxeres de Sants, el centro cívico que recuerda al histórico Ateneu libertario de la República y al Centre Social de la calle Olzinelles. Rezuma un estilo resistencialista. Siguiendo a Forcadell, ganamos en extensión y perdemos en comprensión. El romanticismo nubla la mente. El mismo president Artur Mas lo dice cada vez más alto: El catalanismo romántico y boy scout del Virolai (letra de Jacinto Verdaguer) “no es mi guía”. Para ser patriota no hace falta ser un sans-culotte de alpargata y campanario.

La ANC es una institución interclasista, transversal. Nadie podrá decir que Forcadell no representa a los de abajo. Los representa, sí, pero no se ocupa de ellos. Ella no sabe nada de los que pierden su vivienda ante la banca cínica, los malnutridos o los subsaharianos que superan el mar o la vergonzante verja de Melilla. La zona opaca del Distrito Federal (Madrid, barrio de Salamanca) ha querido comparar la ANC con la histórica Asamblea de Catalunya. Nada que ver.

La Asamblea de Catalunya fue una reunión de partidos en la clandestinidad, un parlamento en la sombra. Fue una instancia política. La sociedad política representa la voluntad mayoritaria. La sociedad civil se representa a sí misma. Otra cosa es que el grosor de la sociedad civil catalana tiene un peso especial en la formación de las hegemonías. Esta fue la lección de Antonio Gramsci en Italia y, más recientemente, lo ha sido de Jordi Pujol en Catalunya.

Señora Forcadell, la estelada no lo puede tapar todo. Tarde o temprano, las vergüenzas asoman. En el horror televisado de las pelotas de goma asesinas, lo que cuenta no es el horror, sino la televisión. No es el acontecimiento lo que cuenta hoy, sino su narrativa. En la actual hecatombe del Estado del Bienestar, la máscara ha devorado al rostro. La diplomacia de la Guerra Fría se urdía en secreto; la de hoy, en cambio, selecciona imágenes: si eres independentista sales en la tele, pero no sales si eres un parado de larga duración.

No se trata de oponer la cuestión social a la cuestión nacional, como lo hace de forma oportunista Ciutadans. Es más profundo. La brecha social que ustedes no perciben, socios de la ANC, no se arreglaría con la independencia, porque el modelo que ha impuesto la crisis consiste en seguir adelante sin mirar atrás. Ustedes ven a lo lejos las murallas de Jericó, como Josué, pero no saben cuántos son sus partidarios por no mirar atrás. Cuenten a los que tienen. ¿50.000? Póngalo en el censo electoral y esperen a que los comicios plebiscitarios, que ya están ahí, se coman a la ANC. Después dirán lo de “mi reino por un caballo”, como Ricardo III en Bosworth, inmortalizado por Shakespeare.

Jaume Marfany, uno de los fundadores de la ANC, dijo que la asamblea era un foro de librepensadores; pero, ante el éxito del 11 de setiembre, utilizó así el altavoz de la Universitat Catana d’Estiu a Prada: “todos somos independentistas”. La Cámara de Comercio de Barcelona, otra entidad corporativa, dice que la independencia sería viable. ¡Bien por el entrismo de sus economistas, señora Forcadell! Sin embargo, casi es más efectivo un directo de derecha al mentón de los que manda Francesc Homs, un político de raza, cuando dice que no cambiará la independencia por dinero (hipotético nuevo Pacto Fiscal).

Mientras la asamblea mueve hilos, los grandes demócratas de Fuerza Nueva, bajo el paraguas de Manos Limpias, piden su ilegalización a la Fiscalía. Mal asunto cuando los enemigos de la libertad defienden al Estado de Derecho.

La prosperidad ya no es el empleo. Los ajustes económicos se hacen sobre los más débiles y “estos últimos han engrosado las rentas de los poderosos”, dice Cáritas. Las mutaciones en el sistema de asignación de recursos son tan monumentales como antisociales, pero solo acaban de empezar. Dadme una imagen y sublevaré el mundo. Pero, por favor, sacad la bandera de mis narices que no veo nada.
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